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Por: Elvira
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Después de una semana dura en que bien podría hacerse una convocatoria para un suicidio colectivo o una hoguera para quemarnos vivos de una buena vez, qué mejor opción que ir a recrear el ojo en algún lugar donde se tiene la certeza de que se cumplirá con el objetivo.

 

Así que armamos el plan con Susana y otras de nuestras secuaces: ir a ver a los Delta Fiasco, una banda inglesa que ha causado conmoción entre las chicas de esta urbe en crecimiento. Los Delta bien podrían ir pidiendo la residencia colombiana porque desde el día en que llegaron, han tocado en cuanto bar los ha recibido, aunque se rumora que ya los montaron a la fuerza en el avión rumbo a su Liverpool natal.

 

Convencer a Susana me costó sangre, pues nuestros gustos en hombres son diametralmente opuestos, pero terminamos saliendo de la oficina a tomarnos unas cervezas y luego a ver a los chicos más elogiados y observados estas últimas semanas en la ciudad de Bogotá. Elogiados porque sin duda la genética les ha favorecido y se han ganado muchas groupies criollas, pero no me atrevo a elogiar su talento, del que acepto tengo serias dudas. Por lo menos en su acto en vivo.

 

Cuando entramos al lugar donde los inglesitos se presentarían, ahí estaban en su zona VIP (una ridícula zona VIP), actuando como divas apachichados con sus conquistas colombianas, que bien podrían ser guarichitas recién traídas de Yopal. Le pregunté a Susana si estaba de acuerdo conmigo, que si le parecían una delicia o unos sucitos de esos que lo miran a uno con esa cara de Giordano que dice calladamente “por favor enséñame a amarrarme los zapatos”. Sorprendentemente Susana aprobó a los chicos con creces, e incluso se aguantó los diez minutos de concierto en primera fila y al lado del parlante.

 

Los Delta “Asco”, como los renombró un amigo, se subieron al escenario y empezaron con su número que tiende a abusar del sintetizador. Las chicas (algo adolescentes) brincaban desesperadamente alrededor nuestro, mientras Susana y yo no lográbamos quitarles la mirada de encima (sobre todo a uno de ellos, ricurita) a pesar del ruidajo inentendible y de la total desconexión de los chicos con el público. Sólo pensábamos que a pesar de ser un verdadero fiasco, rico que la diva (de bracito fofito, como lo aclaró otra de las que estaba con nosotras) se dignara a mirar a estas viles mortales y darles una revolcadita con tumbada de sintetizador y batería, además de una necesaria enredada de cable.

 

Nunca he entendido cuál es la magia de los escenarios ni cómo es que funciona. Ahí, cualquier ñuco se puede subir (chiquito, gordito, con bozo, fofo, cojo, uniceja, mueco...) coge una guitarra o hasta una maraca, y de repente este patito feo ser se transforma en la verdadera forma del deseo. ¡Poséyeme, poséyeme, pero poséyeme YA! Eso era todo lo que queríamos ese día, un poco de entretenimiento visual que alimentara la fantasía del rockerito delicioso que checa a la chica del público y acto seguido están haciendo cosas innombrables en el escenario. A veces, queridas lectoras, Dios es grande. Pero hay que tenerle paciencia, porque son pocas veces las que nos premia con estos bocaditos divinos.


Susana agrega: Elvira, no has podido decirlo mejor. Además del evidente atractivo que adquiere cualquier mochilero que se sube a un escenario, todo esto merece una reflexión adicional sobre la hormona que a veces nos posee. Esa que hace que ante cualquier baboso con cierta gracia -los científicos no han podido explicar este fenómeno- gritemos “papi, poseyeme ya”. Son hombres ante los que perdemos toda dignidad y pudor, con los que se nos alborota la líbido y que logran hacer salir a la guaricha que hay muy dentro de nosotras.

 

Así que este es un homenaje a todos estos hombres a los que, insisto, les hemos pedido con pasión, lujuria y desespero que nos hagan suyas, sin compromisos, delicadezas ni detalles. Puro sexo cochino contra las paredes. Este hombrecito de Liverpool alborotó todo esto en mi. Pero para que me hiciera suya hubiera tenido que igualarme a las provincianas de minifalda, sandalia y extensiones en el pelo que les colgaban del cuello. Y primero muerta que arrastrada (y mechoneada).

 

Bueno, pero como todo va en los gustos, como dirían mis amigas de peluquería, quisimos darles esta prueba de lo que estamos hablando. Habíamos grabado un video que terminó siendo un fiasco, pero de todas maneras se les tiene las fotos.

 

 
 
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