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El boom de la danza árabe

El boom de la danza árabe  Pantherstock.

Mucho antes de que Shakira le enseñara Beyoncé a mover las caderas, el boom de la danza árabe era una tendencia en auge. Hoy en día es un fenómeno mundial.

El 2007, el año en que Shakira y Beyoncé estrenaron el video del sencillo "Beautiful Liar", en el que hacen un duelo de baile inspirado en los movimientos de la danza árabe, fue el pico de la apoteosis de la danza árabe. Pero desde mucho antes es una tendencia que se ha mantenido, incluso en Estados Unidos, a pesar de la fobia islámica que desató el 09/11. Con Shakira y Beyoncé el auge se disparó y se convirtió en una tendencia en aumento, hoy en día existen academias en casi todas las ciudades importantes y la practican como disciplina artística o hobby desde niñas pequeñas hasta adultas mayores. 

Su acogida en parte se explica porque de todas las danzas folclóricas esta es la más sensual y femenina, no por nada la escogieron dos de las artistas más sexys del mundo. Pero también este es un ejercicio que potencia el trabajo de todo el cuerpo, que fortalece y moldea la figura sin esfuerzos radicales. 

El boom obedece además a un cambio de estética, porque hace rato pasaron de moda los cuerpos musculosos de las mujeres de los años 80 y 90, con figura fortachona trabajada en gimnasio. Mabel Boada, instructora de la academia Prem Shakti, de Bogotá, explica que se trata de una danza que cualquier persona puede realizar, sin importar la edad o las condiciones físicas, y que tampoco exige un entrenamiento previo en otras artes como el ballet. “Es un baile que tiene mucha acogida en los países latinos porque a la mujer latina tiene facilidad con la cadera pero también está la coquetería, la sensualidad, que es parte de lo que se respira acá”.

La danza árabe, que fusiona tradiciones de países del norte de África y del Medio Oriente, es considerada una de las más antiguas del mundo aunque sus orígenes son inciertos. Se dice que nació como ritual pagano de la sexualidad y la fecundidad. Las vírgenes eran iniciadas en esta práctica sagrada, que a los hombres les estaba prohibido presenciar, como preparación para la fertilidad. Y es paradójico, porque aunque en principio era vetada a los hombres, después pasó a relacionarse con entretenimiento masculino en su centro de poder: el harem. “Es bastante común que se haga una asociación entre la danza del vientre, los billetes en el escote y la cama”, dice Paula Lena, bailarina argentina que también es docente y que desaprueba  la danza del vientre que se realiza con el único fin de estimular a los hombres.

Y es que suele confundirse a las bailarinas con las odaliscas y concubinas de un harem, pero contrario a lo que se cree las odaliscas eran esclavas de muy baja categoría que servían a las mujeres del sultán. Las bailarinas, en cambio, eran mujeres especialmente cultivadas para entretener, un poco a la manera de las geishas japonesas. Las bailarinas de los harenes también eran esclavas pero desde pequeñas tenían la misión de convertirse en seres exquisitos, dominaban el arte de la música y sabían de literatura y astronomía.

Fue en Egipto donde estas danzas alcanzaron su máximo esplendor, y hoy en día este país marca la pauta de quiénes son las mejores ejecutantes a nivel mundial. Allá, precisamente en el Cairo, una de las bailarinas más prestigiosas de Latinoamérica, la colombiana Antonina Canal, ganó en junio pasado, con las bailarinas de su academia, el título de mejor grupo de folclor árabe en el certamen de danza árabe más importante  del mundo, “Ahlan wa sahlan”.

La danza árabe es conocida en oriente como Raks Sharki, y fueron los europeos que llegaron en el siglo XIX los que la llamaron danza del vientre. Empezó a difundirse en 1930, cuando abrió sus puertas el legendario Casino Badia, donde se presentaron las más grandes estrellas de la danza árabe. Este fue su momento de máximo esplendor, con bailarinas que alcanzaron renombre mundial y se convirtieron en divas de cine: Tahia Carioca, Samia Gamal, Naima Akef y Nadia Gamal.

Antonina Canal, en su academia Prem Shakti (palabras en sanscrito que significan “La danza de la diosa”), aclara que el nombre original era el de “danza de los siete velos”, con un trasfondo espiritual al que sólo tenían acceso los iniciados. Los 7 velos son los 7 puntos energéticos o chacras. Es así como la danza trabaja sobre el cuerpo etéreo de la bailarina, subiendo la energía por toda la espina dorsal, desde el chacra más bajo, en el coxis, hasta el más elevado, en la coronilla. Esta es una danza que despierta, potencia la energía y la eleva, “de esto se trata la danza, desde la antigüedad hasta nuestros tiempos”, dice. De hecho, uno de los principales énfasis de esta academia es la alineación cuerpo-mente para alcanzar el equilibrio que buscan técnicas como la meditación o el yoga. Y no se trata de una mera ocurrencia, la danza como medio para alcanzar el éxtasis religioso ya estaba en los antiguos ritos sufíes, en los giros de la danza de los derviches o en las acrobacias de los gnawas marroquíes.

Esta danza, tal y como está concebida hoy en las salas urbanas de recreación, es una terapia centrada en la espiritualidad y la felicidad de las bailarinas. Su práctica ayuda a vencer las inhibiciones y los miedos, y mejora la autoestima. La danza enseña a valorarse y cambia la vida, dice Mabel Boada, “uno empieza a ser más divertido en todo sentido. El estado de ánimo se refleja, que estés más a gusto con el cuerpo inevitablemente te hace una mujer nueva y distinta”. 

Para Boada, los resultados de esta danza están asociados con la diversión, con hacer algo simplemente por disfrutarlo. “La gente piensa que este es un baile que se hace para ser más sexy, pero es al revés, cuando uno se libera y se da la licencia de moverse y divertirse, es en ese momento en el que, además, se vuelve sexy”.                                                                                                                                     

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