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La energía como un diálogo continuo

Una gran producción de cine se inaugura con un concurrido estreno. Los expertos en mercadeo dan a conocer un nuevo producto con un llamativo evento. Los buenos proyectos inician con buenos comienzos, y MAESTROS COSTUREROS no es la excepción.



El auditorio de LCI Bogotá se convirtió en una simbólica maloca. Todos los asistentes nos sentamos alrededor de una mitológica hoguera que nos brindó, desde muy temprano, la claridad de estar alineados hacia un mismo objetivo y sintiendo la misma energía, potente y pura. Los indígenas nos recibieron con una bella tradición: entregarnos mano a mano unas minúsculas piezas, chaquiras de colores y algunos hilos en crudo natural, un procedimiento con un profundo y ancestral significado. Nos indicaron que lo bueno estaba en nuestra mano derecha, y lo debíamos depositar en un canasto especial, y lo malo, dentro de nuestra mano izquierda, se debía dejar ir en otro recipiente. Fue un comienzo muy conmovedor, y varios nos dejamos llevar por el momento; soltamos pesadas piedras mentales que no nos dejaban viajar ligeros por la vida.

Ya con este emotivo comienzo, con el corazón agrandado y los afanes en ‘off’, nos permitimos recibir afecto, conocimiento y sabias lecciones de personas que han dejado que la naturaleza y sus tradiciones sean las dueñas de sus días. Enseñanzas sobre la vida, el trabajo y la familia que, si fuimos afortunados, no se quedaron en el aire sino trascendieron las barreras de nuestra mente. Escuchar palabras honestas y generosas, dentro de nuestra ensordecedora cotidianidad, resultó sin duda gratificante.

Nuestros artesanos indígenas no fueron los únicos en participar. Diseñadores, periodistas, artesanos y docentes, sacaron de su sistema temores y dudas, y presentaron con entusiasmo intereses e ilusiones. La atmósfera le dio permiso, a cada uno de los individuos presentes, de explorar y brindarle un momento a su cuerpo y a su alma.

El Diálogo de Saberes fue un espacio de absoluto compartir y sincera liberación. Unas horas en que el arte de escuchar fue un privilegio, y la capacidad de retener sabiduría y sencillez fue providencial.