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El precio de la vanidad

Andrés Grillo

El precio de la vanidad Foto: Tony Stone

Los cirujanos estéticos están haciendo realidad las fantasías sobre la belleza de millones de mujeres y hombres alrededor del mundo. Sin embargo, la vanidad tiene un precio que, en algunos casos, llega hasta la muerte.

SI la madrastra del cuento de Blanca nieves viviera en la época actual, no tendría que eliminar con una manzana envenenada a su rival para que el espejo mágico le repitiera, hasta el cansancio, que ella es la mujer más bella del reino. Para lograr el mismo efecto bastaría con que se pusiera en manos de un cirujano plástico reconocido quien, a cambio de su fortuna real, la dejaría no sólo bella sino como nueva.

En la cara la madrastra del cuento de hadas podría hacerse una cirugía de rejuvenecimiento facial para verse más natural, otra en los párpados para que se vieran más jóvenes y frescos y una más para cambiar la forma de la punta de la nariz. También, si lo quisiera, podría elevarse las colas de las cejas, implantarse silicona en los pómulos o grasa en los labios y arreglarse el mentón. 

Si el problema estuviera en la forma de la cara, el escalpelo también podría solucionar ese inconveniente como lo demuestra el caso de Jocelyne Wildenstein, la ex esposa del anticuario más importante y rico del mundo, quien se realizó 59 operaciones hasta que su rostro tuvo el aspecto felino que muestra en la actualidad.

Pero si la madrastra quisiera dejar boquiabierto al espejo mágico y quedarse de una vez por todas con el título de la mujer más bella, las cirugías en el rostro serían sólo el comienzo. El menú de procedimientos para el resto de su cuerpo es tan variado como el de un buen restaurante. Podría removerse el exceso de piel en el cuello para hacerlo más estilizado, aumentarse o reducirse el tamaño de los senos y extirparse el exceso de grasa en la cadera, la espalda y los muslos. 

Y si su peso estuviera cerca de lo ideal podría hacerse una cirugía en el abdomen para que le retiraran la grasa innecesaria, le estiraran la piel flácida y le modificaran la estructura muscular. El remate podría ser que se inyectara grasa o se pusiera unimplante en los gluteos para resaltarlos. Después de todo lo anterior la madrastra podría convertirse en una reina de belleza —como la brasileña Juliana Borges, quien representó en el 2001 a Brasil en el concurso de Miss Unirverso y para hacerlo re configuró su cuerpo por medio de 23 operaciones— a la que la pálida Blanca Nieves no le llegaría ni a los talones y a la que con seguridad el espejo mágico no reconocería.

Los cirujanos estéticos están haciendo realidad las fantasías sobre la belleza de millones de mujeres y hombres alrededor del mundo. Su trabajo en los quirófanos, con el escalpelo o el rayo láser que hace las veces de varita mágica, ha convencido a muchas personas de que la esquiva fuente de la eterna juventud está cada vez más cerca. En esta búsqueda se amplían mucho más los límites de lo posible. 

En Los Angeles, donde el culto al cuerpo no conoce fronteras, el Instituto de Rejuvenecimiento Vaginal con Láser le ofrece a las mujeres la posibilidad de tener por medios quirúrgicos, en tan sólo una hora, una “vulva estéticamente atractiva” como las de las conejitas de Playboy. Esto se logra por medio de una operación que denominan vaginoplastia con láser personalizada con la que pueden reducir o aumentar los labios menores, reconstruir las estructuras vulvares y hacer una disminución estética del monte de Venus y los labios mayores. Pero darle gusto a estos caprichos de la vanidad cuesta mucho dinero.

La era de la silicona 

En Estados Unidos, donde se hacen y deshacen en la actualidad los cánones de belleza occidentales, cuyo máximo emblema es la muñeca Barbie, la cirugía estética mueve 300 millones de dólares anuales. Es, después de la industria dietética y de la cosmética, el tercern egocio más próspero del ramo en ese país. El fenómeno es global y 80 por ciento de quienes lo hacen mover son mujeres. En los últimos tres años las liposucciones, un procedimiento inventado por un ginecólogo abortista, han aumentado 62 por ciento en todo el mundo. 

En el Viejo Continente, España es el país que registra el mayor número de operaciones estéticas al año: 420 mil entre legales e ilegales. En América Latina, el asunto es detal dimensión que la revista Time le dedicó su portada de la primera semana de julio de 2001. Allí contaron que a comienzo del año se agotaron en Brasil las existencias de prótesis de silicona ante una repentina demanda de las operaciones de aumento del tamaño de los senos.

Para Time este hecho es uno de los tantos que prueba “que la era de la producción en masa de la imagen está al alcance de todo el mundo”. En Colombia, que no fue mencionada en el artículo de la revista estadounidense, no existen cifras sobre la cantidad de cirugías estéticas que se llevan a cabo.

Aquí, al igual que en el resto del mundo, las más practicadas son, en su orden, la liposucción para reducir los excesos de grasa y mejorar la figura, la cirugía de la nariz y la de aumento en el tamaño de los senos. “No existen estadísticas fiables y hay muchos procedimientos que se realizan en clínicas pequeñas o hasta enconsultorios. Además, la demanda está sujeta al vaivén de la situación económica del país. 

La demanda hoy es alta comparada con años atrás, pero es mucho menor que la que se presentó cuando el país estuvo boyante”, dice el doctor Ómar Pacheco Claro, vicepresidente de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica–Estética. En esa época de bonanza es posible que el paso por los quirófanos tuviera como fin ‘hacerse bello’, un recurso eficaz de promoción social en sociedades racistas o machistas como la colombiana, o construir una imagen de belleza para la exhibición pública, del tipo de la modelo de almanaque o de las salvavidas de Guardianes de la Bahía, acordecon el gusto de losnuevos ricos.

En la actualidad, como el narcisismo y la vanidad no conocen ni entienden de épocas de vacas flacas, los clientes siguen llegando a los consultorio o se les atrae con tentadoras ofertas que incluyen planes de financiación. Y aunque el volumen de pacientes no es el mismo de antes es suficiente para que 60 por ciento delos 650 cirujanos plásticos que hay en el país, según cálculos de Pacheco, se dediquen a realizar intervenciones estéticas. 

El problema es que en los últimos años estos especialistas, quienes se han preparado durante cuatro años sólo para realizar estos procedimientos médicos, han tenido que competir por su parte del mercado con médicos generales o buscadores de fortuna, que se aprovechan de las ilusiones de las personas para ofrecer los mismos tratamientos, pero a menor precio que los cirujanos estéticos.

Esto ha sido posible por la inexistencia de una normatividad legal para el sector y porque la actividad es rentable. Como en el país estas operaciones no están incluidas en el Plan Obligatorio de Salud —pues no se consideran necesarias sino más bien un lujo costoso— su realización está en manos de particulares que cobran elevadas tarifas por la calidad de su trabajo, las garantías de seguridad que le ofrecen al paciente y la tecnología que le apliquen. 

Las tres cirugías más comunes en el país cuestan, en promedio, entre tres y cinco millones de pesos. Este valor incluye los gastos de la clínica, los honorarios del médico y, en los casos de aumento de senos, el precio de la prótesis que es de un millón de pesos. El negocio está en que un cirujano reputado puede operar hasta cinco veces en un solo día. Pero si éstos pueden llegar a cometer errores que dejan al borde de la muerte a sus pacientes, ¿qué puede esperarse entonces del trabajo que hacen en clínicas de garaje, sin los mínimos requerimientos técnicos o higiénicos, personas sin la idoneidad requerida?

La hoguera de las vanidades

En Colombia hay un escándalo cada vez que una persona muere como resultado de las complicaciones de una cirugía estética. No obstante, la verdad es que el porcentaje de casos que difunden los medios de comunicación puede ser muy inferior al número real de decesos por esta causa, debido a que muchas familias prefieren guardar silencio sobre lo sucedido. Eso ha desviado la atención de un problema en el mismo terreno que afecta a mucha más gente y tiene consecuencias desastrosas para los afectados.

Se trata de las inyecciones de sustancias de relleno. Los cirujanos estéticos practican la lipoinyección, introducción de grasa en la cara o los glúteos, para rellenar ciertas zonas. Este procedimiento es seguro porque con el tiempo esta sustancia es reabsorbida por el cuerpo, sin embargo, no lo recomiendan para los senos porque puede provocar una calcificación masiva que se asemeja a un cáncer mamario

Estos profesionales también aplican la toxinabotulínica, una sustancia producida por una bacteria, que bloquea las señales nerviosas a los músculos y los paraliza. Su efecto es variable pero se estima que puede durar entre tres y cuatro meses. La inyección se hace con una aguja muy fina y puede relajar los músculos de las líneas de expresión en la frente, los del entrecejo, los que producen las patas de gallo y algunos del mentón o el cuello.

Estos son los procedimientos aceptados y que, realizados por profesionales, no deben causar ningún problema. Lo grave es cuando personas ajenas a la medicina inyectan sustancias como colágeno, vaselina, parafina, petróleo o aceite de cocina, que pueden deformar el cuerpo o quemar la piel. El doctor Felipe Coiffman, profesor de Cirugía Plástica de la Universidad Nacional, fue comisionado por la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica–Estética para estudiar alas víctimas de lo que él ha bautizado como ‘alog eniaiatrogénica’. 

Sus colegas le envían pacientes para que él las evalúe enforma gratuita y recomiende el tratamiento que se debe seguir para recuperar las zonas afectadas. Coiffman calcula que en el país pueden haber unas diez mil personas afectadas por la inyección de estas sustancias. Por su experiencia sabe que los efectos deeste procedimiento son devastadores porque “desfiguran la cara en una forma tremenda. Sé de dos víctimas que se suicidaron al ver el estado en el que quedaron”. 

El precio por buscar la belleza, que para muchos es sinónimo de felicidad o una llave para lograr la aceptación social, puede ser demasiado alto. Lo paradójico es que mientras estas chapuzas estéticas cobran víctimas en el país, los adelantos tecnológicos hacen cada vez más sencillas, menos riesgosas e invasoras algunas operaciones.

La liposucción asistida por ultrasonido, por ejemplo, derrite la grasa y hace más fácil su succión. La cirugía endoscópica permite hacer pequeñas incisiones, y no los cortes de oreja a oreja de antes, para levantar la frente. El siglo de oro de la cirugía estética apenas empieza y el cielo parece ser el único límite como lo cuenta un chiste de moda. Dicen que una señora muy enferma tuvo en el hospital una experiencia de muerte. Vio el túnel, la luz blanca y oyó a Dios que le decía que se devolviera, que su momento no había llegado y que iba a vivir por mucho tiempo.

Cuando se recuperó, ante la expectativa de una larga vida, se hizo todas las cirugías estéticas habidas y por haber para verse joven por más tiempo. Al salir de la clínica la atropelló un carro y murió. El final del chiste dice que en el cielo la señora en mención le pidió a Dios una aclaración, pues el mismo le había dicho que iba a vivir mucho tiempo. Y Dios le respondió: “tienes razón hija, fue una equivocación, lo que pasa es que con tanta cirugía plástica no te reconocí”.

Belleza que mata

Las mujeres sufrimos de un mal grandísimo que se llama vanidad. Yo trabajo en una aerolínea, tengo 54 años, vivo con una hija y, como todas las mujeres, quería hacerme una cirugía estética para sentirme mejor conmigo misma. Durante mucho tiempo averigüé por una operación económica porque aquí en La Florida me costaba entre 8.000 y 10.000 dólares. Por eso me emocioné el día que mi hermana me dijo que una amiga me había recomendado con el médico que la operó a ella. 

Esta mujer, cincuentona, delgaditica, bellísima, quedó como una Barbie. El cirujano vino a Miami desde Colombia y me atendió en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Me dijo que me hacía la lipectomia (para reducir el abdomen) y la liposucción en la espalda por 2.300 dólares en Bogotá. Mis hijos me dijeron que estaba loca, pero yo les dije que por encima de cualquier cosa me iba a operar.

Pedí vacaciones y me fui confiada para Colombia el 12 de julio porque el médico me pintó pajaritos de oro. “Al día siguiente de mi viaje me hicieron un cuadro hemático en la casa y el 14 de julio el cirujano me operó durante cinco horas en una clínica de garaje. Antes me hizo firmar un papel en el que yo reconocía que esas operaciones tenían complicaciones y hasta podían provocar la muerte. 

Después estuve unas horas en recuperación y me mandó a la casa. Pero mis problemas ya habían comenzado. Una sonda para la orina me quedó mal puesta durante la operación y me provocó hongos: otra bombita que me puso para que a los diez días siguientes fuera a que me hiciera unos masajes traumáticos y dolorosos para drenar los líquidos del as heridas. 

Con cada masaje las heridas se me abrían y un día me descosió una parte con la mano, sin tijeras, ni guantes, para que drenara. Todos esos días le dije que sentía dolor, que no me gustaba el color ni el olor de las heridas, que no parecía normal. El me decía lo contrario. Yo me sentía mareada y débil, pero él nunca me tomó la presión, ni nada. “Al noveno día sentía que la vida se me iba y me fui en artículo de muerte a la Fundación Santa Fe.

El cirujano se puso furioso, dijo que sólo él podía atenderme. El infectólogo que me revisó, arrugó la cara cuando vio las heridas. Tenía el pulso en el piso, estaba apunto de desarrollar una septicemia, tenía todas las heridas infectadas. Me hicieron cuatro transfusiones de sangre y me lavaron las heridas. A la medianoche entré al quirófano. En total, me realizaron tres endoscopias porque se me perforaron cuatro úlceras y me practicaron cinco operaciones, incluido un injerto de piel para cerrar una herida. 

Creí que me moría. Estuve hospitalizada 20 días. Todo lo que me pasó fue por descuido del cirujano. Después de que le reclamé me devolvió los 2.300 dólares y pagó los gastos en la Fundación. Llevo dos meses incapacitada. No he podido volver a trabajar. No le deseo a nadie lo que me pasó. Pensé que no iba a salir de esa”.

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