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Moda salvavidas en tiempos de crisis

Moda salvavidas en tiempos de crisis Cora Groppo, Hernández Daels, Daniela Sartori, Daniela Sartori, Li Torres.

El surgimiento de nuevos talentos y la creatividad se hicieron evidentes durante la reciente Buenos Aires Fashion Week. A pesar de las restricciones en cuanto a la adquisición de telas, hay claras señales de que en el diseño habita una gran parte del espíritu argentino.

C ada vez que una crisis económica amenaza con minar a la Argentina, los porteños parecen saber ya que pueden coserse un flotador hecho de telas bien cortadas y extrañamente cosidas y sobrenadar, a pesar de que permanezcan empapados y de que todo a su alrededor se hunda. Así sucedió en 2001, cuando en pleno Corralito se vivía el momento más vibrante de la moda en el país austral, a instancias de una generación que, liderada por Martín Churba, Pablo Ramírez y Cora Groppo, entre otros, fundaba un movimiento llamado Moda de Autor. “Durante toda la década del noventa, Menen destrozó la industria de la moda nacional, a tal punto que las marcas que sobrevivieron se dedicaron a ir a Chile y traer ropa de consumo masivo; eso hizo que muchos diseñadores quedáramos por fuera del circuito y nos viéramos abocados a actuar. Entonces fundamos un grupo que buscaba, sobre todo, una identidad en cuanto al estilo y que incluso reclamaba unas pasarelas diferenciadas en la Buenos Aires Fashion Week”, recuerda, Pablo Ramírez, uno de los más emblemáticos creadores argentinos y de los pocos sobrevivientes de esos años de lucha pero de vibrante inspiración.

En la reciente Bafweek 2014, la situación en el país parece reproducir algunas de las inestabilidades económicas del pasado pero, como si fuera una partida muchas veces jugada, Buenos Aires, declarada en 2005 por la Unesco como Ciudad de Diseño, respondió con un estallido de apuestas formales, conceptuales e incluso materiales, que dejan claro que el futuro de Argentina no solo está en sus vinos y en su soya, sino en su capacidad de crear moda.

Eso lo saben muy bien los fundadores del Centro Metropolitano de Diseño (CMD), un proyecto que, a partir de las industrias creativas con mayor potencial económico, pretende transformar la ciudad e impactar zonas de alta tolerancia. Este centro, enfocado en la moda y el diseño, opera en un viejo mercado de pescado, en la zona deprimida de Barracas, al sur de la ciudad, y se ha convertido en un imponente edificio abierto en cuyos recintos se comercia ahora con ideas y creaciones. Este espacio pone a dialogar a creadores y productores y acoge cinco escuelas de oficios de marroquinería, textiles y estampación, entre otras en las que se forman al año alrededor de 3000 personas, la mayoría provenientes de las villas marginales aledañas al centro. “Reconocemos a la moda como un sector clave tanto para la economía como para la identidad cultural de la ciudad”, asegura Enrique Avogadro, subsecretario de Economía Creativa del Gobierno de la Ciudad.

Justamente, de los proyectos de incubación del CMD salieron algunos de los diseñadores y marcas protagonistas de las pasarelas de la semana de la moda, como es el caso de Daniela Sartori, Li Torres y Juan Hernández Daels. Estos jóvenes talentos parecen haber heredado de la generación anterior, que les abrió el camino, su gusto por las formas complejas y estructuradas, y una tentación casi innata al uso del blanco y negro.

En realidad, ese predominio del negro inundando casi todas las pasarelas porteñas se debe también a las restricciones en la compra e importación de materiales y a una industria textil local débil. Esto ha obligado a que los jóvenes creadores tengan que trabajar con lo disponible. Poco cuero y escasa lana, por ejemplo, materiales que aunque han sido tradicionalmente materias primas argentinas son procesados afuera e importados de nuevo, lo que genera costos en dólares, impagables. Así, los importadores de textiles le apuestan a tonos planos que no tengan pierde, a los que los diseñadores deben arrebatarles la mayor explosión posible de creatividad.

A pesar de las limitaciones, el negro, el blanco y el gris nunca se mostraron tan complejos, vivos e interesantes como en estas pasarelas que dejan ver que en los cortes y en las formas hay también miles de historias que contar. En la colección Bangladesh de Daniela Sartori, por ejemplo, aparecieron suits femeninos con cortes diferentes en las mangas e interesantes plegados en las solapas; chaquetas de moldes asimétricos que despliegan un juego de geometrías; pantalones de bota muy ancha y camisas blancas de cuello desarticulado.

“El nombre de esta colección surge, por un lado, como un simple tributo a las víctimas de una de las peores tragedias de la industria textil de la historia, ocurrida en ese país asiático, y como una forma de generar conciencia sobre la ropa que llevamos sin saber de dónde proviene”, comenta la diseñadora, y lanza de inmediato una propuesta: “el sistema de la moda nos conduce a consumir determinadas prendas de grandes marcas y reconocidos diseñadores, ¿qué pasa si se deja de lado esa premisa y se hace del diseño una herramienta de transformación social?”. Los diseños de Sartori, que mutan de los negros a los blancos, cafés y azules, están creados bajo el concepto copyleft, es decir que los moldes están libres de derechos y el que quiera puede usarlos, estrategia que ayuda a que el diseño, en tiempos de crisis, circule libremente y aliente e inspire a un mayor número de creativos. Por su parte, otros jóvenes como Fabián Li y Javier Torres, de la marca Li Torres, demostraron que es posible hacerle algunas variaciones a la tradicional silueta masculina. Ellos retomaron los juegos de los dobleces del origami para crear volúmenes y picos en las chaquetas, los abrigos y los pantalones, y así crearon una colección inspirada en las velas de los barcos y los códigos marítimos de los pescadores. Sus siluetas oversize y el uso de herrajes metálicos que le dan otro peso a las prendas delatan una propuesta madura a pesar de que esta era su primera vez en la pasarela. Con otros planteamientos como el de Juan Hernández Daels, que reafirmó la influencia que ejerce sobre la moda argentina la escuela belga de Amberes, con su vanguardia y sus estructuras complejas, y la celebración de los diez años de Cora Groppo, una de las que han logrado, a fuerza de diseño, sostenerse en el disputado mercado del consumo, la moda porteña celebra haberse convertido en un lugar privilegiado en el que la fantasía, la creación y la esperanza se refugian cuando la economía tambalea.

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