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Amores enfermizos Foto: Thinkstock

El amor puede servir de medicina para curar casi todos nuestros males, pero aplicado en altas dosis también puede convertirse en veneno. ¿Este sentimiento te lleva a la cima del mundo? Porque también corres el riesgo de parar en un hospital psiquátrico.

Alguna vez me mandaron por Internet la historia de una mujer que había conocido al hombre de su vida en el funeral de su hermano. En medio del dolor, se enamoró perdidamente de ese churro desconocido que le había brindado su más sinceras condolencias, llámenlo ‘amor a primer pésame’. No lo volvió a ver; así que para encontrarlo de nuevo, hizo lo que cualquier mujer locamente enamorada hubiera hecho… Mató a su otro hermano sólo para volver a ver al apuesto extraño y esta vez sí pedirle su teléfono.

El amor es una cosa maravillosa, pero, también puede ser tan devastador como un arma nuclear cuando cae en manos equivocadas. El amor puede sentirse muy orgulloso al mostrar su curriculum vitae de logros, con bellas canciones, poemas, óperas, que demuestran su gran fuerza creadora, pero más abajo podemos encontrar que también ha sido responsable de muchos crímenes pasionales y órdenes de restricción que demuestran su antagónica fuerza destructora.

Todo en exceso es malo. Cuando se ama tanto, tanto, la pasión se convierte en una obsesión, los márgenes de la cordura se borran y es ahí cuando uno entra a competir por el World Guiness Record del mejor acosador con la sicótica que interpretó Glenn Close en Atracción fatal. El amor lo puede llevar a uno a la mismísima cima del mundo, pero también a un hospital siquiátrico o hasta a la cárcel.
Estoy segura de que en esta vida todos hemos actuado tanto el rol de acosador como de acosado.

Cuando uno es acosado, al principio es hasta halagador, porque de cierta forma se convierte uno en el dios y centro del universo para esa persona. Además, que chic decir que “tenemos un acosador”, porque eso nos pone casi que en el mismo nivel de Madonna; sin embargo, pasado un tiempo el halago pierde su brillo y se convierte en una molestia crónica. Los acosadores confunden amabilidad con amor, y ven las cosas de una forma distorsionada, piensan que si uno les dice “que bonitos pantalones”, significa que, en realidad, se los queremos arrancar y tirar con ellos.

Hay que reconocer que somos un poco hipócritas con este tema del acoso, cuando uno es el acosado lo ve como un abuso, pero cuando uno es el acosador no le ve nada de malo como, por ejemplo, autoinvitarse a reuniones para encontrarse con la víctima, intoxicar a punta de martinis a personas sólo para sacarles información de la persona en cuestión o tener un plan de celular especial para acosadores con 1.500 minutos al mes sólo para llamar a esa persona.

Hay los acosadores activos, aquellos que husmean la basura de sus deidades para conocer sus gustos, recolectan sus cabellos para armar muñecos de vudú y tienen una colección de telescopios, no para ver las constelaciones, sino para espiar a su estrella número uno. Luego estamos los del parche de acosadores pasivos, del cual yo soy miembro honoraria, somos aquellos que pensamos en hacernos pasar por reparadores de cable sólo para inspeccionar la casa de nuestros amados, pero en realidad no ejecutamos el plan porque no tenemos el tiempo suficiente ni las tuercas tan zafadas aún. Debo agradecer que tengo un trabajo superabsorbente y agotador, de lo contrario tendría más de una caución.

En la guerra y en el amor todo se vale, y más aun si la guerra es versus el amor de un acosador. La experiencia me ha ayudado a desarrollar una estrategia de defensa personal contra estos ‘fenómenos’. Cuando percibo esa ansiedad, celos enfermizos o excitación morbosa por saber todo, todito, todo de mí, trato de matarles las ganas en el acto siendo la más antisexy para ahuyentarlos inventando que tengo un novio guerrillero celoso, me empiezo a rascar diciendo que es una consecuencia de mi herpes o declaro que no necesito novio porque mi perro suple todas mis necesidades; cualquier cosa con tal de asustarlos.

Hoy en día, ya hay herramientas que protegen a los acosados de sus acosadores, desde las órdenes de restricción hasta los identificadores de llamadas. Me pregunto si el inventor de este aparato será algún padre preocupado que necesitaba saber quién era el ‘huevón’ que llamaba tanto a su hija todas las noches y le colgaba el teléfono. Como dicen por ahí, de poetas y locos todos tenemos un poco, pero lo cierto es que para el amor nos conviene más ser poetas que locos.

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