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Señales de humo "Y así como hay personas que se hacen pasar por gringos, aristócratas y Mesías modernos, también las hay que se hacen pasar por fumadores, sólo para hacer parte de aquel círculo vicioso, ellos prefieren morir de cáncer que morir sin amor ni amigos". (Foto: Thinkstock)

Existen muchas historias de amor que empezaron con un cigarrillo, y este puede conseguir un amor espontáneo… o más colillas para su cenicero.

Después de hacer el amor es usted de los que: a) abraza a su pareja hasta que se le anestesia el brazo; b) se baña antes de regresar con su sucursal principal; o, c) contempla las cenizas (o polvo) mientras se fuma un cigarrillo. Si contestó c), es usted parte del cliché poscoito más filmado en el cine, aquel en el que los amantes se fuman sus preocupaciones, repercusiones y posibles acusaciones de terceras personas no enteradas o no invitadas al acto.

El sexo huele a cigarrillo y el cigarrillo se parece al sexo por su forma fálica; estos dos son parientes de la misma familia de dependencias que generan adicciones, ambas son tan inseparables como la sal y la pimienta,
Will & Grace, Dolce & Gabbana; y algunos no pueden concebir tener sexo sin los taquitos de humo, como si fueran tan necesarios como un condón.

Existen muchas historias de amor que empezaron con un cigarrillo. Primer acto: un fumador rastrea el humo de una fumadora, le pregunta si tiene fuego, luego le pregunta si tiene novio; hablan del clima y de un posible clímax juntos. Segundo acto: se fuman tres o más cigarrillos y luego se esfuman entre las sábanas de algún sofá o de un motel en promoción. Tercer acto: se casan, comparten gastos y el gusto por el cigarrillo, y les enseñan a sus hijos a no fumar como ellos. Y cuando sus amigos le preguntan a la feliz pareja cómo se conocieron, ellos no disimulan diciendo que los presentó alguna prima o amigo de la oficina, sino el mismísimo Phillip Morris, que actúa de Cupido muchas veces al azar, quizá para tratar de no sentirse tan mal por matar a tanta gente en el mundo con sus bombitas de tiempo.

Quiero aclarar que esto no es propaganda para el cigarrillo; yo no fumo, aunque debo confesar que lo he intentado sin éxito. En realidad nunca le he encontrado el charm a echar humo por la boca como si uno fuera un dragón, y oler a cadáver en proceso de cremación antes de tiempo. Eso, sin mencionar todas las consecuencias fatales que fumar trae, como que sus dientes le pueden llegar a combinar perfectamente con la cartera amarilla que compró, y ni qué hablar del catálogo de cánceres que trae consigo. Sin embargo, a veces envidio a los condenados fumadores, porque el cigarrillo les sirve de vapor social a todos los tímidos para conocer a potenciales nuevos amigos y amantes (¿será que la gente que fuma tiene más amigos o más sexo que los sentados de la sección de no fumadores?).

Y así como hay personas que se hacen pasar por gringos, aristócratas y Mesías modernos, también las hay que se hacen pasar por fumadores, sólo para hacer parte de aquel círculo vicioso, ellos prefieren morir de cáncer que morir sin amor ni amigos, y usan el cigarrillo y sus accesorios para conseguirlo. Por ejemplo, antes de los mensajes de texto existía la cajetilla de cigarrillos donde se escribían todos los remitentes de la noche, pero con eso más de uno salía quemado.

Una amiga solía escribir mensajes subliminales y augurios en cada cigarrillo, como si fueran una galleta de la fortuna; había unos con mensajes como “hoy es tu último día en la Tierra”, “tendremos sexo y les pondremos a nuestros hijos Diestro y Siniestra”. Había personas que no alcanzaban a leer el mensaje que se estaban fumando en sus narices, pero había otras que sí se percataban; una de esas personas fue su abuela, que cuando le pidió un cigarrillo agarró uno que decía: “mi posición favorita es ‘la carretilla’. ¿Cuál es la tuya?”. La posición favorita de su abuela era estar arrodillada en misa profesando su catolicismo, apostólico y romano, razón por la cual mi amiga se ganó una homilía gratis sin tener que ir a misa, y desde entonces no tiene sexo con quien fuma.

En un mundo donde se han inventado cosas inútiles como un paraguas con bombillo y cosas bizarras como champaña sin alcohol, es increíble que no hayan inventado cigarrillos sin nicotina, aun-que en Taiwan ya se patentaron los Fake Puff Cigarettes, para los que quieren el glamour sin los efectos. Hay que reinventar el rito poscoito. Rompan con las tradiciones e inventen nuevas, si necesitan pensar, jueguen ajedrez; si necesitan relajarse, tejan una bufanda; pero si lo que buscan es castigarse, véanse un episodio de Casados con hijos, que es igual de nocivo para la salud que el cigarrillo.

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