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La fragilidad del talento

Revista FUCSIA

La fragilidad del talento El diseñador Raf Simons abandonó la casa Dior en octubre pasado.

¿Será que después de tres deserciones, de tres talentos que prefieren irse porque están a punto de fundirse, los empresarios de moda van a entender que al talento hay que cuidarlo y no quemarlo?


Por: Lila Ochoa. Directora Revista FUCSIA.

Se acaba de terminar el circuito de las semanas de la moda que empieza cada año a principios de septiembre en Nueva York, y acaba los primeros días de octubre en París. Estos eventos se llevan a cabo dos veces al año, en marzo y en septiembre. Los desfiles de Alta Costura son en julio y enero, y las colecciones de resort se presentan en mayo y noviembre. O sea que un diseñador tiene que producir seis colecciones completas, presentar seis desfiles extraordinarios y fuera de eso lo suficientemente comerciales para que se venda la ropa, pero sin dejar de lado lo artístico para imponer una tendencia.

Todo esto es ya un desafío a la creatividad, pero además, los diseñadores se tienen que hacer cargo de las campañas publicitarias, las presentaciones personales, las aperturas de las nuevas tiendas, los trunk shows, las exposiciones en los museos, de hacer entrevistas y postear fotos en Instagram. En pocas palabras, convertirse en director artístico de una marca importante significa despedirse de la vida personal.

A las empresas de moda, el afán por hacer dinero les ha hecho olvidar que tratan con talentos que, en general, son personalidades frágiles, y no esclavos sin derecho a respirar. Tres ejemplos en menos de tres meses demuestran el problema al que se enfrentan las marcas: a Alexander Wang lo despidieron de Balenciaga, pues aparentemente la ropa no se vendía lo suficiente.

Después siguió Raf Simmons, quién llegó con fanfarrias a la histórica casa de Dior hace tres años. Para presentarlo, la compañía hizo una opulenta inversión en un video espectacular contando sus luchas, sus lágrimas y su último triunfo, y utilizaron millones de flores que decoraban la tienda en el Carré du Louvre, donde presentó su colección para la Primavera-Verano de 2016. Hace unos días le tocó el turno a Alber Elbaz, el diseñador para Lanvin quién trabajó para esa casa más de 14 años. Elbaz se fue por desavenencias con la dueña de la marca, la millonaria taiwanesa Shaw-Lan Wang, quien compró la legendaria marca sin tener ninguna conexión con el mundo de la moda y solo teniendo en cuenta el negocio.

El día que le otorgaron a Elbaz un premio en la gala del Fashion Group Internacional, le dijo a la prensa una frase premonitoria: “Nosotros, los diseñadores, empezamos como couturiers (costureros), con sueños, intuiciones y sentimientos. Partimos por preguntarnos: ¿qué necesitan las mujeres?, ¿qué puedo hacer para que la vida de las mujeres sea mejor?, ¿cómo puedo hacerlas mas bellas? Para entonces convertirnos en directores creativos, así tenemos que crear pero, básicamente, dirigir. Y ahora tenemos que convertirnos en creadores de imagen. Tenemos que asegurarnos de que lo que hacemos salga bien en las fotos... Yo prefiero susurrar a gritar. Creo que es más profundo y dura más”.

¿Será que después de tres deserciones, de tres talentos que prefieren irse porque están a punto de fundirse, los empresarios de moda van a entender que al talento hay que cuidarlo y no quemarlo? Sí, los seres humanos tenemos límites, si no, recuerden la historia de John Galliano borracho, gritando improperios contra los judíos en un bar.

Es fácil que por el afán de hacer dinero y de darle dividendos a sus accionistas, se olvide que la gente con talento no es una máquina que trabaja sin parar, sino un ser humano que necesita tiempo para reflexionar, gozar y poder crear. Ésta y todas las industrias que dependen del talento están perdiendo el norte y se les olvida que los creativos no son como las botellas de salsa de tomate que se consiguen en el supermercado. Así como en su momento brillaron talentos únicos e irrepetibles que han pasado a la historia como Miguel Ángel y Leonardo da Vinci en la pintura, Dior, Balmain y Lanvin en la costura, y Shakeaspeare y García Márquez en la literatura, así los Raf Simons, Alexander Wang y Alber Elbaz son también únicos en su saber.

Cuando no hay tiempo para asistir a una feria de arte, para hacer un viaje a la India, Londres o Paris para inspirarse. Cuando la recompensa es codearse con las celebridades del momento, pero no tener tiempo para soñar o descansar, así no vale la pena vivir.

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