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Confesiones de un gigolò

Revista Fucsia

Confesiones de un gigolò sexo - confesiones de un gigoló

Los secretos de un hombre prostituto que dice sentirse orgulloso de su ‘profesión’, revelan otra escandalosa faceta de la nueva revolución sexual femenina.

 
Aunque vende sus favores a una variada clientela de mujeres, a Alejandro no le gusta que lo llamen “prostituto” o “puto”, sino “gigoló”. ¿Y cuál es la diferencia? Para él, aquellas vulgares designaciones aluden a los que nada más venden sexo, mientras que su visión de ofrecer placer va más allá. Es decir, atender bien a una clienta significa comprender sus sentimientos de mujer, así como sus deseos. “Pienso en mí mismo como alguien que representa lo mejor de los hombres tanto en carácter como en desempeño sexual”, dice este personaje que a juzgar por la foto que aparece en una página Web de acompañantes masculinos es atractivo, alto, musculoso y con cierto aire de galán de cine.

Por teléfono, su voz es la de quien ha estudiado cómo ser convincente por el auricular. Su charla es pausada, galante y con giros que delatan a un hombre de mundo, para nada inculto. A sus 38 años, cuenta que efectivamente ha sido de todo: se paseó por varias carreras universitarias que nunca concluyó. Al perder el apoyo financiero de sus padres, lo buscó en los mundos de la noche como empleado y socio de bares que fracasaron. En ese ambiente conoció a mujeres de alto rango social, sobre todo casadas, divorciadas o viudas, quienes caían ante sus encantos. Eso siempre le resultó fascinante, pues desde joven se sintió atraído por esas señoras maduras que ahora tenía a sus pies. Un día, en uno de esos reveses de sus malos negocios, alguien le susurró al oído que la solución a sus problemas de plata estaba en esas admiradoras que bien pagarían por tenerlo de acompañante, como paliativo de esa soledad que no llenaban ni sus maridos ricos, ni los hijos que ya no las necesitaban, ni su rimbombante mundo social.

Alejandro cuenta que fue criado con un hondo sentido de la caballerosidad, para el cual obtener dinero de una dama, bajo cualquier pretexto, era una deshonra. Pero, “la necesidad tiene cara de hereje”, reza un viejo refrán, y poco a poco fue reacomodando esas convicciones hasta convertirse en el gigoló que ha sido en los últimos años de su vida. Hoy siente que es tan bueno en su labor, que para este artículo escogió el nombre ficticio de Alejandro, en honor de Alejandro Magno, el célebre rey de Macedonia…
Esos servicios magnánimos que dice ofrecer comienzan con una tarifa de 400 mil pesos el rato, pero pueden llegar al doble y hasta más, pues hay clientas que se sienten tan encantadas con su compañía que le pagan por quedarse con ellas todo un día o varios. El secreto de tanta acogida, dice, es que siempre se muestra atento a lo que las mujeres dicen, tanto con sus palabras como con su cuerpo. Además, nunca faltan los halagos para ellas y las hace el centro de atención del encuentro. Su técnica de seductor consiste, así mismo, en mirarlas fijamente a los ojos durante instantes muy largos y en hablarles de manera suave, pero con determinación varonil. Ya en la cama, su tarea es hacerlas sentir cómodas y relajadas: “Suavemente, beso todas sus zonas sensibles y les pido que, honestamente, me hagan la lista de sus fantasías sexuales, las cuales complazco una por una. También les digo lo provocativas que las encuentro y me sorprendo porque a menudo me cuentan que no están acostumbradas a que un amante les haga o diga todas esas cosas”, relata Alejandro.

Se autodefine ya como un experto en sexualidad femenina. Sabe de la importancia que tienen para ellas los preludios largos y la sutileza de las caricias con las yemas de los dedos, la lengua y otras formas de contacto. “Las animo a entregarse por entero al placer y nunca llego al orgasmo antes que ellas. Cuando terminamos, les digo que son las mejores amantes”.

Eso le da razones para afirmar que la suya es una ‘profesión’ honorable, cuyas retribuciones son muchas, no sólo económicas. Devolverles a las mujeres la confianza en su sensualidad y el fuego de su juventud, al igual que prodigarles un remedio a la soledad, hacen parte de esas satisfacciones. El dinero lo hace feliz, no lo niega, empero nada se compara con la manera en que su ego de macho se yergue cada vez que una clienta se despide feliz y promete repetir.

Esta impúdica historia de Alejandro es el reflejo de un fenómeno que, si bien no es nuevo en la historia, sí vive por estos días un repunte. La prostitución masculina se conocía ya en las antiguas Grecia y Roma, a veces con significado religioso, a veces con el mero sentido de venta de placer que tiene hoy. Ciertas patricias romanas, por ejemplo, eran muy dadas a comprar los encantos de los gladiadores y de muchachos muy jóvenes, es decir, niños. El libertinaje fue tal, que el emperador Domiciano prohibió la prostitución ¡de varoncitos menores de 7 años! Después, en la recatada Inglaterra victoriana del siglo XIX, surgió el turismo sexual, aunque llamado de otra manera, a través del cual las mujeres emprendían travesías a Italia y destinos exóticos como Marruecos, en busca de los amantes de alquiler que pululaban en esos lugares.
Pero, pese a esos casos aislados, la prostitución masculina al servicio de las mujeres es un fenómeno de hoy. En efecto, y hasta en eso el machismo se ha dejado ver, los hombres de la vida alegre del ayer servían más que todo a los otros hombres, en los ambientes homosexuales clandestinos. Hoy, su mercado se ha diversificado, pues los hay como Alejandro, que sólo se acuestan con mujeres, y muchos otros que atienden por igual a heterosexuales, gays y bisexuales.

Alejandro ni siquiera estimó la posibilidad de sugerirles a algunas de sus clientes que hablaran para este artículo, porque sabía que la respuesta era un rotundo no, además de la posibilidad de que no volvieran a contratarlo, temerosas de verse expuestas. Ello porque, si bien la prostitución era el último territorio sexual donde reinaban los hombres, el que una mujer pague por que le hagan el amor sigue siendo un tabú. Si un varón lo hace, es la cosa más normal del mundo; pero si una mujer se atreve, es considerada, exactamente, como una prostituta, al decir de Pascal Bruckner, escritor especializado en sexualidad. Además, persiste la costumbre de ver a la mujer que compra favores sexuales como una víctima, afirma Josiane Balasko, directora de Cliente, una nueva cinta sobre el tema que causa revuelo en Francia, porque justamente intenta revertir esa desventaja. La protagonista se llama Judith y, según lo explica Balasko, no cumple con el estereotipo patético de las clientas de un gigoló como Alejandro, que por lo general han pasado varias veces por las manos del cirujano plástico, viven obsesionadas con el gimnasio y no tienen nada que hacer. A sus 51 años, Judith es una atractiva y exitosa directora y presentadora de un canal de mercadeo por televisión, divorciada, que quiere buen sexo, sin restricciones, y paga generosamente por ello. “Es una mujer que tiene el control de su vida, sus sentimientos y sus placeres sexuales”, concluye Balasko, esbozando un gozoso perfil femenino que todavía sólo es posible en la ficción. Empero, el que una película como Cliente tenga gran cartel no es un dato baladí, de acuerdo con Pascal Bruckner: “Una revolución llega cuando aquello que era tabú se convierte en una tendencia”. Y este inusitado destape de historias de mujeres afectas a los gigolós es precisamente para él el preludio de que algo empieza a cocinarse en el panorama de la líbido femenina: “Quizás estamos asistiendo a una nueva revolución sexual, silenciosa, pero más subversiva que la de los años 60”, concluye.

Un drama invisible
- La prostitución masculina sigue siendo un fenómeno invisible y, por ello, quienes la ejercen viven en peligro. Así, de acuerdo con estudios realizados en España, mientras que en las prostitutas la prevalencia del sida es de 0,8 por ciento, en ellos es del 13,1 por ciento.
- Sin embargo, mientras que una mujer puede estar condenada a ejercer este oficio toda su vida, un hombre prostituto sólo lo es por un periodo no superior al año y medio, como una solución temporal a sus problemas de dinero o a la falta de empleo.
- En Bogotá, estudios de la Universidad Nacional revelan cómo adolescentes entre los 15 y los 17 años, de familias ricas, se prostituyen en las calles del elegante norte de la ciudad por diversión y para ganar el dinero que sus padres no les dan para consentir sus caprichos y sus caras rumbas en las discotecas de moda.

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