A
A
El trauma de alimentar a una hija anoréxica

Foto: Pantherstock

El trauma de alimentar a una hija anoréxica

Jane entró en crisis cuando su hija Lily tuvo que ingresar al hospital por anorexia, justo antes de su 16 cumpleaños.

"Al final no lo pude controlar. Tuve que dejar el trabajo. No podía cumplir con mis turnos porque estaba preocupada por su seguridad", recuerda.
Jane había pasado meses intentando persuadir a Lily de que comiera. Todo empezó cuando trató de adelgazar para la fiesta del colegio. Luego eliminó todos los carbohidratos y grasas de su dieta.

"Tenía que intentarlo y hacer que comiera, pero fue increíblemente duro. Luché para tener tratamiento y apoyo mientras intentaba evitar que estuviera cada vez más delgada", recuerda.
Hacia finales de 2011, Lily fue admitida como paciente en la unidad de trastornos alimenticios en niños y adolescente del hospital de Birmingham, Inglaterra, donde permaneció por ocho meses.

Retomar el control

Jane recuerda que se sintió "aliviada" el día que dejó a Lily con una bolsa con pijamas nuevos y ropa cómoda. Cuenta que Lily estaba "un poco adormecida".
Lo único que sabía Jane es que necesitaba que alguien se encargara de su hija. Y la unidad de Birmingham, a 45 minutos de su casa, parecía la solución.

"Cuando vienen a nosotros es porque la cosa está muy mal", explica Dan O'Mara, enfermera psiquiátrica y encargada de la unidad. "Les decimos que algo debe cambiar pronto".
El objetivo es ayudar a los pacientes a alcanzar un peso saludable y fomentar buenos hábitos alimenticios. Lo más importante es que los padres jueguen un papel clave en la recuperación de sus hijos, a fin de que las familias retomen el control de sus vidas.

Con frecuencia los padres hablan de verdaderas batallas con sus hijos durante las comidas.
La unidad da a los pacientes jóvenes un horario de comida a seguir y, con el apoyo del personal, se espera que ingieran una variedad de alimentos.
A pesar de que Lily aceptaba comer con el personal del hospital, no lo hacía con su madre cuando ésta la visitaba, algo que angustiaba a Jane.
"Durante ocho meses lloré en el auto después de cada visita", comenta.

En busca de apoyo
Por esa época, otra niña de otra familia inglesa estaba perdiendo cada vez más peso. Empezó con entrenamientos regulares de natación y mucho ejercicio en su cuarto antes de que sus padres, David y Louise, se dieran cuenta de que su hija estaba rechazando galletas y comidas.
Katie sólo tenía nueve años. Sus padres pasaron meses intentando que comiera saludable. Su médico de cabecera tampoco tomaba el problema seriamente.

"Nos decía constantemente que mantuviéramos la calma, que estaría bien, pero decidimos llevarla al hospital más cercano y la tuvieron allí por tres semanas", señala Louise.
Para entonces Katie pesaba 21 kilos y su índice de masa corporal era de 12.

Cuando regresó a casa había aumentado algo de peso, pero los padres sabían que apenas empezaba el trabajo duro, pues cerca no había ningún centro especializado. Birmingham les quedaba a cientos de kilómetros de distancia. Además, Katie era muy pequeña para ser admitida.

Como solución, fue internada en un centro para pacientes con problemas mentales.
Sus padres admiten que los cuatro meses que Katie pasó allí fueron los más difíciles de sus vidas.
"La visitábamos cada fin de semana, pero los domingos, cuando nos íbamos, era horrible. La dejábamos desconsolada. Al final nos extrañaba tanto que los especialistas decidieron darle de alta para que fuera a casa", dice Louise.

¿Ingresar o no ingresar?
Varios expertos coinciden en que pareciera que hay más niños capaces de superar los trastornos alimenticios, pero es muy difícil tener cifras exactas.

La doctora Nadia Micali, del Instituto de Salud Infantil del University College London, explica que los últimos datos indican que en Inglaterra 40 de cada 100.000 niños, entre 10 a 14 años, son diagnosticados con trastornos alimenticios, incluyendo anorexia y bulimia.

"En mi experiencia, entre el 5 y el 15% de ellos puede necesitar ser ingresados".
No obstante, la especialista concede que el tratamiento para este tipo de enfermedades es todavía imperfecto.
"La terapia familiar funciona bien al principio, como paciente externo, pero no para todo el mundo".

Forma de sandwich
Tanto Lily como Katie han subido de peso tras sus tratamientos, aunque todavía son muy particulares sobre la comida y estrictas en sus rutinas.

Katie sólo acepta comer las marcas de papas fritas que tengan menos contenido calórico, y sabe exactamente cuáles son. También sólo come galletas que luzcan saludables y comida baja en grasa.
Lily, quien alcanzó su peso original, no come a menos que alguien esté con ella y prefiere que el menú de la semana se planifique por adelantado. Tras ocho meses hospitalizada, sólo se acostumbró a socializar con otros niños como ella, por lo que tomó algunas preferencias interesantes.

"Se acostumbró a la comida de hospital, incluso ahora tenemos que hacerle sandwiches en forma de triángulos", explica Jane.
Los padres de ambas niñas saben que la recuperación de sus hijas tomará tiempo, quizás más de lo que se imaginen, pero están convencidos en que lograrán una recuperación completa.

Por su parte, Micali asegura que el diagnóstico es mucho mejor en niños que en adultos si el problema es identificado a tiempo por profesores y médicos de familias para que sean tratados con rapidez.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

×