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París La nueva musa de Woody Allen

Luis Carlos Chacón J, 14/7/2011

Llega a las salas de cine colombianas la película número 46 de Woody Allen, 'Midnight in Paris'.

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A sus 76 años, el neoyorquino por excelencia se ha consolidado dentro del mundo del cine como director, guionista, productor, actor con estilo propio… como el que la gente percibe en Tarantino, Scorsese, Von Trier o Almodóvar. Con amigos y detractores, sus cintas tienen el impacto que tanto predicaba Oscar Wilde: “Que hablen de uno es espantoso, pero hay algo peor: que no hablen”.

Se dice que sus musas han sido Diane Keaton, Mia Farrow y Scarlett Johansson, sin embargo, he tenido la oportunidad de ver casi toda su filmografía (es un paso obligatorio cuando se estudia crítica de cine) y hoy puedo decir, desde mi humilde opinión, que la verdadera inspiración de este director es Nueva York y sus habitantes… los verdaderos neoyorquinos y todas sus situaciones, que transcurren en Soho, Tribeca, Madison o en ese Brooklyn, que lo vio nacer.

Todo lo bueno tiene a evolucionar, y así este director comenzó, en el 2005 con Match Point, a mostrar cómo le va a sus neoyorquinos fuera de la capital del mundo; primero en Londres, luego en Barcelona y ahora en la Ciudad Luz, que evidentemente lo embrujó.
Con Midnight in Paris, Woody Allen repite esta fórmula de la mano de Owen Wilson, un actor que tiene una forma particular de hacer reír porque no necesita nada más que ser él mismo. El reparto también incluye a Adrien Brody, Rachel McAdams, Marion Cotillard (espectacular) y a Carla Bruni, la primera dama, la cantante, el nuevo símbolo francés.
Esta vez el personaje se llama Gil, un guionista mediocre y aspirante a escritor, inseguro e insatisfecho (uno de los ejes de las películas de Allen), que necesita lugares mágicos para encontrar inspiración y equilibrio entre lo racional y lo sentimental para enamorarse. Un hombre que no para de revisar sus textos buscando la perfección de Ernest Hemingway o Fitzgerald.

Su viaje en busca de la felicidad lo lleva a París, que lo transporta a los años 20 para conocer a todos sus ídolos literarios y artísticos, y también a su musa romántica, Adriana (Marion Cotillard), un recorrido en el que Gil recogerá en su novela de la misma manera que Woody Allen lo plasmará en el celuloide, para terminar al mejor estilo de Hollywood.

Así, el director muestra una trama particular: la necesidad que tiene todo artista de crear un universo donde todo cobre un sentido, donde las mismas palabras o notas musicales tengan vida, esa que descubre Gil durante las noches en que se hace amigo íntimo de Hemingway, Fitzgerald, Picasso, Dalí y Buñuel al ser transportado al París bohemio de los años 20. O cuando, arrastrado por su amor por Adriana, llega a la Belle Époque de Lautrec, Degas y Gauguin, para finalmente regresar a su siglo renovado y seguro de sí mismo, y poder amar a su pareja por algo más que coincidir en el gusto por la comida india.

Toda la cinta está envuelta en ese humor inteligente de Woody Allen, ese que en varios casos está hecho para gente culta, con un guión ágil e ingenioso, diálogos frescos y dinámicos y una puesta en escena transparente donde París es protagonista. También, como siempre, el cineasta recurre a estereotipos para crear sus personajes, muchos de ellos basados en la crítica sutil acerca de la mirada turística y llena de clichés del gringo que llega a Europa.

Desde mi perspectiva, Woody Allen juega con una mueva musa creando al final una película inteligente y muy divertida, que cumple con el fin último del cine: hacer que las personas se desconecten durante un rato de su realidad, con una musa mágica: París con sus jardines de Luxemburgo, sus Campos Elíseos y sus museos. La invitación siempre será la misma, hay que ir a las salas, verla y llevarse una impresión propia. Recuerden que mi papel no es dar un juicio, sino invitarlos al plan que más me gusta.
(A mi amiga –a la que no le gustan las mismas películas que a mí– y a su novio, les digo desde ya que les va a encantar).