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"Nunca hemos llamado al cáncer de pecho por su nombre"

Fucsia.co

"Nunca hemos llamado al cáncer de pecho por su nombre" Foto: Ingimage

Antonio era un niño cuando vio que su mamá comenzó a perder el pelo. Aunque la razón era la quimioterapia, le dijeron que la culpa la tenía un tinte agresivo. En el mes de la lucha contra el cáncer de seno, familias sobrevivientes nos cuentan sus historias de vida.

Creo que apenas tendría 10 años. Entre aquellas imágenes semiborrosas que mi mente aún archiva de por aquel entonces, recuerdo vívidamente algunos de los cambios que fui detectando en ella. Aún recuerdo la primera vez que la vi con la cabeza lisa, sin rastro de aquella preciosa melena rubia; la primera vez que la vi con sus miedos al descubierto. Crucé el pasillo de la planta de arriba de casa y entré en el cuarto de baño, al fondo. Allí estaba ella, con su sonrisa.

Siempre ha sido linda y coqueta a partes iguales, una rubia de infarto. Y supongo que, como tal, siempre le gustó mirarse al espejo. No quiero imaginar lo que sintió al ver su reflejo.

Aquel día, mamá trató de explicarme con una sonrisa triste qué había pasado con su pelo. Me contó que su peluquera y amiga desde hacía diez años le había puesto un tinte demasiado agresivo. Que se asustó mucho al ver cómo se le empezaba a caer el pelo a jirones. Mi ingenuidad, mi bendita e infantil ingenuidad, no dudó en ningún momento de la historia. La abracé, sin darle mayor importancia.

Nunca hemos llamado al cáncer de pecho que tuvo por su nombre. Álex Grijelmo explica en su ensayo ‘La seducción de las palabras’ cómo cada sílaba, cada tilde, cada letra en un palabra aporta un enorme poder evocador que transmite una idea del significado que esconde el significante. Huelga decir qué se esconde tras una palabra como cáncer. Así, ella nunca ha utilizado, al menos en mi presencia, esa mefistofélica palabra. Alguna vez hemos hablado de “cuando me operaron”, de “mi cicatriz”, de “lo mío”. Pero nunca de cáncer. Y no la culpo. A mí aún se me retuerce el corazón cada vez que la pronuncio.

También recuerdo la peluca que comenzó a usar y lo horrible que ésta me fue resultando a medida que pasaba el tiempo. No sabría concretar por qué decidió usarla. En parte, supongo, por evitar el morbo y la curiosidad disfrazados de preocupación; nunca le ha gustado dar explicaciones de lo que pasa de puertas hacia dentro de su casa. Pero también, en parte, para proteger a quienes más la quieren; creo que mi abuela -su madre- aún no sabe nada de aquello.

Usar aquella peluca -supongo que como todas las pelucas- debió de ser un martirio. A los ojos de un niño tan solo representaba un cambio de look drástico, y no creo que mucha gente se diera cuenta de que esa mata de pelo no nacía de la cabeza de mi madre. No se trata de poner en duda la calidad de estos objetos, y mucho menos aún de juzgar la voluntad de quien decide usarlos, pero estoy seguro de que aquello no consiguió sino acentuar la desdicha. Echando la vista atrás recuerdo aquella peluca como un objeto repulsivo. Una especie de cadena que ataba a mi madre al convencionalismo gregario de “aquí no pasa nada, aquí todo está bien”. Era áspera al tacto, de un color castaño sin vida, y se adhería a su cuero cabelludo a través de unas cintas adhesivas colocadas en el interior. Recuerdo cómo le resbalaba por el cuello el sudor de llevar aquella cosa en la cabeza, con los 40 grados centígrados que en verano se suelen alcanzar en mi ciudad.

El último cambio que advertí en ella fue su pecho izquierdo ausente, decorado por una cicatriz rugosa. Un recuerdo indeleble, una advertencia grabada en la piel para no olvidar que es la vida quien manda y que solo ella es capaz de regalar lo más hermoso y lo más terrible.

Pero sin duda, el momento más bonito de su enfermedad fue el verano en que decidió deshacerse de aquella peluca. Estábamos en la playa y allí nadie la conocía, nadie iba a preguntarle qué tal le iba, nadie iba a sentir consternación por su problema. Allí era libre. Posiblemente este sea el recuerdo más hermoso que conservaré de ella el día en que me falte: su calva y su sonrisa, junto al mar.



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