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Manual para no envejecer

Lila Ochoa. Directora revista FUCSIA.

Manual para no envejecer

Un cuestionario al que se debe responder francamente, so pena de formar parte de la prehistoria.

Por cuenta de mi trabajo debo leer mucho y leo, sobre todo, revistas. No sé si por estar inmersa en un mundo de mujeres jóvenes glamurosas y flacas, no me había dado cuenta de que, sin saber cómo ni cuándo, llegué a la etapa de la vida que llaman “mediana edad”, esa que cuando yo estaba chiquita llamábamos “vieja…”. Cuando mi mamá tenía mi edad yo la veía como una adulta que se acercaba al final de su vida, tanto en su manera de pensar y actuar como en el modo de vestir y en sus gustos. No me puedo imaginar así, y aunque soy totalmente consciente de que hay que envejecer con dignidad, me niego a ponerme las faldas abajo de la rodilla y a vestirme de sastre gris.


Pero, que conste, tampoco voy a salir a una comida de shorts. Sin embargo, no es solo la ropa lo que me asusta: son las relaciones, la familia, los hijos y especialmente eso de que hay que adoptar una “conducta apropiada” cuando uno pasa de cierta edad. No he logrado entender este concepto todavía. ¿Será que me tengo que sentar a tejer en un sillón al lado de la chimenea?; ¿tendré que empezar a chismorrear con algunas amigas que no tienen nada que hacer? No lo creo, y me perdonarán pero no pienso tirar la toalla tan pronto y, desde luego, tampoco voy a empezar a inyectarme Botox o a hacerme liposucción para competir con las de 30.

Justamente pensando en esas cosas, me encontré una especie de manual de las actitudes que uno no debe adoptar, así sean apropiadas para la edad madura. Quien lo escribió, India Knight, una inglesa con un humor fenomenal, asegura en su libro que si uno sigue sus instrucciones y evita caer en la tentación de comportarse de cierta manera, puede posponer por un buen tiempo la entrada al ancianato. Esta es una versión colombianizada de lo que no hay que hacer por ningún motivo:

Gritar “¡Ay, Au!” cada vez que uno se levanta porque esta tieso.
Preguntar ¿quién es esa gente?, cuando uno está viendo las revistas Jet-set o Caras.
Entrar a un restaurante y quejarse de la acústica aunque uno oiga perfectamente.
Mostrarse absolutamente desinteresada en conocer gente nueva.
Estar invitada a un matrimonio y, de una vez, pensar que esa relación no va a durar ni un año.
Olvidar los nombres de las personas.
Que el guayabo y la migraña le duren tres días después de tomarse unos vinos.
Caer en la cuenta de que la gerente del banco es menor que uno.
Comprobar que la gente joven habla de los 80 como uno lo hacía de los años 40, es decir, como si estuvieran hablando de los tiempos prehistóricos.
Empezar una conversación hablando sobre el clima.
De un momento a otro interesarse por la naturaleza, el verdor de los árboles y la textura de las hojas.
Irritarse con los niños chiquitos.
Tomar mucho té.
Desarrollar una fascinación por la digestión.
Entrar a un supermercado o a un almacén y quejarse de que hay demasiadas opciones como leche de soya, descremada, de almendras, sin lactosa, etc.
No entender ni una sola palabra cuando los jóvenes hablan entre sí y pensar que están destrozando el lenguaje.
Enfurecerse porque la gente ignora la urbanidad de Carreño.
Llegar a la convicción de que se está más allá de la mitad del camino.
Desesperarse con las personas que no recogen el popó de sus perros en el parque y perseguirlas.
Estar convencida de que todo tiempo pasado fue mejor.
Pues bien, tengo que confesar que ya califico con respecto a algunas, pero no a todas, no todavía, por fortuna. Si usted contesta afirmativamente más de cinco, está perdida.