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El señor de bigote que baila “Aserejé ja dejé…”

Samuel Giraldo

El señor de bigote que baila “Aserejé ja dejé…” Borrachos en las fiestas empresariales.

Se vino diciembre con su alegría y toda su ‘mañesada’ incluida. Ojo, con los ímpetus fiesteros en esta época del año. Disfrute, pero cuide las apariencias personales y profesionales que le deben durar el año entero y los venideros.

No tengo nada en contra de los señores con bigote, ni mucho menos, cosa alguna en contra de las Ketchup y su pañosa canción –por fortuna pasada de moda– “Aserejé, ja deje tejebe tude jebere sebiunouba majabi an de bugui an de buididipí”. Lo que sí me enerva hasta ponerme altivo, es ver en las fiestas crossover una escena que junte esas dos cosas. Es como un coctel letal que se tira cualquier reunión.

El punto va a que se llegó la hora de las fiestas empresariales de fin de año y que no faltará el proactivo empleado junior de la compañía que le de por llevar su iPod rumbero cargado con una mezcla inusitada de un poquito de Calle 13, diez canciones bailables del Grupo Niche, mucho de Carlos Vives, varios minutos de Dj David Guetta, algo de ‘Chente’ Fernández y docenas de cañonazos bailables donde compilan lo mejor de años viejos. Por supuesto, está el “Aserejé ja dejé…” de las medio gitanas Ketchup.

A esas reuniones hay que ir para no pasar de antisocial, o mejor de asocial y poco corporativo. Las mejores fiestas son en las que el jefe se integra a tope con todos los empleados y hasta se emborracha y empieza a echarle los perros a las practicantes, o a los practicantes. Es bueno verlos desdoblados prometiendo progreso a diestra y siniestra. Ojo, no se crea los cuentos, que al otro día no dan ni la hora.

Hay otro tipo de reuniones en donde el jefe se aparta de la movida y toma una distancia prudente; se sienta con la secretaria, el administrador, el jefe de recursos humanos y uno que otro sapo que le trae cerveza que el desprecia con elegancia. En ese tipo de fiestas hay que tener cuidado con los descaches, pues todo, absolutamente todo, puede ser usado en su contra.

No falta, que una vez terminado el protocolo empresarial, el iPod del muchacho se convierta en miniteca, se suben las cervezas a la cabeza y todos empiezan a bailar. También tenga cuidado, no es recomendable creerse que está en una discoteca para jóvenes o en grill para cuarentones. Por favor, no sea de esos que aprovecha esos 15 minutos de fama etílica para creerse el rey de la salsa o el trance. No abuse de su talento danzarín que le puede costar caro durante los siguientes 365 días.

Tenía un compañero cincuentón y de bigote que juraba que era el duro del baile, las compañeras gorditas y veteranas acudían en masa a él en las fiestas para que las sacara a bailar. Siempre he sido posmoderno y bastante observador en este tipo de cosas, por eso, confieso que cuando lo vi acercarse a una amiga agringada y mochiluda, seseando (sssssss) y bailando “Aserejé ja dejé…”, me sentí inmerso en un cuadro de un episodio de los Simpson en el que Flanders sacaba a bailar a Lisa.

La verdad era un buen hombre y le tenía credibilidad profesional hasta ese día. Nunca se borró de mí esa imagen con sus ímpetus de fiesta y su gran personalidad, pero lo que más me duele es que la agringada y mochiluda le gustó la vaina y no sólo bailó una, sino tres veces con el señor de bigote que bailaba de todo. Me sentí como el periodista perdedor que es derrotado por el impotable médico que se lleva a la cama a Natalie Portman y a Julia Roberts.

La moraleja está en que las fiestas decembrinas no tienen libreto, ni tienen fórmulas de comportamiento y que no hay un recetario para pasarla bien. Relájese y disfrute.

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