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Estragos en las rocas

Odette Chahin

Estragos en las rocas Iñustración: Ivette Salom

Mezclar guaro y whisky la misma noche es mala idea, pero mezclar el aburrimiento con el deseo y unas copas, puede resultar en un coctel para el desastre.

Si la vida de una amiga mía fuera un comercial de tarjeta de crédito, sonaría algo así: 6 shots de tequila: $80.000; una noche de motel: $100.000; un herpes de por vida, no tiene precio. Paratodo lo demás… (Vaya consuelo).

En la vida hay personas que, cuando toman, el único souvenir que les queda de la noches anteriores un guayabo físico y moral; lo primero se soluciona con unos Alka–Seltzers, pero para lo segundo, aún no se ha encontrado una cura disponible en droguerías, para infortunio de muchos.

Estoy por creer que debajo de las advertencias legales que anuncian: “El alcohol es perjudicial parala salud”, debe haber otra advertencia en una letra aun más pigmea que diga: “El alcohol es altamente perjudicial para el amor y todo lo que se le parezca”. Y es que cuando uno está tomando, al primer trago uno pierde el estrés, al segundo se pierde la vergüenza, y ya al cuarto, se pierde la cartera, el celular, la voluntad y hasta la memoria…

El alcohol lo logra todo para bien o para mal: logra que uno abrace a su archienemigo, que hable un mudo y que el inválido baile, que al casado se le olvide la esposa, que el vegetariano desee la carne y que la lamida cariñosa de su perro le sepa a beso pasional de Brad Pitt.

Tres tragos logran lo que hace un retoque de Photoshop de tres horas: se borran las arrugas, las canas, los gordos; todo es lindo para los ojos del borracho. El alcohol logra en poco tiempo lo que un sicólogo logra en meses; remienda amistades, incrementa la autoconfianza y aplaca las inseguridades.

Siempre escuchamos que no se debe tomar y manejar. Pero, ¿por qué no nos advierten de los peligros en los que uno puede caer si toma y coquetea al mismo tiempo? Creo que debe haber más estrelladas contra la realidad que contra los postes y andenes. Y es que conforme pasa la noche en los bares, suben los niveles de alcohol y bajan los estándares de calidad.

El chico que parecía un Prince ochentero al primer trago, al quinto se convierte en un Prince charming, hasta que el hechizo se rompe a la mañana siguiente cuando uno recupera el juicio y ve las cosas como son: horribles.

Nada mejor para quitarle a uno el guayabo que un idiota con aliento a tufo diciéndole: “Buenos  días, Mónica”, aunque uno se llame Andrea. Al principio, cuando una de mis amigas me contó que su primera borrachera se la había pegado con sus papás, me pareció bastante hippie la idea, porque los míos lo más cercano que han llegado a ofrecerme ha sido chocolates rellenos debrandy. 

Pero luego comprendí que no era algo tan descabellado y que lo deberían institucionalizar hasta en los colegios, para que así la gente aprenda hasta qué punto tomar sin hacerse daño a ellos mismos y a los demás, y tal vez así nos ahorraríamos bastantes vergüenzas públicas, accidentes, embarazos, enfermedades y hasta resacas a la lata.

Últimamente he escuchado muchas historias de horror que empiezan con un trago inocente; chicas que salen a tomar y divertirse y terminan en la tina de un hotel sin riñones porque su date los vendió al mercado negro por US$10.000; o las que les aceptan tragos a extraños sexys y terminan bajo los efectos de la burundanga atracadas y, enel peor de los casos, violadas.

Por eso, es importante saber dónde tomar y con quién tomar, y tratar de salir siempre con amigos confiables que no sólo le agarren a uno el pelo en el inodoro cuando estés regurgitando, sino que le ayuden a uno a conservar no sólo sus riñones e hígado, sino también la integridad.

El alcohol tiene el don de acentuar ciertas características en la personalidad de los que toman, unos se vuelven más cariñosos, otros manos largas, otros violentos, otros rematan en la idiotez y otros se vuelven filosóficos hasta el cansancio; lo importante es no perder el norte en el fondo blanco. Por eso, brindo por todos aquellos que saben tomar sin darse en la jeta. ¡Salud a esos pocos!

 

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