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En Twitter lo importante es ser un borrego

Samuel Giraldo

En Twitter lo importante es ser un borrego Foto: Revista Fucsia

Me gustan las personas que hacen comentarios cortos inusualmente inteligentes.

Me gustan las personas que hacen comentarios cortos inusualmente inteligentes. Un día una mujer cercana a mis sonrisas me dijo: “¿Te has dado cuenta de la gracia que tienen dos borrachitos abrazados buscando cruzar una calle o voltear por una esquina para llegar a su casa o a un nuevo bar?”. Su reflexión no superó los 50 ó 60 caracteres, pero despertó en mí un sentimiento de gracia y reflexión.

Dejemos que los periodistas sean notarios de la realidad, que los políticos se agazapen en dar sólo sus visiones de las cosas sin dejar que les contrapregunten, pero a la gente ordinaria, común y corriente, sigámosla en Twitter

Como ése, hay millones de simples comentarios diarios hechos por otros tantos ‘twitteros’ que se han vuelto la delicia de los teléfonos inteligentes y de los computadores portátiles. Pero para tener acceso a ellos, hay que buscarlos muy bien en el mundo de Twitter, como quien busca productos vegetarianos en una carnicería. Y en esa materia, sigo al dedillo aquella frase de los “mochiludos oenegeros” (de ONG) que propagan que en las comunidades de desplazados e indígenas necesitados que la tierra no es del dueño, sino de quien la trabaja. ¿A qué va el asunto? Pues bien, hay muchas cosas que se escuchan en el camino de la vida que son de quienes se apropian de ellas y no tienen por qué darles el crédito o simplemente decir que es un dicho popular o una frase atribuida a Oscar Wilde o Winston Churchill, a quienes les achacan todas las cosas inteligentes que dicen por allí. En tiempos de ‘twitteros’, como los que vivimos, se valen los plagios de frases célebres no superiores a los mágicos 140 caracteres. Incluso se vale mejorarlas. Adoro los 140 caracteres porque le pusieron freno a quienes creen que lo importante es el tamaño y no lo juguetonas que sean sus cortas palabras. Por eso, me cuesta tanto hacer esta columna de unos cuatro mil caracteres con espacios.

Cuando de seguir a alguien en Twitter se trata, hay que conocerse a sí mismo. Siempre recuerdo a mi padre escribiendo con la telegrafista del pueblo los curiosos telegramas de la época, era todo un arte en la concisión de las palabras y de los mensajes. El lenguaje era bastante ridículo, pero era el adecuado para el mensaje. Unos 30 años después, el fenómeno del Twitter no sólo revivió el género epistolar y el mismísimo cuento corto, sino que le devolvió el juego a escuchar cosas cortas e inteligentes.

Gracias a Dios hoy todo mundo puede ser ‘twittero’, cualquier persona puede decir lo que piensa y no le dejamos este maravilloso medio de comunicación de masas a los periodistas tradicionales, quienes con sus frases de cajón y situaciones prefabricadas tienen capturado el mundo. Me encanta cómo teorizan sobre el Twitter y cómo pretenden pedir que sólo ellos puedan usarlo para sus oficios de notarios de la realidad, perdiendo de vista que todo el mundo vive su propia realidad y que no necesita de notarios para que cuenten qué sucede en cualquier vida.

Sigo a los ‘twitteros’ de sentido común diverso, que cuentan situaciones cotidianas de sus vidas simples, no sigo por principio a periodistas amañados, formados para dar la visión de sus amos de las comunicaciones. Me importa si un restaurante es bueno en pocos caracteres sin que pase por el filtro de un jefe de redacción a quien le dé por contrastar las versiones. Me importa la opinión de la gente sobre los políticos, artistas y deportistas como quien ve un noticiero, va a una obra de teatro o se sienta en una silla del cine.

Estoy seguro de que los expresidentes, ministros, gobernadores y alcaldes tiene sus cuentas en Twitter porque no existen las contrapreguntas corchantes de una entrevista. A ellos sí dejémoselos a los periodistas para que hagan su oficio, pero a la vida simple dejémosle que la bitácora sea su majestad el Twitter.

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