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Adictas al zodiaco

Adictas al zodiaco Adictas al zodiaco

Comienza el año y no hay horóscopo, numerología o guía de runas que no miremos. Sabemos que no van a determinar nuestras vidas y aun así nos... siguen atrayendo. ¿Sabe por qué?

 
Si una revista trae un horóscopo en la última página, generalmente lo leemos. Incluso, en algunas ocasiones compramos una revista sólo porque en la portada un titular promete vaticinarnos, mes a mes, lo que pasará en el año que viene. Todos los eneros, cientos de mujeres repasan las características de su signo, su piedra y el planeta que las rige. Saben, en el fondo, que es una bobería, pero igual lo siguen haciendo, es como una especie de ritual.

Según el sicólogo experto Bertram R. Forer la tentación de darle significado personal a una descripción general se llama efecto Barnum, en honor a la frase que siempre decía el presentador americano P.T. Barnum: “¡Tenemos algo para todos!”. Para Forer, la mayoría de personas está dispuesta a atribuirse los vagos rasgos de personalidad que lee en cualquier parte. Lo demostró en 1948 cuando realizó un experimento con sus alumnos.
Les entregó una hoja con lo que él dijo que era una descripción individual de cada una de sus personalidades. Luego, les dijo que debían calificar qué tanto había acertado. Le dieron las calificaciones más altas felicitándolo por sus aciertos sin saber que todos los perfiles eran exactamente el mismo.

Ya han pasado más de sesenta años desde el descubrimiento del efecto Barnum y las personas que escriben los horóscopos están al tanto de este rasgo natural de los humanos.

Una mujer que escribe un horóscopo en una revista americana, que no quiso ser identificada, aceptó que su horóscopo de febrero del 2011 fue el mismo del año pasado, sólo cambió el orden de las predicciones y se cercioró de que estuviera bien escrito.
La razones por la cuales nos sentimos atraídos porque alguien o algo defina nuestra personalidad son varias: una de ellas alude a la sensación gratificante que se siente cuando pensamos que podemos ser definidos. “Los Cáncer son hogareños, mientras los Tauro son confiables”. El filósofo Juliani Baggini dice que una predicción típica sería: “Las cosas han sido difíciles, pero se ven oportunidades de solución en el horizonte”. Al leer eso, la gente entiende una realidad de que la vida no es fácil, pero ofrece esperanza para salir adelante.

Las civilizaciones antiguas usaban los horóscopos para dividir los años, los meses y las horas. Es más, el término horóscopo significa en griego “el que observa la hora”. Los sacerdotes y príncipes miraban las estrellas para encontrar en ellas las respuestas de cómo les iría en las batallas o en las cosechas. Sólo hasta el final del siglo XIX comenzaron a ser dirigidos a todo el mundo. En Estados Unidos y América tomó fuerza hacia los años 50, lo que desencadenó un nuevo ánimo de individualismo y narcisismo, a la vez que empezó la aventura por la búsqueda de la identidad.

Hoy en día, algunos dicen que leer el horóscopo es como comprar la lotería: pensamos que si creemos en algo con vehemencia se hace realidad. Cuando niños creíamos en el Niño Dios, cuando adultos esperamos que las estrellas nos den las cosas buenas que estamos buscando: salud, dinero y amor. Estudios demuestran que las malas noticias, en su mayoría, son omitidas. La sicóloga de la Universidad de Wisconsin, Margaret Hamilton, afirma que la información que aparece en la páginas de los horóscopos de los periódicos y revistas es 70 por ciento más positiva que cualquiera otra sección del diario. Los zodiacos ofrecen un escape de las ansiedades diarias y, por ende, son leídos por la mayoría.

Ante eso, Baggini dice que es algo que absorbemos desde la niñez. Crecemos sabiendo de qué signo somos y qué características de éste nos definen y, por alguna razón, nos mantenemos atados a esa idea. La justificación, dice, es que “es un poco divertido”, por lo que puede pasar mucho tiempo antes de que salten a la vista sus limitaciones. “El problema es que si incita a que ignoremos ciertos aspectos de nuestra personalidad, puede que se convierta en un atajo para dejar de pensar en nosotros mismos”.
De este modo, dice la sicóloga Susan Blackmore, quien ha estudiado el efecto de los horóscopos en las relaciones de las mujeres, los ávidos creyentes en la astrología pueden empezar a dejar todo a merced de su signo y de lo que éste les indique. En uno de sus experimentos, Blackmore descubrió que al pedirle a un grupo de mujeres que no siguen los astros que describieran sus personalidades, todas dijeron cosas diferentes. En cambio, al hacerle el mismo requerimiento a un grupo de mujeres seguidoras del zodiaco, todos sus perfiles mostraron los mismos rasgos de personalidad que les indica su signo.

También muchas veces se le termina atribuyendo lo que sucede en la vida al signo. “¡Ah! Me está yendo mal porque soy Piscis y los Piscis estamos destinados a sufrir”, termina siendo la excusa para una mala racha. Podemos culpar a Marte o a Saturno, y sentirnos menos responsables de no poder durar en un trabajo o de no tener un novio fijo.

La era de la lógica y lo racional en la que hoy en día vivimos, no ha reducido el apetito por las generalizaciones que se encuentran en los horóscopos. “Hay algo de supersticioso en todos nosotros. Es la parte del ser humano que le permite soñar y tener acceso a nuestra imaginación”, dice el sicoanalista Gérard Miller, y concluye que eso mismo es el problema, ya que “nos hace vulnerables a la astrología, los clarividentes y cualquier tipo de gurú que dice saber algo de nuestro ser esencial, nuestras necesidades y nuestros deseos”.

Por eso, la próxima vez que lea su horóscopo, tenga en cuenta que es una fuente de liberación sin aparente importancia y que no debe dejar que su vida se rija en su totalidad por lo que las predicciones dicen.

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