¡Que viva la vaca muerta!

¡Que viva la vaca muerta!

Por Susana
www.susanayelvira.com
 
Continúo con mi historia, no sin antes hacer una aclaración: yo, Susana, siempre he sido una mujer fuerte y segura. Pero acabo de enfrentar un gran episodio de desconfianza sexual por cuenta de Marco, un ser infeliz que antes de mí había comido muy mal. Pobre. Ya lo superé después de analizar mil veces la situación y de hablar con varias amigas, ubicadas en diferentes espectros sexuales (van desde las más perras del universo hasta las más mojigatas). Pero el episodio alcanzó a calar en mí.
 
Entonces sigo: Marco llevó una botella de vino delicioso a mi casa. Nos sentamos en la sala, puse música y comenzamos a hablar como cotorras. Finalmente no nos veíamos hace un par de años. ¡Esa botella voló!
 
De repente se me tiró encima. Y yo no hice nada diferente a dejar que se me tirara encima. Comenzamos muy bien y decidimos cambiar a la sala por un escenario un poco más privado. Qué tal que a mi roomate se le hubieran dañado los planes y llegara de repente y nosotros tendidos en el sofá.
 
Seguimos a mi cuarto y comencé a hacer lo que siempre hago. Soy una mujer con iniciativa a la que le gusta hacer. Soy una ‘doer’ sin vergüenzas. “Marica Susana, usted es muy arrecha”, fue lo primero que me dijo y no me molestó, quise verle el lado chévere a su juicio. Finalmente lo soy. Y es mejor eso, y no que me digan “Marica Susana, muévase”. Yo me reí y seguimos tirando. Él también estaba bastante activo, me gustaba lo que hacía. (Ojo, cuando hablo de “actividad” no me refiero a mil maromas dignas de contorsionista. Al contrario. Sino a besos, movimientos sutiles o salvajes –dependiendo del ánimo-, etc. A la forma en general. Aquí cabe, incluso, un misionero con actitud).
 
Pero fue cuando comencé a hacer algo que suelo hacer (piensen lo que quieran, en todo caso está entre los cánones de lo normal, higiénico y saludable) y él me dijo: “Susana, pare”. Marco no podía creer que la niña a la que había conocido de 15 años, inocente, inmadura y virgen, se convirtiera en ‘Susana la arrecha’. Me lo dijo. Entonces yo muy comprensiva le dije, “fresco, haga lo que quiera que yo no me voy a mover”. Y procedí a hacerle la vaca muerta que odio.
 
La cosa terminó normal. Se vino, me vine y nos arrunchamos. Y ahí llegó el otro lío. No podía creer que sintiera cero vergüenza al estar desnuda. Una de las luces de mi cuarto estaba prendida y yo muy campante, desnuda sobre la cama. “Me encanta que sea tan segura”, y no hacía otra cosa que mirarme y tocarme. Seguimos ‘jugueteando’ y ya. Le dije que quería dormir porque debía despertarme en cuatro horas, y se fue.
 
Dormí como un oso. Profunda y con la satisfacción del deber cumplido.  Pero al otro día, haciendo una sana y habitual recapitulación de los hechos concluí que mi falta de prejuicios fue demasiado para este pobre hombre que, a sus treinta y tantos, seguramente había estado solo con babosas tibias y sin iniciativa.
 
Y ahí viene la pregunta que me rondó algún tiempo: ¿y es que acaso todo lo que hice no es normal? Siempre he creído que las viejas que se tapan con sábanas y le ruegan a los manes que apaguen la luz son una minoría. Tal vez lo son y Marco solo ha estado con esta pequeña parte de la población.  ¿No es acaso normal que las viejas digan lo que les gusta, que tengan iniciativa y sean cero prejuiciosas en estos menesteres? Como no he estado con otra vieja, y solo he visto tirar a mujeres en las películas porno -que no son un referente para las de mi clase-, dudé: ¿será que soy demasiado alborotada?
 
Pues no, lo que soy es buen polvo. Como dijo mi amigo Rafael Ricardo Manjarrés: “nooo jooodaaaa, ese Marco eh’ culo e’ huevón, no le aguantó el voltaje a Susana” (léase con acento costeño machista). Y después de conversaciones con mis amigas y de pensarlo con calma, solo tengo una gran gratitud con las mujeres que creen que la vaca muerta es una posición más, la mejor. Gracias a ellas soy diferente, desprevenida y, citando a Marco, arrecha. Y me gusta serlo.
 
Pero creo que hay que ahondar en este tema de la vaca muerta, el misionero, la sábana con hueco, la luz apagada y el temor desenfrenado porque un man pueda apreciar redondeces y una que otra estría. Por ello publicaré en los próximos días la conclusión de mi trilogía: “Bobitas sí no”. Hasta pronto.      


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