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Más allá del disfraz

Revista FUCSIA

Más allá   del disfraz Más allá del disfraz

El proyecto que desde hace tres años desarrolla el artista bogotano Camilo Pachón, en el marco del Carnaval de Barranquilla, documenta a través de fotos, video e instalación, los personajes místicos que habitan la ciudad en épocas de jolgorio. La exposición de la primera parte se verá este mes en la galería Barrio Abajo de Barranquilla y en abril en el espacio Cosmopolis de Nantes (Francia).

BAJO EL VELO DEL ANONIMATO

¿Cuándo se origina Más allá del disfraz?

Fui hace cuatro años al Carnaval de Barranquilla por primera vez y estando envuelto en esa dinámica tuve una experiencia muy fuerte el último día de las festividades. Cuando me devolví en carro a Santa Marta, paré en un semáforo y había un olor nauseabundo. Volví a mirar y a mi lado había un personaje disfrazado con cortadas y sin un ojo. Para mí fue una imagen fuerte. Él me dijo: “Tranquilo, tranquilo, esto no es sino un disfraz”. Quedé cargado de esa emoción porque fue como ver la muerte. Ahí decidí ponerme a investigar, para entender que la experiencia carnavalera es un trance que lleva a las personas a un estado en el que parecen espíritus deambulando.



¿En qué consistió la investigación?

Viví en Barranquilla durante un mes en 2014 y empecé a buscar la relación de la tradición con África, y cómo muchas de las prácticas africanas, que en su mayoría son de carácter espiritual, se ven reflejadas en el Carnaval: eliminar al sujeto, meterse en el personaje y establecerse como un nuevo ente. Mi idea es que sea un proyecto videoinstalación en el que uno vea a estos personajes desplazándose y que se entre en esa dinámica a escala.

¿Con qué personajes se topó?

Por ejemplo, el Descabezado, un disfraz inventado hace más de setenta años por Ismael Escorcia al ver los muertos bajando por el río Magdalena, y quien pensó en un personaje que anduviera sin cabeza y estuviera en ese letargo entre la vida y la muerte del Carnaval. Y Miguel –nunca supe su apellido– que se prepara tres meses antes de que inicie el festejo, arma unos trajes monstruosos con su familia, habita el disfraz durante seis días y, al final, en un acto simbólico y de desprendimiento, lo quema.



¿Qué representa para usted

el Carnaval de Barranquilla?

Mi experiencia está cargada de una suerte de alucinación que no tiene que ver ni con el uso de estupefacientes, ni con el alcohol, ni con la música, sino con la relación de las personas, y una unión espiritual. Esos días la ciudad está dispuesta a dejarse llevar por sus sentimientos espirituales y desprenderse de la subjetividad y el ego personal. Son unos valores tradicionales muy fuertes que pasan por encima de los estratos y concentran la energía en compartir.

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