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La empeliculada El deporte más practicado en el mundo es la especulación, todos la ejercemos diariamente, en gran parte porque nuestra sociedad vive hambrienta de explicaciones, incluso a veces tratando de explicar cosas que no las tienen (Foto: Thinkstock)

Armarte ‘películas’ en tu cabeza es bueno solo si en vez de aspiraciones sentimentales tienes pretensiones literarias o de productora de los otros videos. Luces, cámara, paranoia.

Cuando la cabeza humana no logra encontrarle una explicación a algo, se activa el chip ‘peliculero’ que todos llevamos dentro. Armarse una película es un reflejo humano casi tan involuntario como rascarse. Y es que desde el colegio nos enseñan a completar frases, a resolver incógnitas y hasta a ejercer ese músculo adivinatorio cuando no nos sabemos las respuestas. El deporte más practicado en el mundo es la especulación, todos la ejercemos diariamente, en gran parte porque nuestra sociedad vive hambrienta de explicaciones, incluso a veces tratando de explicar cosas que no las tienen.

Los géneros de las ‘empeliculadas’ que nos armamos son más amplios que las categorías que tienen en una videotienda,  están las ‘empeliculadas’ románticas, que se disparan cuando la persona en cuestión está demasiado sugestionada. “¡Ah!, tan divino, él me tocó, eso significa que me desea”, y la despistada no cae en la cuenta de que ese roce fue sólo un accidente porque no había suficiente espacio para caminar libremente. También están las ‘empeliculadas’ de ciencia ficción, éstas suelen ocurrir cuando uno está sólo en la casa y siente ruidos del más allá (que suelen ser los vecinos del más acá), y cuando la puerta se cierra misteriosamente sospechan que fue una fuerza sobrenatural y no la brisa pasajera.

Muchas mujeres sufren ‘empeliculadas’ de suspenso cuando no les llega su visita mensual a tiempo. “¿Estaré embarazada? ¿Quién será el padre?” Y nunca faltan las ‘empeliculadas’ de terror, cuando alguien lo llama a uno diciéndole que ya va para allá, y éste nunca aparece; uno se angustia pensando que fue porque lo secuestraron, lo atracaron o lo descuartizaron en el camino.

Lo cierto es que la paranoia, la incertidumbre y la inseguridad sirven de tinta para escribir muchas historias de lo que nunca sucedió.
Cuando uno no sabe algo siempre saca una explicación por default, es un mecanismo de defensa; lo curioso es que la mayoría de películas que uno se arma son malas, porque uno siempre piensa lo peor. Cuando suena el teléfono a la medianoche, uno contesta casi siempre con taquicardia: ¿quién se murió? Uno nunca piensa que esa llamada puede ser de alguna amiga emocionada a la que le acaban de proponer matrimonio o que es alguien que se ganó la lotería y se equivocó de teléfono, no, uno siempre piensa historias de horror y terror que palidecerían junto a las de Hitchcock.

Gracias a Dios, Alá, Buda (o inserte el dios de su preferencia) nuestras cabezas no tienen micrófonos altoparlantes porque quedaríamos como unos idiotas con tanta estupidez que pensamos.

La pregunta necesaria es de dónde heredamos esta capacidad tan ridículamente innecesaria para llenar con baba todos los vacíos, silencios y ausencias. Al parecer nuestros cuerpos están conformados de 70 por ciento de agua y 30 por ciento de inseguridades, las cuales ponen a producir comunicados de prensa internos que en lugar de calmarnos nos encrispan los pelos. Pero creo que el grado de ‘peliculería’ de cada persona es directamente proporcional a la cantidad de cuentos de hadas que le hayan leído sus mamás y a las horas de televisión que vean.

Hay que aprender que no todo tiene una explicación y que no hay que encontrar muertos donde no los hay, pero dígale eso a los de C.S.I.

En mi opinión, aquí hay mucho talento desperdiciado, la próxima vez que este ‘empeliculándose’, perdiendo el tiempo desarrollando teorías de conspiración contra su novio, su jefe o amiga, póngase a escribirlas, quién quita y usted sea la próxima Corín Tellado o Stephen King. Y si se queda sin novio, por lo menos le queda la fama y la gloria para conseguirse otro.

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