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¿Qué hay de malo en ser tú quien lo busque a él?

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¿Qué hay de malo en ser tú quien lo busque a él? Thinkstockq

Antes era un estigma ser soltera y ahora te miran con malos ojos si intentas buscar pareja... pero, ¿por qué dejar escapar a un adorable adonis para complacer a los demás?

Si hay algo bueno que decir de ser soltera, es que los niveles de energía se disparan. Mientras que antes lo único que ansiabas era un ponche caliente y una buena serie de televisión, ahora eres la última en irse de una fiesta y conocer por su nombre de pila a los empleados de todos los bares.  Ese modo de vida te surte de anécdotas , de una apariencia glamorosa y de algunas resacas de campeonato, pero la diversión tiene un propósito. Como cualquiera con dos dedos de frente admitiría, la razón de que no quieras regresar a tu casa en seguida, es que el hombre que estás buscando pudiera entrar por la puerta en cualquier momento; lo que conlleva una deliciosa paradoja: lo mejor de ser soltera es tratar de dejar de serlo.

La búsqueda del ejemplar perfecto no tiene que ver con la monotonía de quedarse en la casa sola. En realidad, es el mejor tónico social disponible (descontando los ilegales). Entonces, ¿por qué te da vergüenza admitir que estás en plena faena?... Quizás uno de los problemas sea que en cualquier grupo de solteras, siempre hay alguna que le da mala fama a la cacería. Una vez tuve una amiga que podía enamorarse a una distancia de 50 pasos, y se pasaba las horas muertas acechando sus recién descubierta presa.

Esta amiga mía se consideraba rechazada si el hombre –con quien se había tropezado casualmente cruzando la calle- no le pedía su número de teléfono instantáneamente, y lloraba a mares si una de esas aves de paso no le proponía matrimonio al día siguiente. Esta actitud de ‘cualquier cosa es buena’ me producía escalofríos en la espina dorsal, no podía explicármela, porque aunque, para mí, los hombres son imprescindibles, no sé si podría vivir con uno de ellos.

Estados de independencia

En realidad, las dos estábamos equivocadas. Aunque muchos hombres distan de ser perfectos, hay otros, muchos más, con los que resulta muy agradable la convivencia, y que ninguna mujer tendría intenciones de matar a tiros. Mi amiga, al menos, era honesta, aunque algo patética; yo tenía el agravante de que nadie me creía.

Y ¿por qué iban a creerme? Es risible la idea de que una conozca a un adonis sociable, atractivo, chispeante y generoso, y lo rechace en nombre de una tambaleante noción de independencia. Enriqueta, de 25 años, es implacable en este asunto. ‘Si una mujer me dice que no quiere un hombre, pienso que está resentida o margada... o que ya tiene el suyo’.

Julia, de 26 años, que ya lleva sola seis meses, dice: ‘No quiero parecer trágica, pero decir que no quieres tener un hombre es como decir que no quieres tener amigos. No puedo ni siquiera imaginarme una situación que no se haga más agradable con la compañía del hombre que tú amas’. Bueno, tal vez un par de ellas (como un  baño largo, o una comida con una buena amiga, durante la cual puedes contarle sobre el tipo de la oficina que te tiene loca), pero la idea de Julia es básicamente correcta.

Piensa en el sábado por la mañana como en un modelo de vida. Si eres soltera, no puedes quedarte en la cama hasta el mediodía, porque te preocupa que puedas desvelarte por la noche o que no estés quemando suficientes calorías; no puedes mirar una serie de televisión porque no conoces a los personajes; no puedes tomar el desayuno (ni ninguna comida) porque hay algo que huele a solterota en la vista de un tenedor y un cuchillo únicos. No te queda más remedio que salir a almorzar temprano porque como no desayunaste... Y el sábado se te hace interminable.

Escoge cualquier día, y el juego es cien veces más agradable cuando estás acompañada. Un lunes a las 4 p.m., por ejemplo, cuando te cae el síndrome de la melancolía de oficina... hasta que él te llama y te pregunta lo que quieres para la comida y te levanta el ánimo diciéndote que no estás deprimida, que lo que tienes es cansancio después de un día de trabajo. O un martes a las 7 p.m., cuando no tienes que prepararte para una cena bailable, pálida de miedo pensando qué tipejo será el que tu anfitriona te tiene destinado. O a las 2 a.m., en una discoteca, cuando ya está a punto de cerrar y no hay nadie interesante, como era de suponer, pero tú no tienes que preocuparte porque trajiste tu pareja. Ignorar estas ventajas obvias es tonto y absurdo. Verlas y no admitir que te gustaría disfrutarlas, es pura cobardía.

Parte del estigma de querer un hombre viene del hecho de que la gente casi se avergüenza hoy de querer hijos. No lo admites en tu trabajo, porque pueden tomarlo como una falta de ambición, y tu jefe empezaría a preocuparse por el seguro y las ausencias de maternidad. A menudo no puedes admitírselo ni a tus amigas porque te mirarían con desdén, como alguien que está a punto de abandonar la honrosa liga de las muchachas divertidas. Y no vas a admitírselo a tu familia, porque sabes que tu mamá se daría gusto demostrándote lo mala madre que serías.

Tiendes a bloquear esta preocupación buscando un perrito. Al revés que con los niños, se puede tener un perro sin la cooperación de un hombre (a no ser que detestes la idea de pasearlo o que el color de su comida enlatada te revuelva el estómago). Una vez que niegues interés en el punto vital de la relación mujer (los hijos), tu deseo de un hombre se vuelve más difícil de racionalizar. Eso no quiere decir que sólo los que quieren hijos tienen justificación para querer pareja; aunque estés a años luz de la edad crítica, recordar frases claves como ‘el imperativo biológico’, te ayuda a quitarte la pena cuando andes a la caza de un hombre.

La sensación final de vergüenza viene de la forma en que los hombres mismos reaccionan cuando tú admites que quisieras tener uno de ellos... o más bien, de la forma en que las mujeres piensan que ellos van a reaccionar.

Gracias a un mito (seguramente echado a rodar por algún bribón en la Edad Media), las mujeres creen que los hombres se asustan cuando notan que ellas los quieren, y se dan a la fuga como si el mismo demonio los estuviera persiguiendo. Pero la realidad es que después de dos años de un empleo de tiempo completo, hasta el hombre más apuesto, triunfador y aparentemente inalcanzable, le da la bienvenida a la idea de una pareja.

Si quieres un hombre, sal a buscarlo

‘Cuando yo era estudiante, los chicos solíamos huir de las mujeres que buscaban compromiso serio’, dice Nicolás, de 28 años. ‘Compromiso era la palabra impronunciable, pero poco a poco, todos fuimos cayendo. Ahora los hombres solteros son los que se sienten mal. ¿Cuánto (aparte de lo obvio) puedes divertirte en una aventura de una noche?’ Casi todos los hombres, cuando llegan a la edad en que escogen su corte de pelo y no consideran las maquinitas de juego como el mejor entretenimiento del mundo, quieren encontrar pareja en la misma medida que las mujeres y, a decir verdad, les resulta más fácil admitirlo.

Así que olvídate del hecho de que, después de haber atrapado a un hombre impúdicamente, exista un 50% de posibilidades de que aquí a cinco años estés loca por librarte de él; y olvídate también de que una relación como las que solemos ver en la televisión, siempre te hace aumentar unos kilos, la mayoría de ellos, en la papada... Olvídate de todo, y si de veras quieres un hombre en este momento, no te cohíbas de salir en su persecución.
                                                      

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