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Los hijos y el amor

Foto: Getty Images

Los hijos y el amor

Los tiempos han cambiado y con ello la forma de educar a nuestros hijos ahora somos padres y amigos. Pero, ¿hasta qué punto este modo de llevar las cosas crea una dependencia emocional en nuestros hijos?.

Normalmente suelo escribir sobre mujeres y relaciones afectivas, pero esta vez el tema que me tiene reflexionando es el de los hijos y la educación. Al igual que mis compañeras de generación, crecí bajo unas reglas muy estrictas, pensando que a los papás no se les discutía, pues ellos eran los poseedores de la verdad.

Uno entraba al colegio y salía trece años más tarde sin que sus papás hubieran conocido ni a los profesores de uno, ni los salones de clase del colegio. Las tareas eran problema de cada cual, y una rápida mirada a la libreta de calificaciones, cada mes, bastaba para saber si en la casa lo recibirían a uno con una palmadita en el hombro o con un castigo. No había la posibilidad de cuestionarse.

Con mis hijos quise experimentar todo lo contrario: hice tareas con ellos desde el kinder, hablé con todos sus profesores, sufrí con cada examen y al final me volví a graduar de bachillerato cuatro veces. No sé si esto es bueno o malo, pero disfruté inmensamente viendo cómo cada uno de mis hijos encontraba su propio camino.

En mi época, ni hablar de comentar el tema de los novios con mis papás; las conversaciones sobre amor y sexo se daban estrictamente entre amigas. La ingenuidad era tal que discutíamos si darle un beso al novio la podía dejar a una embarazada. A las primeras fiestas fui a escondidas, pues no había forma de conseguir permiso; según ellos, estaba demasiado joven para eso. 

Mis hijos todavía se burlan de mí cuando comentamos que yo tenía que ir a cine con mi novio y mi mamá. En mi época no existía la Internet, tampoco las llamadas de larga distancia; el teléfono sólo se usaba para cosas importantes, no para conversar. Con las mejores intenciones nos educaban siempre pensando que el exceso podía malcriarnos, que el estoicismo era el camino para desarrollar la personalidad. Nunca me sentí triste y nunca me sentí sola.

Como dice una amiga, hoy uno se entera de todos los detalles: si la hija peleó con el novio, si salió con el vestido manchado y sintió que estaba haciendo el oso, si está deprimida porque tiene que desayunar, almorzar y comer sola. En fin, seguimos minuto a minuto la vida de nuestros hijos y, desde luego, nos la pasamos sufriendo.

Pero, ¿hasta qué punto este modo de llevar las cosas crea una dependencia emocional en nuestros hijos? El problema reside en las mamás que creen que querer a los hijos es resolverles todos los problemas y evitarles cualquier dolor. El exceso de comunicación ha llevado a que muchos de esos hijos no acaben de madurar nunca porque no los dejan, con la disculpa de que el niño está triste o se siente solo. 

Se ven casos de muchachos que se van a estudiar por fuera y se la pasan llorando por teléfono, en lugar de aprender a manejar la soledad y de disfrutar de una cultura distinta. Yo creo que así como un bebé se raspa las rodillas cuando está aprendiendo a gatear, un muchacho tiene que aprender a sortear las dificultades de la vida, a tener sus propias experiencias y tomar sus propias decisiones, corriendo el riego de equivocarse, pero también que el apoyo emocional en esta sociedad tan competitiva e intolerante, en la cual ya los valores no cuentan, es fundamental.

Siempre he tenido la inquietud de si nuestros papás tenían razón o no cuando interponían tanta distancia entre ellos y nosotros, pero cuando oigo a mi hija menor contarme con detalle sus experiencias en la universidad, creo que ésta es para mí una oportunidad más de vivir cuatro vidas, las de mis cuatro hijos, con sus alegrías y tristezas.

Lo que sí me queda claro es que no tengo más remedio que sentarme a ver los toros desde la barrera y acompañarlos en el camino, sin entrometerme, pues, tener autoridad no significa ser poseedora de la verdad, ni confundir el amor que sentimos por ellos con la falta de límites a la hora de educarlos debidamente. Por eso, debemos asumir con mucha seriedad una sana autocrítica a nuestro papel de padres, teniendo muy presente que nunca, nunca, acabaremos de aprender de nuestros hijos.

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