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Para empezar consíguete un marido gay

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Para empezar consíguete un marido gay Thinkstock.

'Toda mujer debe tener un marido gay...’ es lo que afirma Susana Moscatel en su libro con el mismo nombre. Afirma esto y otras cosas que nunca te han querido contar. Entérate aquí.

Este es un mensaje de agradecimiento para esas gloriosas feministas que abrieron las brechas y lucharon por nuestros derechos: Gracias, gracias, gracias. Ustedes se enfrentaron a un sistema que nos hacía creer que no podíamos tener todo y nos dejaron una gran herencia. En estos días ya sabemos que sí podemos... ¿Pero ahora serían tan amables de decirnos cómo demonios le hacemos?

Y es que las cosas están así: vivimos en un país donde todavía se espera que seamos santas, vírgenes y puras, pero a la vez capaces, aptas e inteligentes. Tenemos que triunfar en lo laboral, conocer el mundo y dominar la tecnología, pero nunca hacer que nuestros hombres se sientan menos viriles ni poderosos. Gracias al Internet tenemos acceso a las mismas oportunidades eróticas y pornográficas que ellos, pero debemos fingir que no nos interesa.

En el trabajo nos damos cuenta de que los acuerdos y avances exitosos se logran en esas comidas donde hay mucho trago de por medio, por una mujer tomada nunca será tomada en serio, y es para muchos cancha reglamentaria para otras cosas.

En fin. Vivimos en ambos mundos al mismo tiempo y tenemos que sabernos las reglas para los dos juegos. No es fácil ser una mujer global en un mundo donde los señores solo nos ven de dos formas, como: ‘madres de sus hijos’ o ‘acostones potenciales’, cualquier otra cosa los confunde horriblemente y sus cerebros reaccionan como televisor que no alcanza a recibir señal. ¿Qué tal si queremos ser las dos cosas? ¿Qué tal si queremos ser mucho más que eso?

Y esto no se simplifica si aceptamos algo que a algunas feministas les choca admitir. Ante todo, por más fregonas que seamos, las mujeres somos animales emocionales. Así que me puse a pensar, ¿qué es lo que tenemos que saber y tener para ser felices en este mundo donde nos tocó vivir?

Lo primero que necesitamos conseguir es un buen marido gay. ¿Que qué es eso? Comencemos con un ejemplo de lo que no queremos...

Marido gay malo
Un día, Diana llegó a su casa temprano, completamente exhausta y en busca de amor. Hace mucho que Danny no la abrazaba, ni la tocaba, pero estaba segura de que todo era culpa de ella, entre las horas que tenía que pasar estudiando para la maestría en literatura (‘¿Y con eso piensas aportar algo al presupuesto familiar?’, le decía él), las clases de yoga y los intentos por mantener la casa perfecta, simplemente nunca se daba la situación que pudiera llevarla a esos momentos de intimidad que ya ni recordaba, pero que sin duda alguna extrañaba.

De pronto Diana se acordó que unos meses atrás, en un centro comercial, había tenido un extraño impulso que podía identificar, por reminiscencias y ecos de la prehistoria, como algo vagamente sexual.

 De repente se descubrió casi corriendo a la tienda de ropa interior para comprarse un brassiére rosa hecho con una especie de encaje transparente. Este venía con una suave tanga que, por algún motivo, hacía que su cuerpo se viera más delicado y sexy que nunca. Emocionada, recordó que había corrido a la librería para buscar, un poco apenada, algún buen consejero literario que le ayudara a reclamar de nuevo ese deseo.

Después de descartar título tras título de literatura erótica decidió comprar un clásico que alguna vez vio a su mamá esconder en la parte trasera del librero. El jardín secreto, de Nancy Friday, sobre las fantasías sexuales de mujeres como ella. Incluso tocar el libro hacía sentir algo erótico, y le permitía revivir el placer de lo prohibido, de la cosa mala que había olvidado. Sintió un escalofrío de anticipación. Todo iba a estar bien.

Junto con su perfume especial que compró casi de salida, Diana llegó a su casa lista para todo. Pero entonces escuchó a Danny entrar con sus amigos, Rubén y Sergio, y se dio cuenta de que ésa no iba a ser su noche. Realmente enojada con ella misma, con rapidez guardó el paquete en un cajón (ahí donde tenía dos o tres juguetes que también estaban casi abandonados) y corrió a atender a los señores que ya comenzaban el juego de póker semanal. Claro, como todos los jueves. ¿En qué estaba pensando?

Aunque esta vez era martes y bastante temprano. Tenía tiempo para revisar ese cajón prohibido, jugar un rato y estar lista para darle a Danny la sorpresa de la vida. Preparó la tina con perfume y burbujas de jabón, se metió en ella, fue enjabonándose poco a poco y sintiéndose cada vez más emocionada por lo que pronto iba a suceder con su marido.

Justo cuando estaba poniéndose la bata de franela para tapar la ropa interior (la vieja y arrugada prenda tenía que caer al suelo de sorpresa), escuchó cómo se abría la puerta de la casa. Qué raro, pensó. Apenas son las siete, Danny nunca llega antes de las ocho y media. Aún más emocionada por el cambio de rutina, Diana cerró la bata y bajó las escaleras, ligera pero rápidamente, hasta la sala donde la televisión ya estaba prendida a todo lo que daba.

Todo va a estar bien –se decía-, cuando Danny me vea así se va a acordar por qué se casó conmigo. Va a recordar esos días en que me hizo el amor por primera vez... va a...
-¡Diana Leticia! ¿Qué carazos haces aquí tan temprano?- gritó muy asustado Danny mientras se desenredaba de Sergio, su compadre, quien azotó contra la mesita de la sala al tropezar con sus pantalones que tenía alrededor de los tobillos.

Diana que ya se había arrancado la mentada bata en la anticipación, también se encontró enfrascada en un batalla por encontrar los hoyos de las mangas que aparentemente habían desaparecido en ese mismo instante. Como su matrimonio. Como su vida entera.

Meses después Diana se volvió a recriminar: ¿En serio no lo veías venir? Suspiró. Si seguía así, nunca iba a acabar de prepararle la cena a Danny. Si, a Danny. No está tan fácil encontrar un buen hombre en estos días, volvió decirse a sí misma, mientras sacudía la cabeza y recordaba con nostalgia los artefactos que aún habitaban en ese cajón. Tal vez algún día los pueda volver a usar. Tal vez...

Marido gay bueno
Ok. Con con la historia de Diana queda muy claro a qué tipo de marido gay no me refiero, ¿verdad? Bastante complicada es la vida como para tener que competir sexualmente con otros hombres por el tuyo. Ese tipo de maridos gay abundan, pero no son recomendables en absoluto.

-¿Entonces qué?- le pregunté a mi marido gay- ¿De verdad está mal que le mande un mensajito más? Rocío, la Iguana y Perla me dijeron que no pasa nada. Ándale... –proseguí con ojitos de vaquita enferma mientras él solo me veía con una especie de desesperación y ternura.

-Está bien. Escríbele... –me autorizó, pero antes de que yo pudiera terminar de celebrar con un monosilábico ¡yeeei!, él continuó- ...si lo que quieres es que no te vuelva a hablar en la vida...

¡Auggh, maldita sea! Siempre tiene razón. ¿Cómo demonios puedo discutir con alguien que piensa como hombre pero llora conmigo en las películas románticas? Mi maridfo gay me ama sobre todas las cosas, y yo a él. Llevamos más de 15 años juntos y créanme, hemos pasado por todas (más bien por todos). Menos por una, claro. Nunca hemos tenido ni tendremos sexo. ¿Se dan cuenta lo sana y pura que puede ser una relación así? Me queda claro que está conmigo porque ahí está, no porque le interese mi trasero, sino porque le importo yo. Aunque de hecho, en ocasiones como esta, quisiera que se fijara un poco más en mi trasero.

-¿Se me ve bien este pantalón por detrás? –le pregunto mientras me contorsiono en el triple espejo de una tienda. –Lo siento –contesta con un toque de desdén-, me distrajo el salop que va pasando allá.

Volteo y veo al hombre más extraordinariamente bello que me ha tocado contemplar en la última década, los dos concentramos la mirada en él. -¡Voy shot! –gritamos al mismo tiempo.

Si, bien madurotes ambos, pero logramos capturar su atención. Al voltear a vernos, yo tan sólo pude desear que mis nalgas se vieran gloriosas con ese pantalón. El tiempo se congela mientras nos observa. Me sonríe a mí.

-¡Ja, perra del mal! ¡Gané, gané! –grité triunfante logrando dos cosas en el proceso. Una, que mi marido gay me vea con ojos de cuchillo, y la otra, que el hombre más bello de la década salga por patas de la tienda-. ¡Te felicito, güey! ¿Ya viste lo que lograste? –le digo regresando mi atención al espejo y a mis nalgas-. Naaaah, si se vieran increíbles, el idiota ése se hubiera quedado –reconsidero mientras me quito el pantalón. Amo a mi marido gay.

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