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Una maldición conocida

Carmen Posadas

Una maldición conocida Ilustración: Ivette Salom

Las misteriosas joyas fantásticas que pueden llevar a la quiebra o acabar con la vida. Un caso inglés, entre el maleficio y la estafa. Entérate aquí.

La literatura está llena de historias de joyas malditas, también lo está la tradición popular, pero lo cierto es que uno no espera encontrarse casos así en la vida real. Y sin embargo, ocurren; aun hoy se producen misteriosos casos con joyas fantásticas y maléficas como la peripecia que, desde hace diez años, vive un matrimonio inglés de apellido Guillermand.

Resulta que afinales de los 80, la pareja Guillermand fue invitada por una vieja tía abuela de romántico pasado, a su casa en Chartres. Esta tía abuela era descendiente de rusos blancos, además de viuda de un aristócrata polaco y, de aquella entrevista, sin explicaciones ni advertencias, Frederique y Albert salieron con dos piedras de color son rosado cada una del tamaño de la uña del pulgar. 

Durante un tiempo las piedras dormirían en el joyero de la Sra. Guillermand un tranquilo sueño. La pareja entonces no tiene problemas económicos, vive en un elegante barrio de Chelsea y es, dueña de otra propiedad en el sur de Francia, una amplia casa rodeada por un parque de 30 hectáreas, la vida es grata, todo vabien. Fue dos años más tarde cuando comenzaría

la extraña peripecia, el cúmulo de complicaciones que ha de llevarnos hasta los tiempos actuales. Y la peripecia arranca del modo más prometedor y traicionero. Un día, Frederique decide tasar las viejas piedras de su pariente rusa, y se dirige para ello a un experto de la famosa compañía De Beers. El Sr. Jeremy Richdale pone cara de gran asombro al ver las joyas y desaparece unos minutos para volver con otro colega. 

Tras el examen ambos coinciden en que se trata de piedras de rarísima belleza, dos diamantes que, según latasación escrita por Richdale y a la que ahora alude el desoladomatrimonio Guillermand: “…presentan una talla muy antigua, son de color rosa intenso y pesan en conjunto 11,95 carates, precio de tasación: 5’975.000 de dólares“. De la noche a la mañana se han convertido en multimillonarios, o eso parece.

A partir de aquí comienzan las lógicas cautelas para preservar los diamantes que Frederique tan despreocupadamente había guardado en su joyero. El primer paso consiste en hacerlo seguro y, a continuación, depositarlas en un banco en espera de que vuelvan a manosde los expertos de De Beers para que éstos las envíen al Instituto Gemológico de América, donde habrá de extenderse un certificadode calidad, preludio indispensable para que las joyas alcancen el mejor precio en una subasta internacional.

Así las piedras se depositan en el banco en presencia de dos testigos, pasa el fin de semana, y luego cuatro días más y los diamantes rosas vuelven amanos del señor Richdale quien, al recibir las joyas, llama inmediatamente a los abogados de los Guillermand para —con aire profesional— darle la siguiente noticia: “Las piedras encontradas dentro del paquete del banco una vez examinadas, han resultado ser… cristal”.

Todo se vuelve, entonces, muy confuso: los abogados de la compañía De Beers escriben para explicar que el paquete había sido abierto por un tal Dr. Woods quien ha dado el veredicto de falsedad y, casi al mismo tiempo que el matrimonio Guillermand recibía la mala noticia, la compañía aseguradora misteriosamente decide cancelar su póliza. 

Además, como en las peores pesadillas, cuando reclaman de la De Beers la devolución de las joyas, el perplejo matrimonio constata que lo que reciben no son sino dos cristales suaves que, con una simple lupa, dejan ver unas burbujillas inconfundibles y baratas.

¿Qué ha pasado? El misterio continúa hasta hoy: ¿puede De Beers, la compañía más famosa del mundo haber cometido el error de tasar como buenas unas simples cuentas de colores? ¿Alguien le ha dado a los propietarios el cambiazo y, si es así, quién y dónde?¿Eran falsas desde un principio las joyas de la vieja aristócratarusa? ¿Quiénes mienten? Esto es lo que habrá de desentrañar un alto tribunal inglés, pero la maldición de las piedras rosas añade otros ingredientes terribles: desde aquel desafortunado año 1965, la peor de las suertes revolotea sobre los Guillermand.

Un revés financiero les ha obligado a vender sus dos casas, la minuta de los abogados crece y crece sin que el misterio se solucione y, para colmo, Frederique (debido al disgusto) tiene ahora que someterse a tratamiento por un incipiente problema de cáncer. ...Y mientras tanto, como en un famoso cuento de Pushkin, las cuentas de colores de la vieja tía abuela rusa que un día fueron diamantes de seis millones de dólares, duermen tranquilas en el joyero de Frederique Guillermand, riendo y guardando su secreto.

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