''No somos víctimas, somos sobrevivientes''

Foto: Pablo Andrés Monsalve

''No somos víctimas, somos sobrevivientes''

La vida de Adiela Ramírez cambió para siempre, un domingo 11 de junio del año 2000. Ese día la guerra llegó a su puerta y la dejó llena de cicatrices; 16 años después afirma vivir feliz y satisfecha. Su relato es el de una guerrera que supo sobreponerse a la tristeza por las irreversibles huellas que dejó en su cuerpo la explosión de una mina antipersona.

Soy del municipio de Cocorná y vivo en una vereda llamada Los Cedros. A mis 47 años, estoy casada y tengo cinco hijos. Soy parte de una familia de 9 hermanos; mi padre aún vive y mi madre falleció. En marzo de 2000 tuve que desplazarme a causa de la violencia. Mis vecinos partieron hacia Medellín y a municipios aledaños, mientras que mi familia y yo decidimos quedarnos en la zona en casa de una tía. Allá llegué con mi esposo y mis cuatro hijos; llevaba en mi vientre al quinto.

”Tres meses después ocurrió todo; tenía siete meses de embarazo. Un día salí a juntar madera. Mi tía nunca me dejaba estar cerca de la estufa porque decía que mi hijo iba a salir chamuscado. Era domingo 11 de junio y ella no estaba. Fui a prender el fogón de leña que estaba fuera de la casa y explotó. Fue como a las 8:00 de la mañana. Mis niños quedaron confundidos; mi hijo mayor gritaba: ‘Ay, ¿por qué tuvo que ser mi mamá, por qué no fui yo?’. Estaban desesperados. Alguien llamó a mi papá, que se encontraba en la zona urbana de Cocorná (la casa de mi tía quedaba en la parte rural), para que mandara un carro por mí, pues la vereda está a tres horas del pueblo. Llegaron y me llevaron al hospital de Cocorná, donde me prestaron los primeros auxilios. De ahí me remitieron a Medellín al pabellón de quemados de la Clínica León XIII, donde estuve como 15 días. Me dejaron salir porque estaba preocupada por mis hijos y a cambio del compromiso de regresar para hacerme las curaciones.

”Dos meses después de la explosión tuve a mi bebé. Semanas antes de que naciera decía que no iba a ser capaz de dar a luz, que tenía ganas de morirme, porque estuve ciega como por ocho días. Quería que me dejaran morir, pues yo ciega para qué vivía. La gente a mi alrededor me decía que pensara en el hijo que iba a tener y en los otros cuatro que estaban en la casa. Como todo ocurrió estando embarazada a mí no me podían poner ningún medicamento para el dolor y las curaciones fueron a ‘palo seco’.

”En ese ir y venir de curaciones estuve más o menos unos cinco meses. Pero ya no pude más y me dediqué al hogar. Y a estar encerrada porque no me gustaba salir a donde me viera la gente; me cogió, entonces, una fuerte depresión. No salía de la casa. El artefacto explosivo me dejó cicatrices en la cara, el cuello y los brazos. En el rostro me han hecho tres cirugías y en el cuello, dos”.

El renacer

“Antes del accidente era madre comunitaria, trabajaba con el ICBF cuidando niños. Mis compañeras me contaron que se habían reunido con Nancy Marín, una mujer de Cocorná vinculada a la campaña contra las minas antipersona. Ella quería crear una asociación de víctimas en el municipio y se dio a la tarea de buscarlas. Mis compañeras le hablaron de mí y, a través de ellas, con el apoyo de mi familia, Nancy me convenció de viajar a Bogotá a propósito de una campaña contra este flagelo.

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”Ese día vi que yo no tenía nada, que había gente que estaba peor que yo, que les faltaba alguna extremidad, y reflexioné: ‘Yo no tengo nada; ¿a mí qué me pasa?’. Desde ahí, cambié mi actitud; seguí adelante con mi vida. También entendí que debía hablarle del tema a otras personas, animarlas a cambiar su actitud de víctimas. Nosotros no somos víctimas, somos sobrevivientes, somos unos guerreros, somos unos berracos.

”Aprendí que la vida sigue, que uno no puede dejarse caer. Hoy, vivo feliz, y como dice el refrán, ‘no hay mal que por bien no venga’, luego del accidente he tenido muchas oportunidades: he podido viajar en avión, conocer a Juanes y salir en varios reportajes. Vivo muy contenta; creo que eso fue una oportunidad. Gracias a lo que pasó puedo decir que mi familia y yo tenemos casa, porque antes no teníamos nada.

”Luego, empecé a trabajar con Nancy Marín para encontrar a todas las víctimas del municipio, para reunirlas y a ver cómo formábamos la asociación de sobrevivientes. También estudié unos dos años y aprendí sobre el riesgo de las minas y cómo prevenir accidentes. Además, de la mano de la Corporación Paz y Democracia y Campaña Colombiana contra Minas estuve dando unas charlas y enseñándoles a las personas cómo cuidarnos de estos artefactos explosivos en las veredas, en las escuelas... eso es algo que a mí me llena y me siento satisfecha de haberlo hecho”.

Letrasde apoyo

En Colombia hay 11.460 víctimas de minas, el segundo país más afectado en el mundo por estos explosivos. La rehabilitación de un herido cuesta cerca de 200 millones de pesos y si bien existen muchas campañas que buscan generar conciencia sobre este flagelo, son pocas las que ofrecen apoyo económico para las víctimas.

Por eso, Publicaciones Semana, que lleva más de 30 años usando el poder de las palabras para informar a los colombianos, recurre a este poder para ayudar a los afectados con la campaña ‘Letras de Apoyo’: una tipografía capaz de reescribir vidas, un abecedario con letras que, en alguna de sus partes, simulan una prótesis.

Descargue esta tipografía, desde $5.000 pesos, en www.letrasdeapoyo.com o adquiérala en cualquier punto Vía Baloto del país. #LetrasDeApoyo

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