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“Una voz interior me ordenaba comer en exceso y vomitarlo todo”

Fucsia.co

“Una voz interior me ordenaba comer en exceso y vomitarlo todo” Foto: Ingimage

Saldo de la madrugada: ocho panes, dos brownies, cuatro helados, una arepa de queso…mucho queso…más y más chocolate; impotencia, frustración. ¿La autoestima? En el suelo. Un kilo más.

El sonido insistente de la alarma no solo anunciaba el inicio de un nuevo día para Alejandra*; también de la lucha, que seis años después, aún no termina.

-Hoy sí lo logro-, se dijo a sí misma, mientras un ardor estomacal le impedía levantarse, como si se estuviera quemando por dentro y su cuerpo se negara a ser cómplice de su autodestrucción. La desesperación e impotencia la invadían. Sentía que se había defraudado…una vez más.

Después de librar una batalla contra su evidente desgano de levantarse de la cama, decidió ponerse en pie e ir a ducharse. Se desnudó con rapidez para evitar ver su silueta en el espejo del baño, como si así lograra borrar la culpabilidad que sentía, pero el espejo fue más rápido. Su cuerpo se dibujó en aquel reflejo e, inmóvil, se estremeció ante una figura que ahora desconocía.

Mientras el agua corría por su piel, ella aún se rehusaba a tocar su cintura y observar sus piernas. No reconocía a la persona que estaba detrás de esa imagen y, peor aún, no sabía cómo recuperarla.

-¡Aleja!-, escuchó una voz que le llamaba a lo lejos. Giró su cabeza y vio a su grupo de amigos, todos sentados en las  escaleras de concreto de la calle 41 con carrera Séptima, en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, mientras esperaban la llegada del profesor que dictaría la primera clase de la mañana.

De repente, todos notaron que algo no estaba bien en Alejandra*. No era la misma de siempre. Su sonrisa se había opacado por la palidez de su rostro y observaron cómo, lentamente, sus ojos vidriosos se inundaban en llanto. Manuela*, su mejor amiga, la apartó del grupo con rapidez, la abrazó, confusa, mientras que le preguntaba por el motivo de sus lágrimas.

-¡No puedo parar, Manuela!- dijo, entre sollozos. -¡Ya no sé qué hacer!

“Soy mi peor enemiga”

-Alejandra Rodríguez, consultorio 12-, se escucha en uno de los pasillos de la Clínica Nuestra Señora de la Paz, en el occidente de Bogotá.

Paciente de 20 años de edad, de contextura mediana, 64 kilogramos de peso, estudiante universitaria, con un diagnóstico de bulimia nerviosa, según primera consulta en medicina general. Sintomatología descrita por la paciente: comer descontroladamente y en cantidades exageradas, para luego vomitar o abusar de laxantes; preocupación excesiva por el peso y la imagen corporal; cambios de humor constantes y periodos intermitentes de depresión; dolor de garganta y sensación de quemazón en el estómago; sentimiento de culpa después de los ‘atracones’ y de “estar fuera de control”.

-Alejandra, cuéntame cómo empezó todo-, dice la sicóloga, una mujer de aproximadamente 40 años de edad, de cabello corto y rostro amable, quien le pide a la joven que le diga todo, sin omitir ningún detalle.

Ella recuerda que la ansiedad por comer empezó a sus 17 años, después de la ruptura con su primera pareja sentimental, con quien duró alrededor de un año. Desde el rompimiento, Alejandra sintió un gran vacío que tenía que llenar con algo, pero la opción que eligió no fue la adecuada.

Los episodios se volvieron parte de su rutina diaria. Entre nueve y diez de la noche, cuando sus padres se iban a la cama, daba comienzo a un vicio que, en ese entonces, desconocía. Así continuó por cerca de seis meses, en los que su peso aumentaba sin que se diera cuenta.

De repente, en una cita médica de control, el médico le dijo que había subido tres kilogramos. Esas fueron las palabras que desataron el caos.

Posterior al evento, empezó a perder el interés por salir con adolescentes de su edad y asistir a fiestas. Prefería encerrarse en sí misma para evitar ser juzgada o escuchar un: “¡Cómo está de repuestica!”, por parte de alguien a quien terminaba detestando. Y peor aún, que estos gestos de burla y crítica destructiva se hicieran repetitivos. También notó que las crisis se empeoraban cuando estaba sometida a estados intensos de tristeza, soledad, rabia, confusión, y en general, negativos emocionalmente.

Dos años después de que la adicción por la comida se hizo incontrolable, pesaba 62 kilogramos y se veía “gorda y fea”, lo que la alejaba, según cuenta, de la posibilidad de sentirse aceptada socialmente.

“Tenía una amiga que todos los tipos miraban, y cuando salíamos juntas me sentía horrible; como si no mereciera que ninguno se me acercara, por el simple hecho de ser gorda”, asegura.

Una vez, Alejandra le preguntó a su par el truco para ser tan delgada. Ella le confesó que era anoréxica y que prefería no comer a ser “obesa”. Solo ingería alimentos light; desayunaba con un cereal bajo en calorías y leche descremada; almorzaba un yogurt con galletas integrales y no cenaba.

Entonces, fue esa confesión la que hizo a la mente de la joven comenzar a jugar aún más sucio. Por eso, decidió que cada vez que sobrepasara su límite de calorías diarias – de 900 a 1200- , que ella, sin ningún tipo de asesoría médica había establecido, existía una solución rápida que le contrarrestaría el sentimiento de culpa: vomitar toda la comida ingerida y así no engordar.

Era en esos momentos en los que Aleja – como le dicen quienes la conocen – sentía que no podía más, que aquella lucha interior ya era una batalla perdida y que si no buscaba ayuda pronto se hundiría sola e impotente. Instantes que recuerda con nostalgia y temor de volver a vivir, aunque ahora no se encuentra del todo bien, según confiesa.

La noche de la confesión

“Hace dos años, si mal no recuerdo, fue la peor crisis que he tenido en toda mi vida”, cuenta intentando trasladarse al comienzo de la historia.

Fue una noche en la que se sentía estresada y desesperada porque no había podido parar de comer por dos semanas y, por ende, su peso subía considerablemente; la ropa le quedaba más entallada al cuerpo; las mejillas crecían cada vez más, convirtiéndose en un par de “cachetes gigantes” que le quitaban gracia a su rostro –según cuenta- ; y su autoestima decrecía en potencia, por el hecho de haber perdido el control de lo que hacía.

El punto más alto de la autodestrucción fue en el preciso instante en el que se dejó guiar por esa voz mental –tan familiar- que le ordenó dirigirse a la cocina y comer lo que hubiese en la alacena, en la nevera…cualquier cosa, lo que fuera. Aguantó tanto que cuando se dio cuenta, estaba comiendo sin control, mientras que sus padres dormían sin sospechar nada y ella intentaba hacer el menor ruido posible para no verse en la vergüenza de explicar su desequilibrado comportamiento.

Aproximadamente dos horas transcurrieron entre cada ir y venir de su habitación a la cocina, para que aquel ritual terminara con una cita, pero esta vez, con el inodoro. Era en el baño en donde, al menos por un momento, se despojaba de la culpa y de toda la comida que segundos antes ocupaba su estómago.

Eran cerca de las 12:40 de la madrugada. Estaba destrozada mental y físicamente. Entonces, apagó el computador –en el que pasaba largas horas buscando técnicas para evitar ser descubierta por sus padres, en las páginas "pro mía" (leer: 'Los blogs Ana y Mía: la búsqueda enfermiza de la delgadez') - y las luces de su dormitorio. Se acostó en su cama y empezó a llorar en silencio, hasta que el sueño la venció.

Al otro día no se maquilló ni se arregló tan bien como usualmente lo hacía. Ese día lo vivió por obligación y, por eso, obligó a su cuerpo a funcionar; mal, pero a funcionar.

Su madre, quien tiempo atrás había notado repentinos cambios de humor en su hija, pero ante las constantes evasivas de Alejandra, había optado por desistir a interrogarla.  “Estaba muy ensimismada y cuando le pregunté  sobre cómo había estado su día solo me respondió con monosílabos. Al instante le pregunté qué sucedía y ella se derrumbó”, cuenta la madre de Alejandra.

Fue en ese punto en el que se llenó de las fuerzas -que no tenía -y le contó el problema a su mamá. La conmoción se hizo evidente cuando ambas, abrazadas, empezaron a llorar. Ahora, el gran secreto que la joven había ocultado celosamente durante más de dos años, se había revelado. Era, entonces, el tiempo de darle solución a su enfermedad, escalando a un segundo paso y buscando ayuda profesional.

Antes y ahora


Desde que Alejandra dio inicio a la terapia con siquiatría los episodios han disminuído, pero no como lo esperaba. “Al principio, quizás, por la emoción, ya no sentía tantas ganas de comer descontroladamente, pero con el paso del tiempo la situación fue cambiando”, afirma.

Ha transcurrido más de un año y la dosis de fluoxetina, un medicamento para el control de la ansiedad  que le suministran, está en su punto máximo. Lo que empezó con una píldora de 20 mg al día, ahora se convirtió en tres diarias; es decir, 60 mg, o la dosis más alta que se le puede dar a un paciente con estas características.

Debido al efecto insuficiente del medicamento, según dice,  ha decidido suspenderlo, ya que le da igual tomarlo o no. Tampoco siente muchas ganas de volver al control. No sabe qué camino tomar, pues está casi segura de que su batalla está perdida.

Sin embargo, y a pesar de no haber obtenido los resultados esperados con sus visitas a sicólogos y siquiatras, Alejandra continúa luchando. Dice que es una guerra contra sí misma, que debe librar todos los días de su vida, pues, asegura, es “su única y peor enemiga”, pero en el fondo sabe que  aun la batalla no está perdida.


¿Es posible curar completamente un trastorno alimenticio?

“La combinación de un tratamiento médico y un tratamiento psicológico posibilita una mejoría progresiva con una alta probabilidad de remisión. Sin embargo,  los reingresos y las recaídas son una constante en este tipo de trastornos alimenticios”, asegura la sicóloga Evelyn Vallejo Salcedo.

Ante esto, agrega la experta, es necesario realizar un  trabajo de reconciliación con la propia imagen corporal, ya que los trastornos alimenticios generan una evasión fóbica del cuerpo. Asimismo, el trabajo de las terapias debe ir apoyado por los padres y los pares del paciente, a quienes debe instruirse sobre las maneras de interacción y las formas más adecuadas de intervención en los momentos de crisis.



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