Reserve su polvo

Reserve su polvo

Por Susana y Elvira
www.susanayelvira.com

Las manifestaciones de amor son bonitas, por ponerles algún adjetivo. ¿Quién no ha sufrido la mariposa que sube y baja al recordar al día siguiente la primera “manifestación de amor” con su novio o novia (como prometimos cero eufemismos: la primera vez que tiró con su pareja actual)?, ¿o quién no se ha sentido lo máximo en una tarde de arrunchis?

La cursilería es a propósito, para menguar el efecto de lo que viene a continuación: nos declaramos en contra de las manifestaciones públicas de amor. Esos besos babosos de dos enamorados en un restaurante no son tiernos. Son incómodos. Lo primero que pensamos al verlos es que la parejita está en el lugar equivocado y que, por el bien de la humanidad y de ellos mismos, deberían estar en un lugar privado, llámese como se llame. Tampoco son tiernos los arrumacos en un parque, cuando la novia explora cada centímetro de su amado: pelo, piel, espinillas, su pelo en pecho... ¿Y qué tal los que se despiden con un beso largo y apasionado en el paradero del bus? ¡Señores, eso no se usa! ¡Los lenguetazos públicos nos dan ponzoña! Háganle caso a sus mamás, aprecien su sabiduría, no en vano siempre nos han dicho que cada cosa en su lugar.

Pero hoy no seríamos tan radicales si no hubiéramos tenido una experiencia extrema el fin de semana. Salimos de marcha a vivir esta ciudad para alimentar nuestro repertorio, y nos encontramos con algo que nunca imaginamos. Y ojalá, ese recuerdo pudiéramos eliminarlo de nuestra memoria con un simple “Delete file”.

Así que ahí estábamos Susana y Elvira, muy entrada la noche, esperando un show que nunca llegó, rodeadas de hombres sudorosos de camisetas con estampado de alas (dato curioso) en este lugar invadido por la testosterona. De repente, mientras el DJ hacía la transición del house al reggaeton, una parejita se ubicó al lado nuestro. Estaban muy tiernos los dos, descubriendo sus cuerpos y entregándose al amor. Los dos se quitaron la camisa y quedaron con sus pechos desnudos. Si no han entendido en este punto que estábamos en una disco gay, aclaramos que ambos eran hombres, por lo que afortunadamente no tuvimos que ver tetas. Besos van, besos vienen; caricias aquí y acullá. A medida que pasaban los minutos las caricias y los besos subían de tono. De repente fuimos testigos del combo completo: paja, mamada y clavada. Con mucha práctica uno de ellos corrió el jean de su pareja dejando al descubierto la porción necesaria y todos fuimos testigos de una penetración eterna y pública. Quisieron disimular moviéndose al son de la música, pero era demasiado tarde. Su manifestación de amor y lujuria era evidente.

¿Qué estarían pensando estos dos hombres? Seguramente la mezcla de alcohol y drogas había desinhibido toda cordura moral y ética. ¿Pero se acordarán de esto hoy y sentirán vergüenza? Dios quiera que sí.

Por lo tanto, esta anécdota que todavía nos hace tiritar, es el punto de partida de una cruzada en contra del exhibicionismo. No estamos en contra de los fetiches, de hecho hay algunos que hacen la vida más interesante. Pero como no somos ni exhibicionistas ni voyeristas no entendemos por qué a la gente le gusta compartir actos que deberían ser privados. Así que, por favor señores, señoras, señoritas, niños y niñas: reserven su polvo, sus besos y sus arrumacos. A nadie le interesan.
 
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