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El ‘little black dress’

Julia Londoño Bozzi

El ‘little black dress’ Foto: Ingimage

Llevamos años oyendo hablar del vestidito negro que “toda mujer debe tener en el clóset”. Esta es la historia de mi más reciente vestido negro.

Mi mamá viajó a Nueva York hace un mes. Como es costumbre, su maleta de regreso traía más regalos que cosas propias. En mi familia los regalos de viaje están institucionalizados.

Entre su equipaje había un bien preciado, elegido con ilusión para su única hija: un vestidito negro que le quitó a un maniquí en una tienda elegante porque ahí estaba yo pintada. “Esta vez estoy segura de que le atiné a tu gusto y talla”, dijo victoriosa.

Era delicado, venía envuelto en papeles y telas. En la maleta todo giraba alrededor del descubrimiento más grande del viaje: mi vestido.

Lo primero que hizo mi mamá a su regreso fue anunciar que el objeto de deseo estaba ya en Cartagena. Luego me lo envió por correo certificado, cuidadosamente empacado y asegurado por un valor razonable.

Los siguientes días estuvieron cargados de la ansiedad de mi mamá llamando cada hora para confirmar si el vestido había llegado. La imaginaba rastreando en la empresa de correos el lugar exacto donde estaría el ajuar de la futura mujer mejor vestida del planeta.

Una tarde encontré la caja sobre mi almohada. Como no tenía tijeras a mano, rompí la cinta que envolvía la caja con un esfero y la abrí. Entre las capas de papel sentí por fin la textura satinada del vestido.

Lo extendí frente a mí y dije: “Es eL vestidito negro. Un clásico. El que toda mujer debe tener”. Era lo que prometía, ni más ni menos.

Su largo era medio, confeccionado para llegar a la rodilla, los tules bajo la falda cortada en “A” le daban cierto vuelo, no demasiado, y el cuello, tipo halter, traía piedritas brillantes.

Me gustaba, era muy clásico como para que no fuera así. ¿Me quedaría?

Me lo puse frente al espejo más grande de la casa y, para verlo mejor, me subí a un taburete sobre el cual constaté que me quedaba bastante largo.

“A lo mejor se puede arreglar, una experta lo cortará y achicará los tules sin modificar mucho la caída”.

El cuello y el talle también me quedaban grandes, el torso llegaba más abajo de lo esperado, una llanura se extendía a la altura de mi pecho y abajo, sobre el ombligo, había dos bultos descontextualizados, las copas de realce.

“¿Tendrá arreglo?”.

Cuando uno trata de encajar en algo que no es de su talla, encoge, estira y contorsiona el cuerpo a la medida ajena.

No tendría arreglo. Con la certeza me asaltó la culpabilidad por no ser de la talla del vestido: “¿Por qué no seré unos centímetros más alta, si mi abuela era altísima?”. Tres veces hablé con mi mamá antes de contarle que el vestido había llegado. No sabía qué decirle.

Ella estaría tan desilusionada de que la prenda no me quedara que estuve tentada a conservarlo; “a lo mejor lo uso este Halloween, tal vez crezca unos centímetros o me despierte un día con dos tallas más de busto”.

Habría podido mentir. Podría haberme tomado una foto borrosa con el vestido, en casa, para que viera que lo usé y regalárselo después a alguna amiga más alta y mejor dotada.

¿Se sumaría el vestidito negro a la camisa roja, comprada hace años, que nunca he estrenado? No la uso porque me aprieta, la compré una talla más grande segura de que eso se arreglaba –es demasiado linda para que no tenga arreglo– y, tras el arreglo, me convencí de que la que no tenía arreglo era yo: me la podría poner solo si no respiraba.

Tal vez se sumaría a los zapatos dorados tan caros como incómodos que descansan en el fondo del clóset, no los uso porque no soporto el dolor en el arco del pie tras diez minutos de llevarlos y tampoco los regalo porque realmente fueron caros.

Tal vez me inviten un día a una comida de diez minutos en la cual pueda usarlos con el vestido negro, si es invierno y llevo abrigo no se notará lo grande; tampoco me quedará tan grande si lo uso encima de la camisa roja.

No. La mentira podría derivar en la llegada de más vestidos de gusto o talla ajenos y vendrían de nuevo la ilusión, la duda, las ganas de encajar, la culpa, la desilusión –nunca acerca del vestido sino de mi cuerpo–, la búsqueda de soluciones absurdas.

Ni siquiera este little black dress amerita ese sufrimiento. El ciclo de la tortura se rompió desencadenando desilusión, dudas y absurdas soluciones al otro lado del teléfono:

“Gracias, mamá. Es bonito pero no me queda”.

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