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El rol de los placeres en la vida

El rol de los placeres en la vida Foto: Thinkstock

Todos tenemos un placer secreto, aquellas pequeñas recompensas que nos damos después de tener una semana dura. Al parecer estos placeres tienen una función que va más allá de la simple recompensa.

Comer un helado, ver programas malos en televisión ir a jugar ping-pong, elaborar manualidades, cambiar los muebles de lugar, ir de compras o simplemente medirse todo lo que hay en el almacén. Todos tenemos algún gusto que nos genera cierta indulgencia y placer.

De acuerdo con David Linden, profesor de neurociencia en la Escuela de Medicina Johns Hopkins y autor del libro Pleasure: How our brains make junk food, excercise, marijuana and gambling feel so good, hay una razón por la cual nuestra idea de placer a menudo está relacionado con sexo, comida o bebida “hay un circuito de placer en el cerebro que nos envía una conmoción emocional cuando es estimulado por cosas que son esenciales para nuestra supervivencia”, afirmó Linden para la revista Phychologies.

Esta hipótesis tiene mucho sentido cuando se trata de placeres que de cierta manera están relacionados con la supervivencia de la humanidad, pero hacer arreglos florales, leer revistas de farándula o apostar dinero son actividades placenteras que no corresponden exactamente con ese propósito. ¿Cómo es posible que hallemos placer en cosas que están fuera de lo instintivo?

Del placer-instinto al placer-personalizado
La teoría de Linden dice que el cerebro humano ha evolucionado de tal manera que la parte que maneja los instintos primitivos, como el sexo y la comida, está conectada con el área de la motivación y la emoción. Siendo esto así, el epicentro del placer se ha adaptado gradualmente a las circunstancias, de tal manera que el placer se relaciona con cosas que no son relevantes en términos de supervivencia.

La importancia de este tipo de placeres radica en que son una distracción de los placeres primarios, aquellos que responden al instinto y que son cruciales en la vida de cualquier ser humano. Los placeres personalizados son un mecanismo para asegurar que no gastemos toda la vida sólo comiendo, tomando y fornicando.

Resulta curioso que este tipo de placeres cumplan la misma función en todas las personas y aún así no compartamos los mismos gustos; esto se debe, dice Linden, “lo que conduce nuestra experiencia de placer puede estar determinado por tus experiencias tempranas, tus contemporáneos, incluso tus creencias religiosas. Cambia de persona a persona porque, tal como otra clase de aprendizaje, cada quien desarrolla sus propias asociaciones individuales con particulares estímulos placenteros, y aprendemos a buscarlos”, afirmó el experto.

¿Podemos controlarlo?
Una parte fundamental de la vida adulta consiste en tener responsabilidades, hacerse cargo de uno mismo y asumir las consecuencias de los actos. Nos gusta tener esa sensación de control sobre lo propio y sobre lo que nos rodea, por eso cuando tenemos un cierto antojo o nos disponemos a satisfacer ese deseo por nuestro ‘placer secreto’ puede surgir la sensación de ausencia de autocontrol en la vida propia y generar culpa.

La imperante necesidad de realizar aquella acción que nos genera placer también puede dar la sensación de ser adicto al chocolate o a las manualidades, según sea el caso. Pero es importante distinguir claramente la diferencia entre un placer personal y una adicción, siendo esta última una enfermedad física y psicoemocional que consiste en la dependencia hacia una sustancia, actividad o relación; la mayoría de los pensamientos del individuo están relacionados con la fuente de la adicción y por tanto todas sus acciones están dirigidas a conseguir la sensación o efecto deseado.

Un placer personal es una actividad que se realiza con menos regularidad y funciona a manera de estímulo o recompensa; aunque no es del todo recomendable negarse la oportunidad de realizar la actividad placentera, existe la posibilidad de cambiar, no el deseo, sino el espacio y el tiempo en el que se realizaría la acción, sin generar mayor indisposición.

Igual que con las adicciones, existen personas más propensas que otras a gastar más tiempo de su vida en una actividad placentera. Aún está en discusión si se trata de un rasgo genético o de aspectos psicológicos relacionados con la infancia; lo cierto es que todos presentamos este tipo de comportamiento, dándonos gusto con actividades personalizadas de vez en cuando y ello, contrario a ser una falta de autocontrol, es un mecanismo natural para tener una vida más tranquila.



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