¿Cuándo, cuándo, cuándo…?

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¿Cuándo, cuándo, cuándo…? Foto: Por Odette Chahín
Para nuestro reloj biológico es a veces más importante el momento que la persona con la que estamos.
Por: Por Odette Chahín14/06/2011 00:00:00
 
La vida es injusta en ocasiones… hay flacas que comen como marranas y nunca se engordan, hay quienes no tienen que hacer nada para tenerlo todo (o, ¿qué hiciste tú, príncipe William, para merecer la bodita que te echaste?) y hay personas a las que les proponen el cielo y la tierra y se dan al lujo de rechazarlos. Esto último no lo entendí sino hasta que llegué a mis tiernos treinta y pico, cuando conocí, tal vez, a la persona perfecta para mí, pero no precisamente en el momento perfecto de mi vida. Todavía no estaba lista para tirarme por un trampolín al vacío, vestida de novia, y decir “¡aceptooo!”. Lo único que quería aceptar era solicitudes de nuevos amigos por Facebook. Estábamos pasando por diferentes etapas, si tan sólo nos hubiésemos conocido años después, la historia sería diferente.

Últimamente, me he tropezado con personas a quienes les entran unos afanes difíciles de controlar: está la mujer que se muere por tener hijos, pero no tiene con quién; o la que no tiene ni un boceto de novio, pero dice “este año me caso”, como si se tratara de una meta laboral. Y es que, en situaciones de necesidad, a veces prima más el ‘momento’ que el ‘con quién’. O, ¿cuántos de nosotros no nos hemos comido lo primero que se nos atraviesa, llámese chicharroncitos u otras porquerías, sólo porque nos asedió el hambre en el momento más inesperado? El hambre ocasiona muchos estragos y no exclusivamente en el dominio del estómago, como sabemos.

Existen fórmulas para casi todo, para calcular el área de un triángulo, el movimiento uniforme y acelerado de un cuerpo y hasta la fórmula de la relatividad, E=mc2. Si el amor tuviese que ser escrito en una fórmula, creo que se calcularía usando dos variables clave: la persona ideal y el momento ideal. Uno pudo haber conocido al amor de su vida, pero estaba en kínder y él apenas tenía 7 años: no era el momento. O el sentido de la maternidad se le despertó cuando estaba enredada con un hippie que no estaba listo para ser papá, y ahora la bebé se llama Alegría de Verano y sólo deja de llorar cuando se le arrulla con música de protesta: no era la persona. A menudo conseguimos solamente una de las dos cosas, tenemos a la persona ideal, pero no es el momento; o al revés, se puede estar en el momento ideal, pero sin la persona indicada, y para que las cosas se den, deben estar sintonizadas esas dos variables.

Alguna vez le pregunté a cierta amiga que estaba en vísperas de casarse: “¿y estás enamoradísima?”, a lo que me contestó, “no sé si sea mi príncipe azul, pero fue el que me propuso matrimonio y con el que estaba cuando me entró el afán por casarme”. Su respuesta me causó algo de tristeza, porque parecía que estuviese corriendo una maratón no sé contra quién. El amor es como una torta, son tan importantes los ingredientes que usemos para prepararla como el tiempo perfecto de cocción, de lo contrario, quedará fea o cruda, y luego, ¿quién se come eso?

Hay que ceder menos ante la presión que nos imponen la sociedad y sus parámetros ridículos, y estar más atentos a lo que nos dice nuestro propio reloj biológico. ¿Quién se inventó que hay que estar casadas antes de los 30?, ¡a otra con ese cuento chimbo! Los parámetros son para los pendejos que necesitan que alguien les diga cómo vivir sus vidas, por eso, resulta refrescante ver personas que rompen con todas las reglas, como una pareja de Inglaterra que se casó, ella a sus 85 y él a sus 93: “Podré ser la novia más vieja de Inglaterra pero también la más orgullosa”, exclamó la anciana. Si sumamos sus edades alcanzan casi dos siglos, y luego dicen que los cuentos de hadas son pura ficción.


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