La sejuela...

La sejuela...

Por: Elvira
www.susanayelvira.com

¡No me joda, vida cacreca! No es una, ni dos, ¡es un mechón! Hoy me lavé el pelo y me dio por peinarme diferente, cuando de pronto ¿qué me encuentro? Un pequeño racimo de canas en la corona de mi cabeza. Y eso que aún no llego a los 30...

Hace cuatro meses no me había percatado en absoluto de que mi pelo se estaba transformando. Pero ahora, todo aparece después de haber conciencia, pues el tema de las canas no deja de aparecer en las conversaciones con todo el mundo. Más que todo con Susana, quien ahora se corta una cana día de por medio, por temor a que se haga realidad la posibilidad de haber heredado la bella tendencia de su familia de encanarse sólo en el borde de la cabeza. Lo peor, es que hace poco tuvo el coraje de afirmar delante de Susana que no tenía ni una sola cana.

Yo estaba tranquila, me había encontrado unas cuantas. Pero ahora, esas cuantas que estaban regadas por ahí, se han unido en un fatal mechoncillo de pelo que deberé empezar a cubrir. ¿Cuáles son las opciones y cuáles son las menos patéticas? ¿Hena? Quedo como mi tía menor (que tiene como 53 años), que empezó a encanar como a los 24 años. ¿Rayitos? Cómo hacer para que el peluquero cache perfectamente con la sección problemática, y no quedar como una loba herida? ¿Pintármelo todo? Y empezar con esa esclavitud de por vida? ¿Cortarlos? Y tener que vivir con cinco pelos que se asoman como flechas en la parte trasera de mi cabeza? Querido Dios, qué dilema en el que me pones.

¿Será que es momento de empezar a aceptar que uno se vuelve viejo? Porque aunque digan que la edad es una cuestión mental, cuando el cuerpo se empieza a manifestar, no se puede seguir viviendo en negación. Así que ahora empezaré a comportarme más como una mujer de mi edad. Y pronto cantaré “yo también tuve 20 años”.

Una mujer de mi edad, ideal o comúnmente, ya está casada, tiene por lo menos un hijo, viste taconcillo, tiene muchas reuniones en el trabajo, hace mercado grande, acompaña a su esposo/novio/mozo al médico y le da su opinión al doctor, y ofrece almuerzos en su casa. Yo no estoy casada, no tengo hijos, no tengo casi reuniones en mi trabajo, mi mercado por grande es un paquete de arepas y un bloque de queso a la semana, no he aprendido a usar tacones, no acompaño a mi novio al médico y mucho menos opino, y nunca ofrezco un almuerzo en mi casa. Fiestas si hago, pero almuerzos, nunca.

Y ahora las canas empiezan a asomarse. Y contra eso, no hay nada, sino empezar con una esclavitud eterna a los productos químicos. Porque no tengo el menor interés de llegar a los 40 viéndome como una hippie desmuelada y peliblanca (o como una papa salada) a quien no le importa “la coraza”. Sí. El cuerpo es un vehículo, y el mío está que pide latoneada.


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