COMENTARIOS

Pero, ¿es cierto que todos buscamos la felicidad?

Carmen Posadas

Pero, ¿es cierto que todos buscamos la felicidad? Ilustración: Ivette Salom

Las mujeres tenemos una vena redentora que se siente atraída por los hombres que parecen necesitar que les arreglemos la vida. Y cuando se las arreglan solos, no creemos que eso sea felicidad.

Tenía en aquel entonces 40 años recién cumplidos, era guapo, con apellido sonoro, pongamos que se llamaba Javier G., acaba de divorciarse, y yo, que lo conocía sólo socialmente, siempre procuraba que me sentaran junto a él en las cenas, pues era inteligente, sensible y además... terriblemente desgraciado. 

Es bien sabida la fascinación que ejercen sobre las mujeres los tipos carabelas, también los inmaduros y muy especialmente los infelices, pues todas tenemos una vena redentora que se siente atraída por los hombres que parecen necesitar que les arreglemos la vida. Grave error intentarlo. Catástrofe asegurada. Pero esa es otra historia, mi atracción por Javier G. era puramente antropológica, se los aseguro, parte de mi vicio de observar seres humanos.

Me encantaba, como digo, sentarme a su lado y oírle hablar, pues era muy lúcido y sensible. Además tenía dinero suficiente como para dedicar su tiempo a esa actividad a la que, según decimos, todos nos entregaríamos a poco que pudiéramos permitírnoslo: la búsqueda de la felicidad. En aquella época Javier G. se quejaba de lo que la vida le había negado (¡a él que lo tenía todo!) sufría por esto, se lamentaba de aquello, hacia largas e inteligentes disquisiciones sobre la futilidad de las cosas: era, simplemente fascinante, como un Lord Byron decadente.

Y pasaron los meses, un día coincidimos en un aeropuerto y me contó que tenía un plan infalible para encontrar la felicidad que tan esquiva le había sido: pensaba dejarlo todo para dar la vuelta al mundo. Había decidido que el contacto con la naturaleza, la falta de ataduras y elir “donde el viento me lleve”, debía de ser la receta perfecta para alcanzar la ansiada felicidad. 

Y así lo hizo. Compró un pequeño velero, dio la vuelta al mundo, fue adonde quiso llevarlo, y pasaron cinco años. Hace poco volvía verlo, apenas había envejecido. Además ahora tenía un cuerpazo a lo capitán Blood que daba gusto, y me invitó a tomar un café en una de esas cafeterías llenas de alevines de triunfadores que usan corbatas rosas y parecen haber desarrollado —en una mutación genética— un nuevo apéndice en el lado izquierdo del cráneo llamado celular. 

Me encantó verlo tan bien, tan distinto a nosotros los estresados hijos del siglo XXI, e intenté recuperar el mismo tono de confidencialidad que habíamos compartido otras veces: las conversaciones apasionantes, sus lúcidas observaciones sobre los seres humanos, en otras palabras: el reencontrar al ser fascinante que conocí cuando él era un alma atormentada en busca de la felicidad.

Lo malo del asunto es que la había encontrado. La felicidad, me refiero, había hallado la paz, el sosiego, la tranquilidad de espíritu. Ahora hablaba de unas cosas sumamente apacibles como de ‘Bud’ un canario flauta que lo acompañaba en sus travesías oceánicas.También mencionó su comunión con otros nómadas como él cuya única preocupación era si mañana soplaría viento de levante o deponiente. Habló de pequeñas cosas, del placer de mirar a las gaviotas. 

O de la felicidad de tener un sombrero de paja. De tomar el sol. De beber una cerveza. De reír… La verdad es que me aburrió mucho su conversación y la nuestra fue una despedida triste. Creo que no volveremos a vernos. Él estaba deseando embarcar de nuevo “para perder de vista a este estúpido bochinche en el que vivís, estáis todos locos”, y yo, a pesar de todas mis fantasías, desde ese día y gracias a Javier G., me he dado cuenta de algo muy alarmante: es mentira que busquemos la felicidad (al menos yo). Porque la Felicidad con mayúscula, no está en las grandes cosas sino en los pequeños placeres que son muy fáciles y baratos de conseguir…, pero sumamente aburridos como concepto. Todos lo sabemos en realidad y por eso nos pasamos la vida engañándonos. ¿Es cierto, o no?

 

También le puede interesar

COMENTARIOS

Este es un espacio de participación de los usuarios. Las opiniones aquí registradas pertenecen a los internautas y no reflejan la opinión de Publicaciones Semana. Nos reservamos el derecho de eliminar discrecionalmente aquellos que se consideren no pertinentes.
Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.