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Cómo sobrevivir al Mundial y no morir en el intento…

Por Samuel Giraldo

Cómo sobrevivir al Mundial y no morir en el intento… Cómo sobrevivir al Mundial y no morir en el intento…

Es una moda que revive cada cuatro años envolviendo a casi todo el mundo, pero es una tendencia bastante retro y decadente, especialmente de unos señores cuarentones o cincuentones, viejos, calvos y gordos, cuyos modelos masculinos en sus juventudes ya remotas eran el look de Tarantini en el 78, las barbas de Lalas en el 94, la chivera de Batistuta en el 98 y el peinado revuelto de Beckham en el 2006.

Es una moda que revive cada cuatro años envolviendo a casi todo el mundo, pero es una tendencia bastante retro y decadente, especialmente de unos señores cuarentones o cincuentones, viejos, calvos y gordos, cuyos modelos masculinos en sus juventudes ya remotas eran el look de Tarantini en el 78, las barbas de Lalas en el 94, la chivera de Batistuta en el 98 y el peinado revuelto de Beckham en el 2006.           
 
No me diga que ver a un señor padre de familia con su hijo menor de 10 años haciendo juntos el álbum de Panini es una escena enternecedora, especialmente para las mamás y los vecinos. Pero tampoco me contradiga cuando le justifico que es precisamente ese gen el que debemos romper en aras de que los papás del futuro sean diferentes: que en el mes de junio de cada cuatro años no se sienten frente a un televisor como si fueran reyes esperando a que su mujer les pase cerveza y una pizza.

Si la escena del papá y el hijo pegando monas, caramelos o láminas del Mundial de Sudáfrica es tierna, la de la mujer con una camiseta azul celeste de Argentina, el número 9 de Milito a sus espaldas, horneando una pizza –mientras el señor y el hijo dicen palabrotas frente a un LSD de 42 pulgadas– es patética, antinatura y bastante retrógrada. Y lo más grotesco es que hay mujeres que defienden a capa y espada el Mundial y hasta compran los álbumes de Panini para estar en sintonía con su hogar.

Incluso hay hombres que han sometido a sus leales y abnegadas esposas a que miren las laminitas y opinen cuál de los jugadores está más bueno o es más interesante. Es decir, que se entretengan durante largas mañanas de fútbol, mientras él y su delfín se concentran en el mal llamado “deporte rey”. El Mundial es el mejor argumento para seguir esparciendo en la sociedad colombiana el dominio del macho alfa sobre las tendencias modernas de lo que debe ser una familia, por cierto, un núcleo bastante revaluado.No me digan que perder dos horas de la mañana viendo jugar a Costa de Marfil versus Corea del Norte es un plan muy entretenido y constructor de familia o de empresa. Menos aun cuando esas hordas de mundialistas se toman los horarios de la oficina y aturden a los no mundialistas con atónicos gritos de gol de Honduras, por ejemplo, por el simple hecho de que el técnico es colombiano o aplauden con euforia cuando sale un hombre de negro a pitar un partido por el hecho de que el réferi central nació en Villavicencio.

El Mundial es un plan entretenido para las personas a quienes les gusta el fútbol y ven en esas largas jornadas de cansones partidos insulsos, una manera de pasar el tiempo, pero hay vida en este junio más allá de Sudáfrica 2010. Y la moraleja debe ser: no metamos a nuestros jóvenes en un deporte de viejos y perdedores que añoran como a nada en el mundo que la Selección Colombia pueda volver a verse en los caramelos de Panini en el próximo Mundial.

Para no morir entre gritos de gol de Ghana o de México, en este verano colombiano pida vacaciones y váyase a una finca con montaña en donde no se escuchen los seguidores monotemáticos del fútbol.

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