Me llamo Juan… igual que mi padre

Me llamo Juan… igual que mi padre

Me llamo Juan… igual que mi padre

Ponerle el mismo nombre a su hijo es condenarlo al anonimato de por vida, es negarle una historia propia. Juan, el hijo de Juan, demuestra la poca creatividad... de muchísimos padres.

 
Se han tejido montones de historias sobre las verdaderas razones de cómo o por qué los padres le ponen los nombres a sus hijos. Hasta hace unas cinco o seis décadas, la única fuente de nombres era la Biblia; posteriormente, los tomaban de los antepasados o se asignaban por herencia de los abuelos, bisabuelos…

Cuando los medios de comunicación irrumpieron decisivamente en nuestras vidas, se convirtieron en otra cantera inagotable de nombres; y fue entonces cuando vinieron los padres innovadores y creativos, y les dio por mezclar un nombre bíblico más uno de la televisión, dando como resultados curiosos personajes de nombres como Juan Erwin: Juan por el apóstol, y Erwin por Erwin Tuirán, un famoso locutor y presentador de épocas ya remotas. O María Magda, por la Virgen María y por Magda Egas, otra figura histórica de la televisión colombiana de los 70.

Con las postrimerías de los 80 y los albores de los 90, llegaron a nuestras cédulas los Brandon, Dylan y Mélani, tomados de Clase de Beverly Hills. Millares de Leydis Dayanas en honor a la Princesa de Gales y una buena camada de René, Andrés, Leonel, etc., producto de la buena racha de la selección de fútbol nacional. Y, sin lugar a dudas, hay una manada de Natalias nacidas en esos años como tributo a la incombustible Natalia París. En años pasados a la mujeres les habían puesto nombres de reinas como Susana, Edna Margarita, Niní Johanna, Maritza y, obviamente, Luz Marina.

Y por regiones, sí que se sabe de dónde es una persona. El mundillo paisa es feliz poniendo nombres compuestos: León Jairo, Gustavo Adolfo, Óscar de Jesús, María Paula, Ana María, etc. Los caleños son brillantes cuando les ponen a sus hijos Wilmer, John Mario, Héctor Wilfrido, etc. Los costeños también son característicos al llamar a sus hijos Libardo, Oswaldo o Mario, y ni qué decir de combinaciones tan absurdas como Ernesto Carlos, Jorge Juan o Raimundo Alberto, nombres que le imprimen vejez hasta a un bebé.

Pero hay una tragedia en materia de nombres, y es cuando el innovador o creativo padre le pone su mismo nombre al hijo. Juan, hijo de Juan, que se convierte a la postre en una negación del primogénito. Qué pensaría Julio César Turbay papá expresidente cuando le puso a su heredero Julio César Turbay, excontralor. Algo así como un premio de consolación. Es como si Amparo Grisales le hubiese puesto a una hija que nunca tuvo Amparo Grisales.

El camino mas fácil que hace que a los hijos se les llame Julito o Amparito, algo fatal para el libre desarrollo de la personalidad. Bueno por los gringos que a estos casos los tildaron como ‘Junior’, algo así como un papá chiquito. Pero también patético al final de cuentas.

A todos los ‘Junior’ del mundo los persigue el fantasma de sus padres. Primero, sus logros; y segundo, el peso de no tener una vida propia sin que se desliguen de sus progenitores. En estos casos lo mejor era ponerles Julio César Turbay II, o Amparo Grisales II.

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