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La angustia de vivir

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La angustia de vivir

La angustia que produce la lucha por el estatus social responde a la necesidad de los seres humanos de ser queridos no solamente por una persona en particular, sino por la sociedad en general.

Escribir siempre sobre algo interesante, encontrar un tema que le llegue al alma a la gente, no es fácil. Produce angustia de frustrar las expectativas del lector, ansiedad ante la página en blanco. Pero, como en otras ocasiones, un libro me ayudó a encontrar respuestas: La ansiedad del status, de Alain de Botton, una especie de manual sobre el problema de la autoestima, mal que afecta a toda la humanidad, y de la ansiedad que produce la opinión que tienen los demás sobre uno, en el contexto de la historia y de la filosofía.

Según explica, la angustia que produce la lucha por el estatus social responde a la necesidad de los seres humanos de ser queridos no solamente por una persona en particular —el amor romántico y sexual—, sino por la sociedad en general. De ser aceptados y reconocidos; de sentirse validados por la comunidad.

Cuando se dice que una persona es ‘alguien’, el término se refiere a una persona exitosa; por el contrario, un ‘don nadie’ es un fracasado. La vida adulta está definida por dos grandes historias de amor. La primera, la búsqueda del amor romántico (y sexual) sobre la cual se ha escrito muchísimo; la segunda, la conquista del amor del mundo, lo que se hace en secreto. 

Nadie quiere confesar que su estima personal se basa en lo que opina la gente. Muchas personas se miran en las demás como en un espejo, y actúan como personajes de farándula que alimentan su espíritu de los aplausos del público. Por inseguridad, o por baja estima personal, unos se pasan la  vida buscando aprobación de la sociedad y otros sintiéndose más que los demás. De ahí el término snob, sin nobleza, que se acuñó por primera vez a fines del siglo XIX. 

Significaba alguien sin títulos, pero con un estatus alto, que pronto adquirió otra connotación: alguien que se ofende por la falta de estatus de los demás. Los esnobs solamente están interesados en el poder y en la gente que lo ostenta. Si el poder cambia de manos, ellos cambian de amigos.

En esa época se creó en Inglaterra un mundo alrededor de lo esnob. Hoy es una descalificación, no un cumplido. Pero no siempre fue así. Los ‘importantes’ han cambiado a través del tiempo. En Esparta, en 400 a.C., los hombres viriles, agresivos y bisexuales eran superiores.  En la Edad Media lo eran los santos, luego los caballeros, y en la Inglaterra del siglo XIX, los gentlemen eranricos y buenos bailarines, ojalá con una amante en la ciudad.

A partir delsiglo XIX, con la revolución industrial, los valores sociales cambiaron. El dinero se convirtió en la medida de aceptación, no la nobleza; la pobreza era considerada el castigo para los inútiles, losfracasados, no un azar del destino. En el siglo XX,l a prensa se encargó de construir y destruir ídolos.

Su obsesión por la vida privada creó una nueva clase social y una causa más de angustia. Ahora, en teoría, hay que ser Shakira para ser feliz. Aparecer en las páginas sociales, ser objeto de entrevistas, es la única posibilidad de escalar socialmente. 

La moda también contribuye a medir el valor de una persona; una cartera define el estatus de una mujer, si vale 300 dólares no califica; hay que tener mínimo una Kelly Bag de cocodrilo, de 12 mil dólares, para ser considerada ‘alguien’. El consumismo nos ha llevado a envidiar, adesear y a sufrir.

Solamente cuando uno madura y el afecto depende de los logros personales, puede desentenderse del qué dirán. Pero siempre existirán los aduladores profesionales que quieren hacernos creer que somos un dechado de virtudes y que nos brindan una amistad sincera. Gracias a Dios, no siempre logran convencer; hay que tener los pies en la tierra y tomar clases de humildad permanentemente.

De Botton recomienda los paisajes infinitos, que nos recuerdan la insignificancia del ser humano; las ruinas, que representan lo infinito del tiempo; las catedrales, que inspiran al espíritu, como una fórmula para reducir la angustia. Epicteto, uno de mis filósofos favoritos, dice: “No es mi lugar en la sociedad el que me hace sentir bien, sino mis decisiones; éstas son las que llevo conmigo… son mías únicamente y nadie me las puede quitar”.

En días recientes, después de ser testigo de las tres bombas que estallaron en Madrid, que mataron a más de 170 personas y dejaron heridas a 700 en las estaciones del tren de Atocha, Santa Eugenia y El Pozo, pienso que el poder de la muerte es el motivo más poderoso para reconsiderar las prioridades de la vida. La muerte revela la fragilidad del ser humano y la banalidad que significa la necia búsquedade un estatus.