Mi metrosexual

Mi metrosexual

Por: Susana
www.susanayelvira.com
 
No es fácil aceptarlo. Pero, como un alcohólico que tiene que tocar fondo y reconocer su problema para salir adelante, tengo que confesarlo: Hola, soy Susana y fui novia de un metrosexual.

Y no era cualquier metrosexual estilo David Beckham. No. Como nada de lo que me gusta puede estar dentro de los cánones de lo normal y decente, a mi novio no le bastaba con ser metrosexual, sino que era un Cromañón Metrosexual. ¿Es eso posible?, juro que sí.

Mi novio por más de un año, al que llamaremos Filiberto, tenía una mezcla extraña entre macho de película mexicana que se da el la jeta con los de su misma especie si se siente amenazado y de un Jonas Brother, tiernito y vanidoso. Era lo que un amigo alguna vez, después de verlo en acción, bautizó acertadamente un ‘Cromañon Metrosexual’.

Y no se qué era más incómodo, si estar con un man que se demoraba más que yo para arreglarse o con un fantochín de golpes y ruidos.

Para ser más clara iré por partes. ¿Qué lo hacía un metrosexual espantoso? Primero, su ropa. Usaba camisetas Lacoste rosadas, David Beckham era su patrón de moda y usaba cualquier cosa extravagante tipo Lina Cantillo. Tenía clase, pero tanto exceso rayaba en lo lobo. Segundo, su arreglo. ¡El cretino se demoraba más que yo en arreglarse! Paradójicamente era yo la que tenía que esperarlo por horas mientras perfeccionaba su elaborado peinado: gel por aquí, gel por allá, puntita levantada al frente, pelo apachurrado atrás. Todo un concepto, como alguna vez me lo dijo Elvira.

Tercero, hacía más dieta que yo. Bueno, yo nunca he hecho una dieta, pero mientras estuvimos juntos él las hizo por mí. Me decía: “Susy, se que quieres comerte una Corral todoterreno hoy en la noche, pero yo no puedo. Mejor vamos al Corral, tu te comes tu hamburguesa y yo me como una ‘ensaladita’". Como si fuera muy chévere meterse una hamburguesa de ese tamaño sola, mientras el novio parece una vieja anoréxica. Entonces hasta ahí llegaba mi plan. Ir a comer con él se volvió, después de un tiempo, un plan aburrido que sacaba lo camionera que hay en mi, y lo ‘lady’ que era él.

Cuarto, el gimnasio. Para él, ir al gimnasio es un acto hedonista y vanidoso. Después de cada sesión de pesas se paraba al frente de uno de los espejos del lugar a contemplar cada uno de sus músculos, de exagerado tamaño por cuenta de un riguroso entrenamiento. Eso no me molestó sino hasta un día. Mi experiencia me ha demostrado que la mitad de su tiempo libre, los hombres quieren ver a una mujer desnuda, sueñan con tetas y culos. Entonces, asumo que cuando un man tiene una vieja desnuda al lado quieren verla, tocarla y bueno, comérsela. Pues bien, un día Filiberto y yo estábamos en un hotel pasando una gran noche. Decidimos meternos en la tina para seguir con nuestra ardua jornada. Entonces nos quitamos la ropa y quedamos desnudos frente al espejo del baño mientras se calentaba el agua. Mis tetas, mi piel recién bronceada y mi abdomen y cintura le importaron cero. En lugar de detenerse a ver mi anatomía, comenzó a detallar su cuerpo perfecto. Era ridículo. Endureció sus músculos, detalló sus brazos y su abdomen. Hizo cara de galán y por poco le da besos al espejo. Yo era un moco en la pared.

Y podría haber quinto, sexto, séptimo, hasta décimo punto. Pero ahora mejor sigo con su fase de hombre de las cavernas. Era un macho santandereano que vivía en pos de demostrar su hombría frente a los de su especie. Para él tomar era de varones. Su machismo era completamente anacrónico, como de la edad de piedra. Era el amo de la manada y hacía lo que fuera por ser el macho más fuerte. Como un gorila que hace ruidos y grita para convertirse en líder y poseer a todas las hembras del grupo. Así era él.

Si hasta este punto se preguntan qué hacía con este espécimen, pues, volviendo al ejemplo del alcohólico, tengo que aceptar que me demoré un par de meses en tocar fondo. Es que no era del todo malo, era tierno conmigo, a veces me atraía su primitivismo, sobre todo cuando me sentía protegida; y me chiflaba que me acompañara a comprar ropa y nunca se quejara. Era dulce. Pero cuando superé la fase del embobe y me di cuenta de todos estos defectos, decidí dejarlo.

En realidad prefiero ir de compras con mis amigas y que mi novio se escabulla cada vez que hablo de pisar un centro comercial; que me lleve por el camino de la perdición y termine comiendo fritanga, helados y todas esas comidas deliciosas con tres mil calorías; que me quiera más a mi que a él mismo; que un día me prepare la comida y me tienda la cama sin que eso atente contra su virilidad; que me frene cuando yo quiera emborracharme como una guaricha; y que, de por dios, no sueñe con parecerse a Beckham ni a ninguna de esas garras que viven del físico y se ponen ropa clara y brillante.
 
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