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El temor a envejecer

Foto: Getty Images

El temor a envejecer

Definitivamente, esto de ser mujer no es nada fácil. Mientras que para los hombres envejecer es un problema de barriga y a lo sumo de calvicie, para nosotras es un asunto de ‘alta traición’.

Definitivamente, esto de ser mujer no es nada fácil. Mientras que para los hombres envejecer es un problema de barriga y a lo sumo de calvicie, para nosotras es un asunto de ‘alta traición’. Sí, de un día para otro nos traiciona el que hasta ahora había sido nuestro más fiel aliado: el cuerpo. Y le tenemos que decir adiós a la minifalda, al maquillaje, al pelo largo y al bikini. Lo que hasta hace poco era divertido, ahora es ridículo.

Cuando yo era chiquita, me parecía que la exorbitante suma de 50 años sólo les cabía a las abuelas que se apoyaban en un bastón. Hoy, cuando ya los cumplí, no soy abuela y no tengo bastón, pero eso no me ha hecho más fácil bajarme de la nube de la eterna juventud.

Todo esto empezó para mí con el llamado ‘síndrome del nido vacío’: el momento en el que se fueron mis hijos. A pesar de que siempre había tenido la certeza de que los hijos son prestados y de que algún día debían estirar las alas y salir volando, me quedé súbitamente sin varios de mis oficios maternales, como recoger la ropa que mis hijos dejaban tirada, o tener que regañarlos para que hicieran las tareas o apagaran la televisión.

De un tiempo para acá ya no me desvelo pensando en que están en una discoteca, ya no me preocupa —o no debe preocuparme— si hay comida para ellos en la nevera. Ya no tengo a quien cuidar y eso me hace sentir como si me hubieran quitado media vida. Regresar a la casa y encontrar todo ordenado, en silencio y las camas tendidas esperando a alguien que sólo va a venir de visita, es un shock del cual toma bastante tiempo reponerse.

Ni para qué hablar del control de la televisión o del computador. Mis hijos eran los únicos en la casa que podían arreglar la conexión a Internet o cambiar la programación usual de la televisión para ver una película utilizando el control. Ahora he tenido que hacer un curso intensivo para aprender todo lo que mis hijos sabían y que nunca me interesé por saber.

Y, como si todo esto fuera poco, estoy intentando disfrutar de la soledad, pero, cuando creo que lo estoy logrando, me encuentro con el espejo. Primero eran unas pocas arrugas, luego algunas canas a las que no les daba ninguna importancia, pues pensaba que eso se arregla con algo de tintura y unas pocas cremas. Pero la crisis absoluta me sobrevino cuando abrí mi pasaporte y vi en una fotografía mi propia transformación. 

La sensación era la misma que tuve hace algunos años viendo un comercial que aparecía en la televisión, en el que mostraban cómo la cara de un hombre joven se iba transformando en la de un monstruo por cuenta de la drogadicción. ¡Qué remedio!, cada mujer afronta el tema a su manera. Algunas, como la cantante Cher, optan por las cirugías plásticas y quedan como muñecas de cera del museo de Madame Tussaud. Otras, como tantas que ve uno a diario, se deciden por el Bótox y, por ahí derecho, por la pérdida hasta de su facultad de reírse. Parecen momias o caricaturas de sí mismas. El resto de mujeres opta por la resignación, y en esta última categoría me encuentro yo, aunque con muchas reservas y reticencias.

Ese cuento de que no hay nada como envejecer y que la vejez trae sabiduría, es la mentira más grande que nos pueden contar y ni siquiera nos sirve de consuelo. Lo que sí aceptamos las resignadas es que este es el momento de mirar la vida desde otro ángulo, que cada experiencia tiene su propio ritmo, su tiempo, a partir de que uno quiera vivirla como algo nuevo, profundo y gratificante. 

Ser ‘sabio’ no es un asunto inherente a la vejez, es la capacidad de descubrir la validez de cada experiencia individualmente; es entender el ritmo y la armonía de la naturaleza frente a los seres humanos, y seguir ese ritmo como las palmas cuando se doblan con el viento, sin dejarse abatir, en vez de oponerse infructuosamente a la fuerza de los acontecimientos.

Por eso, cada día que pasa lucho por aprender y entender el significado de lo que me rodea, con la certeza de que no puedo evitar las dificultades, el dolor y la soledad; de que no puedo permitir que mi alma termine exhausta por esas pequeñas cosas que me irritan, pero que a la larga no significan nada. 

Finalmente, la vida es maravillosa, precisamente porque no podemos predecirla y porque a menudo cambia de rumbo cuando uno menos lo espera. Y a veces, en medio de mis cavilaciones, me digo: “¡qué importa una que otra arruga si todavía me puedo sorprender con el milagro de la vida!”