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Carmen Vicente: Conocedora de los secretos femeninos

Revista FUCSIA

Carmen Vicente: Conocedora de los secretos femeninos Foto: Paloma Villamil/14

Cazadora de objetos artesanales del continente, de piezas únicas que mezcla con los descubrimientos que hace en sus viajes, Carmen Vicente es la creadora de algunos talleres que buscan explorar desde una nueva perspectiva los asuntos de las mujeres.

Carmen Vicente quería saber qué sucedía en la ciudad, en esos lugares llenos de luces que veía a lo lejos desde su reservada comunidad, al sur del Ecuador.

Su aventura empezó a los 19 años y todo se hizo nuevo para ella. ¿Cómo era que la luz podía quedar contenida en un pequeño vidriecito que iluminaba?, ¿por  qué las mujeres hablaban con las paredes?, se preguntaba esta minúscula mujer, para ir descubriendo con el tiempo la existencia de los bombillos y de los teléfonos. Fue observando un universo en el que a pesar de su diferencia, de que nadie llevara medias fucsias con falda verde, ni trenzas, se sintió muy cómoda.

Eran los años setenta, la revolución hervía y ella encontró un lugar en el teatro, en donde sus danzas, sus ceremonias, sus conocimientos acerca de las plantas para curar a los animales y los ritos tradicionales cobraron nuevas dimensiones.

En lugar de ceder ante la presión que le exigían sus viajes por el mundo, de lucir convencional, como otra mujer más, fue convirtiéndose en una observadora y recolectora de objetos tradicionales y artesanales, volviéndolos a la vez su brillo y su refugio. Así, sus faldas tejidas y decoradas a mano empezaron a ser combinadas con las blusas cortas y llenas de cintas de las guambianas; mezcló los rebosos del Perú con las plumas del Amazonas y las blusas cuadradas y bordadas en Oaxaca, en México, con collares de la provincia de Chimborazo, en Ecuador.

Su ropa empezó a constituirse no solo en un deleite de colores y texturas, de historias y tejidos, sino que se convirtió en uno de sus estandartes para concientizar sobre la importancia de la ropa que cada mujer elige para vestirse, y desde la cual gana un lugar en el mundo.

“Naciste desnuda y después del abrazo de tu madre y tu padre, el segundo abrazo te lo dio una telita para recubrirte, luego vino el amor de la familia, que se manifestó en objetos tejidos o comprados para proteger a la criatura, un acto que revela que siempre está presente la intención del regalo de algo bello al otro. Siempre se hizo honor a esta creación que somos, poniéndole más de lo que nos ha sido dado. Si me baño o resalto mi mirada con una piedra molida es para que el sol vea que aquí hay otros soles, para conquistar la energía del universo”, dice Carmen Vicente, quien estuvo de paso por Colombia realizando uno de sus encuentros de mujeres que viene liderando desde hace ya varios años, en los que su indagación pasa desde el vestido hasta los asuntos más profundos del alma.


Gracias a sus exploraciones en el arte del teatro y a esos conocimientos chamánicos que le fueron impartidos desde niña, Carmen empezó a crear unos encuentros femeninos para crear conciencia sobre algunas de las cosas que aquejaban a sus congéneres.

“Pensar, por ejemplo, el trabajo que tenemos que hacer para traer mejores hombres al mundo, porque todo hombre ha venido de una mujer, de su vientre, en nuestras manos está criar hijos que sean personas nobles. O concientizar acerca de que después de una ruptura amorosa, cuando la habitación se hace pequeña, hay que salir y no olvidar que el oficio es importante para las mujeres, volver a las manos, a hacer cosas, a tejer, a trenzar el pelo, volver a los trapos o al agua y no solo quedarnos en el pensamiento, que es una actitud tan masculina”, explica Vicente, quien en sus ceremonias y danzas tradicionales también trabaja en torno al tema del amor.

“Las dificultades con el amor son iguales en todos los lugares del mundo que visito. Es fácil advertir de este problema en la fila de un supermercado, donde hay mujeres comprando la comida para ellas no más, y hombres comprando lo de ellos. No estoy diciendo que salgan todos a casarse, pero ¿cuál es nuestra visión de comunidad y de convivencia?, ¿vamos a terminar con un solo yogur en el refrigerador?”.

Esa estampa particular e imponente que la convierte en una curadora de las mejores artesanías del continente, y en una verdadera promotora de esos saberes tradicionales y estéticos, no es más que la antesala de una mujer compleja y espiritual que quiere que las demás se den cuenta de que no tienen que andar anhelando ser como las otras, que pueden ser heroínas de su propia existencia.

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