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Entrevista íntegra a la periodista Jineth Bedoya

Fucsia.co

Entrevista íntegra a la periodista Jineth Bedoya Foto: Cortesía de El Tiempo

Les ofrecemos a continuación la entrevista completa que FUCSIA le realizó, al amparo de la alianza con Reconciliación Colombia, a la periodista del tiempo, víctima de violencia sexual.

¿Que supuso para ti que el 25 de mayo fuese decretado Día Nacional de la Dignidad de las Víctimas de Violencia Sexual ? 

Después de tener tantos años tan duros, tan difíciles, tan dolorosos y conseguir en el día que tu moriste, porque eso fue lo que me pasó a mí el 25 de mayo del 2000, se convierta en una fecha para dignificar a todas las mujeres víctimas de violencia sexual es un regalo de la vida, pero sobretodo es una respuesta efectiva a tanta lucha. Y a mucha gente le he dicho que este 25 de mayo, este decreto, a mí me quita un peso de encima muy grande, porque más que tenerle miedo a morirme en medio de tantas amenazas que recibo, mi mayor miedo es fallarle a las mujeres, a las mujeres que creen en mi. Esta es mi respuesta, y es que no les fallé, no les fallé a las mujeres de este país. 


¿Cuál era tu visión previa de este día?

Conmemorar el 25 de mayo es la respuesta a que se puede volver a creer, que se puede volver a soñar y sobre todo, a que siempre el dolor te da la posibilidad de transformarlo. Hablo del dolor físico y del espiritual. El 25 de mayo el decreto, es eso: es demostrarme que un 25 de mayo durante muchos años para mí fue una pesadilla. Cada vez que llegaba ese día yo entraba en una depresión terrible, yo lloraba todo el día, no quería que nadie me hablara, volvía a pregúntame por qué, volvía a pelear con Dios, odiaba a todo el mundo ese día... Y desde el 2010, cuando por iniciativa propia empecé a transformar ese día y a decir que no va a ser un día para llorar, “no voy a llorar más el 25 de mayo, lo que voy a hacer es trabajar, demostrar que estoy viva, que no lograron silenciarme”. Se fue convirtiendo en una fortaleza. Y ahora lo va a ser aún más. Ya no va a ser solamente mi conmemoración, sino la conmemoración de todas. Es una cosa muy grande, y efectivamente me transforma ese sentimiento que yo tenía sobre ese día. 


¿Por qué decides contar tu historia?

Yo creo que llegó el momento de confrontarme conmigo misma. Pese a que yo me había escudado en el periodismo, porque fue mi refugio, mi escudo, mi disculpa, mi motivación y mayor oxígeno. A mí el periodismo me devolvió la vida. También de alguna manera ese silencio se convirtió en un peso, porque a pesar de que la gente me veía muy normal trabajando, haciendo reportaría, yo me daba muy duro. Yo me confrontaba y me castigaba mucho, me decía “yo misma lo generé, por qué hice esto”. Por qué seguí en la investigación pese a que me dijeron que me iban a matar, que estaba tocando a gente muy poderosa, me dijeron que me callara muchísimas veces, me hicieron un atentado, casi matan a mi mama... “La culpa es mía”. Yo me lo repetía muchísimo. Además yo me cuestionaba mucho el tema de mujer. Si yo no hubiese sido Jineth sino Álvaro, no me hubiesen violado. Y eso me generaba mucho tormento al escribir la historia de otras personas y no ser capaz de confrontar mi propia historia. Y cuando llega el momento en el que Oxfam me dice que necesitan una voz para apoyar el informe de violencia sexual que van a hacer, yo lo sentí como el salvavidas que Dios me botó. Fue la oportunidad para decir, llegó el momento de hablar, de confrontarme, pero sobretodo de poder ayudar a otros. Porque en todos estos años de silencio, reuní muchas historias de mujeres violadas, pero son historias que se quedaron para mí; a mi dolor, sumarle otros dolores. Yo sentía que hablar era como soltar la válvula, y entendí que el hablar me iba a ayudar muchísimo a mí, pero sobre todo a otras personas. De ahí la decisión. 


No es contradictorio que ejerciendo tu profesión te agrediesen de esa manera y luego fuese tu refugio una vez pasó la violación…

Recuerdo una persona que fue muy dura conmigo: “es que usted se quiere morir y yo siento esa tendencia en usted. Cada vez que hace un reportaje usted se mete y se arriesga porque se quiere morir”. ¿Será que si me quiero morir y por eso perdí el miedo? Porque después del secuestro, las cosas que me pasaron fueron impresionantes. Quedé en medio de bombardeos, arriesgué mi vida y la de los fotógrafos que iban conmigo; confrontar como lo hice a los grupos armados de este país, a la mafia, al narcotráfico, a los paras, a la guerrilla…. El secuestro me dio esas agallas de: “a mí me importa cinco, si me matan que me maten porque ya estoy lista para eso”. Y todavía lo sigo sintiendo, aunque soy más serena, más madura, me lo pienso dos veces… pero esos años posteriores al secuestro fueron de una adrenalina impresionante, y creo que lo hacía para demostrarme que estaba viva. Para demostrarle a los que me secuestraron que no habían logrado acobardarme.

Es contradictorio, pero esa fue mi salvación. Yo creo que el mismo miedo que me quedó después de todo lo que pasó, y hablo de todos los miedos, el miedo a como me iban a mirar, a volverme a encontrar con Jineth como mujer, el miedo a la sexualidad, a que iba a pasar en mi vida íntima, el miedo al cuestionamiento, al rechazo, a no volver a ser una persona ecuánime en mis notas. Recuerdo que después del secuestro me sentaba a escribir sobre el secuestro y lo hacía con rabia, y terminaba escribiendo las notas llorando. Y el jefe de redacción de El Espectador un día que recuerdo que las Farc secuestró una niña de tres años y yo me puse a escribir la nota y terminé en un mar de lágrimas. Él se me acercó y me dijo “si usted va a seguir haciendo el periodismo como lo está haciendo, váyase de esta redacción porque usted no sirve para esto”. Y se lo agradezco porque si yo había tomado la decisión de volver a la redacción tenía que hacerlo bien. Ese sacudón me sirvió de mucho para decir listo, yo decidí quedarme, y si me quedo me quedo bien. Y me tocó despojarme de esa rabia, de esas inseguridades. Y entendí que el periodismo era lo único que me iba a sanar porque era el que me daba la posibilidad de escribir de mi historia a través de otras historias. Pero tenía que hacerlo bien: despojada de prevenciones y de rabias. Y si, es contradictorio, porque estaba arriesgando mucho: ser una muy mala periodista, sesgada y parcializada, que se iba a escudar en sus letras para poder tapar lo que le había ocurrido. Gracias a Dios no me pasó eso. 


¿Qué es lo que más recuerdas de ese día?

Cuando una mujer la agreden tal vez la humillación es lo más doloroso. Es decir, lo que te dicen. Las palabras hieren más que los golpes, o que la violación como tal, que la penetración, que la agresión física… Porque hay cosas que se te quedan grabadas en la cabeza y que te martillan todos los días. Ellos a mi me hicieron cosas terribles como mujer, de las que nunca he hablado ni he mencionado ni siquiera en la Fiscalía, porque hacen parte de ese pudor y de lo que tu guardas en tu corazón de mujer que nunca quieres volver a mencionar si quiera. Esas son. Yo creo que para mí fue difícil superar la parte física, sobre todo lo de los hematomas que duraron mucho tiempo después, sobre todo de mi cuello para abajo. La cara me la golpearon, estaba llena de arruñetazos, pero lo que hicieron en mi cuerpo, en mis senos, en mis brazos… era impresionante. Por ejemplo, mi brazo izquierdo era de un solo color morado y a mí eso me impresionaba, yo no podía mirarme el brazo; mi mamá me tenía que bañar. Esas cosas te taladran en la cabeza y a veces cuando tengo un hematoma porque me pego o algo, eso me devuelve a los días posteriores al secuestro. Se queda marcado como un tatuaje. Esas cosas me atormentan mucho todavía. 


¿Se supera?

No, una violación nunca se supera, nunca. A veces escucho a mujeres que dicen si, a mi me violaron pero ya lo superé… Una agresión de esas nunca logras superarla. Aprendes a manejarla, a transformarla y a vivir con ella, pero es muy difícil. Una agresión de estas te marca de por vida y más cuando está acompañada de toda la sevicia con la que me la hicieron a mí. No solamente la agresión sexual, sino todo lo que rodea a la agresión: la tortura, que te corten el cabello, que te hagan toda la cantidad de cosas que me hicieron… Eso es imposible superarlo. 


¿Qué se siente al saber que sólo eres un número en la larga lista de mujeres violadas en este país? 

Es difícil enfrentar eso, porque cuando te vuelves una persona pública, esas mujeres empiezan a buscarte para encontrar liento, ayuda. Siento una impotencia grandísima porque quisiera ayudarlas a todas y no puedo. Trato de ayudar a la mayor cantidad de mujeres que puedo pero también se te va convirtiendo  en una carga de dolor. Yo soy igual que ellas, soy mujer, somos iguales. La gente empieza a verte en una especie de pedestal, inalcanzable y a veces el dolor de esas mujeres es a veces más grande que los de uno. Eso a mí me taladra el alma todos los días. No te imaginas la cantidad de historias que recibo. Y quisiera cambiarle la vida a esas mujeres. pero uno no puede. 


¿Consideras que al Estado se le ha hecho grande la realidad de la violencia sexual contra las mujeres en Colombia?

El Estado siempre desconoció que había un grave problema de violencia sexual, nunca lo quiso reconocer, porque fue un Estado amañado al modelo patriarcal que hay en Colombia. Y esto se trasladó a todas las entidades: Fiscalía, Procuraduría, Sistema de salud, los mismo medios de comunicación… Siempre tapamos a estas mujeres, nunca las quisimos reconocer. Ahora logramos que nos escuchen. Ahora la violencia contra las mujeres se está poniendo de moda. Entonces ahora si todo el mundo quiere meter la mano, porque además para eso hay ayuda internacional y hay fondos; entonces ahora si nos interesa. Los desplazados pasaron a un segundo plano, así que ahora nos centramos en el tema de la mujer porque ahí sí que hay recursos. 


A nivel político, ¿el tema de proclamarse defensor de las mujeres y de su derecho a vivir sin ser acosadas sexualmente es una baza para ganar elecciones?

Total, yo lo veo así por un lado, pero por otro lado pienso que el Estado empezó a despertar ante el llamado de la comunidad internacional. Ustedes tienen un problema tan serio como tiene África. Ustedes como estado les han fallado a las mujeres de su país. Entonces el Estado empieza a despertar. Creo en la buena voluntad de muchas entidades del Estado; en la voluntad que tiene el presidente actual en reconocer a las mujeres víctimas de violencia sexual. El problema es que esta situación se desbordó. Es tan grande, tan difícil, necesita tantos focos que atender, que está desbordado. Y el Estado en su conjunto está desbordado con la atención a las mujeres. También existe una impunidad de la Justicia en un 98%; falta de atención del sistema de salud porque desconocen completamente la ley 1257 y todas las leyes que amparan a las mujeres en este momento. Una falta de capacitación de la fuerza pública para atender las mujeres víctimas de violencia sexual. Y esto genera una revictimización y un mal proceso para conducir a las mujeres hacia la justicia. Pero además genera una inoperancia del propio Estado. Estamos muy mal en el tema, con un vacío, no de leyes, sino de aplicación de las leyes grande y, sobre todo, creo que seguimos sometidos al machismo que impera en Colombia. 


¿Qué explicación le das a que, a día de hoy, se mantenga en Colombia esta realidad en la que las mujeres siguen siendo víctimas de violencia sexual de forma masiva?

El abuso sexual y la violencia en general contra las mujeres era una práctica normal porque eso era lo que implicaba el modelo. Y culturalmente, creo que nosotras mismas hemos alentado a que esas prácticas de violencia sean unas prácticas normales. Cuando se empieza a generar conciencia sobre el tema empiezan a cambiar algunas cosas, pero estamos en ese proceso de reeducación sobre los valores y el tema en general. 

Es cultural completamente y eso se trasladó al conflicto, porque a las mujeres no las están violentando desde que empezó el conflicto, a las mujeres colombianas y latinoamericanas las han violentado desde que llegaron los conquistadores a américa. El gran problema es que la guerra fue un detonante para que estas violaciones y para que estas violencias tomaran mucha más fuerza. El cuerpo de la mujer es la primera arma de guerra en los conflictos. La violencia contra las mujeres se volvió parte del paisaje y hasta ahora estamos en esa etapa de despertar, de tomar acciones para empezar a reeducar al propio Estado para que se encargue de reeducar a nuestra sociedad. Es un proceso largo. No podemos permitir que al año tengamos 18.000 mujeres violentadas en el país. 


¿Cómo ves el futuro de Colombia a este respecto en relación con cómo se están desarrollando las Conversaciones de Paz?

Yo tengo una gran preocupación y es que si ni siquiera vemos a las mujeres en el conflicto, mucho menos las estamos viendo ahora en las conversaciones de paz. En los grupos de victimas ha habido una mayoría de mujeres y lo aplaudo. Pero ¿con qué seriedad están tratando el tema de violencia sexual en las mesas de conversaciones de La Habana? ¿Será que solo vamos a reconocer los crímenes de violencia sexual cometidos por los paras? Esos ya están visibilizados y hay que seguir. ¿Donde están los crímenes de violencia sexual cometidos por agentes del estado, por las FARC?. ¿El señor Ivan Marquez y el señor Pablo Catatumbo están dispuestos a aceptar que ellos patrocinaron un crimen de lesa humanidad sistemático durante muchas décadas que es el aborto forzado en niñas, en adolescentes? Vamos a ver si ellos van a tener los cojones de aceptarlo y de reconocerlo públicamente. Ese es un crimen de lesa humanidad, y si ellos desde la mesa de diálogo no van a reconocer esos crímenes contra las mujeres, las mujeres no van a tener garantías en el posconflicto. 


¿Qué supuso para ti que tu caso fuese declarado de lesa humanidad?

Fue una batalla muy dura porque el mismo fiscal general hace un año no lo reconoció como de lesa humanidad y ahora le tocó reconocer que sí. Eso es una medida agridulce porque por un lado es un logro que la Fiscalía reconozca que acá hubo algo sistemático, pero yo te quiero recordar que mi crimen, que mi caso, lo declaran crimen de lesa humanidad por el tema periodístico y no por el tema de violencia sexual. 
Yo creo que es un paso fundamental porque la justicia está empezando a admitir que en este país hubo acciones sistemáticas que vinieron de un mismo lado. Pero si miras por otro lado, el problema es que la justicia se va a eternizar y no va a hacer nada porque como nunca va a prescribir, esperará a que pasen y pasen los años. Y yo me quedaré de aquí a que me muera esperando a que haya justicia. Y estoy convencida que mi caso no va a tener justicia. La tendrá parcialmente, porque nadie se le va a medir a destapar todo lo que hay detrás de mi caso, porque hay personas muy importantes de este país involucradas. Yo me levanto a dar la batalla, pero sé que al final voy a perder la guerra. Peor no voy a para ni un solo día. 


¿Qué entiendes tú por reparación?

Gran parte de mi reparación llegó el día en el que el presidente Juan Manuel Santos firmó el decreto en el que el 25 de mayo sería el día de la dignidad de las mujeres de victimas de agresión sexual, porque es saber que a pesar de que tu caso pueda quedar en la impunidad, igual que los casos de miles de mujeres, tú ya tienes un día, una herramienta para no desistir, para que este país nunca olvide. No hay mayor elemento dentro de la reconciliación, de la reparación, dentro del perdón que la memoria y ese 25 de mayo hace memoria por miles de mujeres de Colombia. 


¿Tienes miedo?

Yo tengo un miedo grandísimo y no es a morirme precisamente. Es fallarles a las mujeres que creen en mí. Eso me angustia, porque una vez yo quedé completamente sola. Yo no tuve a nadie que me llamara a ofrecerme un café. Nadie que me diera una voz de aliento aún siendo la persona que era: una periodista conocida. Y si te digo que tuve esa llamada de seis personas fue mucho. Yo quedé en la completa soledad. Yo sé que es estar solo y sé que es dar la pelea solo. Así que a esas mujeres no les puedo fallar porque creen en mí, y si lo máximo que puedo hacer por ellas es sentarme a tomar un café, abrazarlas y decirlas “hijuemadre hay que seguir dando la pelea” pues lo tengo que hacer. Pero me da miedo fallarles, no tener el tiempo suficiente para escucharlas a todas, me da miedo no seguir dando la batalla internacionalmente para visibilizar esto. El miedo a la muerte, ese ya pasó…


¿Qué opinión te merecen los dos guerrilleros que han acudido recientemente como nuevos representantes de las Farc a la mesa de negociación?

Yo he tenido que amarrarme mucho la rabia de periodista y de ciudadana al ver sentado en la mesa a Romaña. Yo me paso a todos los de las Farc porque uno entiende el tema de su ideología. A muchos les conozco personalmente. De muchos de ellos pensé “que desperdicio de tipo; qué tipo tan inteligente y cómo tiene un fusil en la mano. Todas esas cosas que piensa las podría canalizar de otra manera". Pero si hay dos personas  que no merecen estar ni en la mesa ni en libertad son 'Romaña' y 'El Paisa'. Estos dos hombres han cometido cantidad de crímenes de lesa humanidad, se rieron en la cara de las victimas y ahora están ahí como si nada. Así que mi proceso ha sido de amarrar esa rabia porque entiendo que aquí hay que tragarse muchos sapos en beneficio de. Si nosotros seguimos con esta rabia con estos señores nunca nos vamos a poder sentar y decir, listo, cerremos esta etapa con justicia y miremos como seguimos adelante. Entonces yo de toda la gente en la mesa del único que te digo que he tenido tantos sentimentos encontrados en con 'Romaña', y espero no tener que ver a 'El Paisa' ahí sentado porque le tiene precio a mi cabeza y tendré que hacer todo el proceso de tragarme el sapo. 


¿Como se vive sabiendo que eres un objetivo de los grupos criminales?

Se vive al límite y eso es bueno y malo. Es malo porque yo vivo en un acelere muy complicado, y todos los días trato de hacer 20.000 cosas porque puede ser el último día. Eso me lleva a un estado de salud bien complicado: yo no he podido volver a subir de peso, por ejemplo. En este momento estoy pesando 42 kilos. Eso me pone contra la pared pero lo hago porque digo, tengo que tratar de hacer todo antes de morir. Pero es bueno por otro lado porque te lleva a disfrutar la vida al máximo, tratar de sacar lo mejor de cada momento. Pero es muy verraco salir de tu casa pensando que por la noche no vuelves. 


Semana destapó recientemente que tu email estaba en manos de la inteligencia militar, ¿qué opinión te merece esta información?

No es nada nuevo porque la inteligencia militar me ha tenido chuzada desde siempre. Tengo que recordar, por ejemplo, que cuando me secuestraron la inteligencia militar, especialmente la inteligencia de la Quinta División, tenía un informe mío que estaba en manos de Jhon Jairo Velásquez, el  jefe de los sicarios de Pablo Escobar en alta seguridad de la Modelo. Sé que mis teléfonos están interceptados por todo el mundo. Legalmente por la Fiscalía General de la Nación, pero ilegalmente por algunos señores de la inteligencia. Me acostumbré a vivir con un tercero en mis comunicaciones y en mis conversaciones. Yo no tengo nada que ocultar. La guerrilla sabe cuáles son mis relaciones con los militares, los paras y viceversa. Siempre lo he sabido y los mismos de inteligencia militar, los mismos que dicen llamarse amigos, me han dicho “ojo porque le tienen chuzado el teléfono”. 


Te consideras una adicta al periodismo…

El novio que tenía antes de mi relación actual cuando empezamos a salir, yo le dije “me siento extremadamente mal porque siento que le estoy siendo infiel al periodismo contigo. El tiempo que le tengo que dedicar a mis cosas, te lo estoy dedicando a ti”. A mí eso me creó un conflicto interno muy jodido. Y efectivamente me lo generó, porque prefería irme al monte a cubrir al combate que irme con él a cine. Y bueno, la vaina termino mal. 


¿Cómo es la Jineth Bedoya mujer? 

Decidí no casarme, no tener hijos. Tengo una relación muy bonita y creo que funciona porque él no vive en Colombia, entonces eso nos da la tranquilidad de que cuando nos vemos nos vemos fuera y no hay escoltas y hay privacidad. Para mí es un ejercicio diario todos los días salir del apartamento y mentalizarme de que tengo X cantidad de personas detrás mío [escoltas] que saben cada uno de mis movimientos y que lo tienen que hacer porque me cuidan. 

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