Diatriba contra los hombres churros y de ego frágil

Diatriba contra los hombres churros y de ego frágil

Por Susana
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Llegué a la conclusión el fin de semana. Vi por enésima vez una película muy buena con Jude Law, Cameron Díaz, Kate Winslet y Jack Black, ‘El Descanso’. La trama: cuatro desconocidos se encuentran cuando las dos protagonistas intercambian sus casas, una en Londres y otra en Los Ángeles.

Graham (Law) es uno de estos personajes y el que inspiró este texto. Él es viudo y padre de dos hijas. Se enamora perdidamente de Amanda (Díaz) después de estar con ella un par de días. Graham es churrísimo (finalmente es Jude Law), sensible, romántico, no le tiene miedo a expresar sus sentimientos y llora sin problema (eso no lo hace menos hombre). La noche después de conocer a Amanda la invita al bar en el que estará y cuando llega al lugar lo primero que hace es buscarla. No llega como un macho en busca de polvo, ni a ver quién los está mirando, no se cree el irresistible del lugar. No. Quiere verla a ella y solo a ella.

Por todo esto pensé que Graham solo puede existir en una comedia romántica de Hollywood. ¿Por qué? Por razones que vengo acumulando desde los 15 años. Los hombres que saben que son churros o peor, que se creen churros, me generan una desconfianza terrible. Y, contrario a lo que parece, tienen un ego frágil que necesita refuerzo constante, ojalá proveniente de muchas mujeres. Una no es suficiente.

Todo comenzó con mi novio a los 15 años. Era el más churro del colegio. No más. No era profundo, ni romántico. No tenía nada aparte de una actitud de galán que me enamoró. Además era mi trofeo, pues yo y solo yo había logrado que se metiera en una relación “estable”. Ahí comenzó el problema. Las viejas le caían y a él se le multiplicaba el ego por mil. De repente comenzó a ver que no tenía sentido ser solo mío, que había mil viejas que querían comérselo y que era irresistible. Él tenía 18 años.

Pero no es un tema de madurez. Años después me encontré con otro espécimen de este tipo que tenía 25 y también era increíblemente churro. Si no se afeitaba un día se le veía esa sombra espesa en la barba que me chifla. Era delgado y, en líneas generales, se parecía a uno de los Il Divo (no en el talento escaso ni en la babosada, sino en la cara, solo en la cara). Pero por todo lo anterior era un cretino de esos a los que hay que huirles. Se creía irresistible y su ego era tan frágil, que necesitaba que todas las viejas que lo rodeaban y se morían por él le recordaran el semental que era. Me puso los cachos mil veces, después lo supe.

Definitivamente los churros son peligrosos. Pero más peligrosos son los que se creen churros. Además de ser ridículamente convencidos, tienen ínfulas. También me he encontrado ejemplares de este tipo en mi camino.

Y si todavía creen que es un tema de madurez, como muchas veces me lo han dicho, les presento el caso de un hombre de casi 40 que conocí en mi anterior trabajo. De lejos era lo mejorcito que había en la oficina y lo sabía. Por eso les coqueteaba a todas (no le importaba estar casado – pobre esposa-) y, aunque él insistía en que solo eran coqueteos inocentes, estaba claro que su ego necesitaba de la atención femenina. Por cierto, los hombres que están por llegar a los 40 y no quieren sentirse viejos también son peligrosos. Esta semana leí en una revista que este comportamiento ya está identificado por los expertos y es más común de lo que se cree, lo llaman “demon de midi” o “crisis de la mediana edad”.

No quiero que esto parezca una diatriba contra todos los hombres. Nunca podría hablar mal de todos, ni generalizar, porque irremediablemente estoy condenada a uno (por ahora, a todos los que aparezcan antes del elegido). Pero sí lo es en contra de los hombres churros de ego frágil. No es fácil encontrarse a un Graham en la vida. Quiero creer que existe y lo espero pacientemente. Quiero un hombre que me enloquezca, que cuando lo vea me parezca delicioso, que sea seguro de sí mismo y que tenga una actitud ganadora. Pero que no ande ávido de la atención y del sexo de mil mujeres, sino solo de mi atención, de mi sexo y de todo lo demás.

Quiero un Graham. Pero creo que él solo está en la ficción porque, sin ir muy lejos, el actor que lo interpreta, Jude Law, no pudo serle fiel a la mamacita de Sienna Miller sino que dejó que la niñera de sus hijos le endulzara el oído. No le importó nada, se la comió y fue infiel.

 
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