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La guerra de copas la gana el vino

Samuel Giraldo

La guerra de copas la gana el vino Foto: Thinkstock

En los últimos años, en Colombia sobresale el creciente consumo de vino. A propósito de esto, una historia con moraleja.

 Hubo una buena parte de una generación de colombianos que por allá en el segundo lustro de los 90 decidieron radicarse fuera del país. Con más o menos 25 años, se fueron a estudiar, a trabajar o simplemente a hacer sus vidas más allá de las fronteras del entristecido país de ese tiempo.

Muchos de ellos han vuelto de vez en cuando, pero ya se sienten extraños, lejanos de lo que antes les era propio. Pero lo mejor de esta historia es que ellos son los mejores observadores de que algo —de ese tiempo hasta acá— ha cambiado en su país. Hoy hay más Internet, hay más andenes por donde caminar, hay más restaurantes… y sobre todo, hay vino. ¡Sí señores, hay vino!

Claro, casi todos esos personajes fueron paridos por una generación de padres y madres que sólo hablaban de “vino espumoso de manzana”. ¡Oh, craso error!, ni era vino ni era de manzana. Se trataba de unos zumos de frutas embotellados en la rivera del río Cauca, donde se dan uvas dulces para jugos, pero no cepas de donde se saca el vino vino, que se nos metió en la mesa sin darnos cuenta.

Durante Semana Santa (por aquel 2008) estuvo en Colombia una amiga que vivía en Nueva York desde 1994, año en el que se fue a estudiar a Columbia y nunca volvió. Su familia vive en Cali, sus amigas en Bogotá y un ex novio divorciado en Medellín. Así las cosas, recorrió el país en cinco días y notó que los colombianos de su generación dejaron el ron y el aguardiente y se pasaron al vino. Ese cambio mágico y algo alicorado, que seduce los sentidos, se dio en poco más de una década.

Pero desde que empezó a contarme de sus reuniones familiares en el sector de Nueva Granada en Cali, de las salidas con amigas a la T, a la Zona G, a la Macarena en Bogotá, y que su ex novio la llevó a uno de los tres restaurantes de El Poblado en Medellín, me di cuenta de que lo que me estaba narrando era el cambio de nuestros hábitos y de la llegada del vino a Colombia.

Obviamente, esta bebida llegó para quedarse con todos los trastornos típicos de los cambios no planeados. Por ejemplo: mi amiga me dijo, que en Medellín sus amigos se emborracharon con vino, que simplemente ya no tomaban “guaro” a cántaros, sino botellas de vino como si fueran refrescos. Me contó que sus amigas rolas hasta diferenciaban las cepas Cabernet de la Malbec o la Syrah de las Sauvignon y sabían mezclar vinos y bocados (ellas pronuncian el vocablo maridaje), pero que nada había que hacer con sus tías en Cali que seguían pidiendo una Popular porque el vino les hacía doler la cabeza.

Cada semana hay una cata diferente en el círculo de amigos; hasta en el supermercado más céntrico hay sección de vinos (enorme, por demás); al ron lo más jóvenes ya no le llaman el “abrepiernas”, sino a las cajas de cartón en las que se envasa el vino de bajo costo.

Un aforismo popular sentencia que el vino llega donde hay civilización y que la civilización llega con el vino.

Me dio por dejar alguna moraleja, después de algunas copas: uno, piense en que el vino no reemplazó al aguardiente, reemplazó a la gaseosa, y dos, si no le gusta el vino y lo embiste, siga con la gaseosa.

¡Salud!

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