Me llamo Juan… igual que mi padre

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Me llamo Juan… igual que mi padre
Ponerle el mismo nombre a su hijo es condenarlo al anonimato de por vida, es negarle una historia propia. Juan, el hijo de Juan, demuestra la poca creatividad... de muchísimos padres.
Por: Fucsia.co12/05/2011 00:00:00
 
Se han tejido montones de historias sobre las verdaderas razones de cómo o por qué los padres le ponen los nombres a sus hijos. Hasta hace unas cinco o seis décadas, la única fuente de nombres era la Biblia; posteriormente, los tomaban de los antepasados o se asignaban por herencia de los abuelos, bisabuelos…

Cuando los medios de comunicación irrumpieron decisivamente en nuestras vidas, se convirtieron en otra cantera inagotable de nombres; y fue entonces cuando vinieron los padres innovadores y creativos, y les dio por mezclar un nombre bíblico más uno de la televisión, dando como resultados curiosos personajes de nombres como Juan Erwin: Juan por el apóstol, y Erwin por Erwin Tuirán, un famoso locutor y presentador de épocas ya remotas. O María Magda, por la Virgen María y por Magda Egas, otra figura histórica de la televisión colombiana de los 70.

Con las postrimerías de los 80 y los albores de los 90, llegaron a nuestras cédulas los Brandon, Dylan y Mélani, tomados de Clase de Beverly Hills. Millares de Leydis Dayanas en honor a la Princesa de Gales y una buena camada de René, Andrés, Leonel, etc., producto de la buena racha de la selección de fútbol nacional. Y, sin lugar a dudas, hay una manada de Natalias nacidas en esos años como tributo a la incombustible Natalia París. En años pasados a la mujeres les habían puesto nombres de reinas como Susana, Edna Margarita, Niní Johanna, Maritza y, obviamente, Luz Marina.

Y por regiones, sí que se sabe de dónde es una persona. El mundillo paisa es feliz poniendo nombres compuestos: León Jairo, Gustavo Adolfo, Óscar de Jesús, María Paula, Ana María, etc. Los caleños son brillantes cuando les ponen a sus hijos Wilmer, John Mario, Héctor Wilfrido, etc. Los costeños también son característicos al llamar a sus hijos Libardo, Oswaldo o Mario, y ni qué decir de combinaciones tan absurdas como Ernesto Carlos, Jorge Juan o Raimundo Alberto, nombres que le imprimen vejez hasta a un bebé.

Pero hay una tragedia en materia de nombres, y es cuando el innovador o creativo padre le pone su mismo nombre al hijo. Juan, hijo de Juan, que se convierte a la postre en una negación del primogénito. Qué pensaría Julio César Turbay papá expresidente cuando le puso a su heredero Julio César Turbay, excontralor. Algo así como un premio de consolación. Es como si Amparo Grisales le hubiese puesto a una hija que nunca tuvo Amparo Grisales.

El camino mas fácil que hace que a los hijos se les llame Julito o Amparito, algo fatal para el libre desarrollo de la personalidad. Bueno por los gringos que a estos casos los tildaron como ‘Junior’, algo así como un papá chiquito. Pero también patético al final de cuentas.

A todos los ‘Junior’ del mundo los persigue el fantasma de sus padres. Primero, sus logros; y segundo, el peso de no tener una vida propia sin que se desliguen de sus progenitores. En estos casos lo mejor era ponerles Julio César Turbay II, o Amparo Grisales II.

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