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Esa época del año Esa época del año

Para algunos, la Navidad ha perdido su brillo y encanto, pero depende de cada persona volverla una época mágica

Por Odette Chahín
 
Un 25 de diciembre me cayó un regalo del cielo, literalmente: una hermosa pelota de colores. Pensé que era otro regalo más de Santa Claus y me puse a jugar con ella, feliz. Mis padres habían hecho un excelente trabajo suplantándolo durante muchos años, complaciendo las exigencias de mi lista de regalos. Varias veces intenté quedarme despierta para ver al viejito panzón del Polo Norte en mi sala, pero siempre me quedaba dormida. La Navidad me parecía una época mágica, alegre; diciembre era mi mes favorito.

Todo cambió cuando una pobre infeliz (seguramente inconforme con sus regalos) me arrebató mi inocencia, contándome la verdad sin piedad: “Santa no existe, son tus papás”. (¡Thanks, bitch!) Años después, con algo de acción retardada, deduje que la pelota que me había caído del cielo no me la había lanzado Santa, sino que se les había perdido a los niños del conjunto residencial que quedaba detrás de mi casa. Desde entonces, cuando se acerca la Navidad, no me emociono, por el contrario, me deprimo. Me siento como una versión más joven, pero igual de amargada que Scrooge, aquel personaje que odiaba la Navidad. Todo me parece artificial, los árboles de Navidad, la nieve, las panzas de los Santas.

Cada vez que me monto en un taxi me exigen el ‘aguinaldo’, que es casi como un minipaseo millonario. Los villancicos como el de “Rom pom pom pom, rom pom pom pom” y Mamá, ¿dónde están los juguetes? me hacen llorar, y las Novenas cuyo objetivo central debería ser rezar, ahora giran en torno a comer buñuelos y natilla, que lo engordan a uno como la lechona que van a servir la nochebuena. En Navidad el planeta entero se transforma en ‘Las Vegas’, se llena de luces multicolores, que despilfarran electricidad que da miedo.

Cada centro comercial compite con la decoración más ridícula y aparatosa, que parece obra de la esposa de un ‘traqueto’. Y cada vez vemos más Santas, más muñecos de nieve, más renos, y menos al mismísimo protagonista de la Navidad, el Niño Dios, que al parecer ya pasó de moda porque no usa pañal marca Diesel; “Señor, perdónalos porque que no saben lo que hacen”. Es una época de fingir que es ‘invierno’, de fingir que tenemos suficiente para gastar, que todo está bien.

En algún momento, a lo largo de los años, el concepto de Navidad se distorsionó, pasó de celebrar la llegada de Jesús, a convertirse en un homenaje al consumismo, a lo material. Lastimosamente, es una época en la que se nota más la diferencia entre los que tienen mucho y los que no tienen nada, porque nuestra cultura de consumo nos ha enseñado que, si no hay regalos, no se da una feliz Navidad.

Pero no todo es malo, la Navidad es una excusa para reunirse y compartir con la familia y los amigos, un buen momento para hacer las pases, y hasta para echarle los perros a la traga de oficina en la fiesta de la empresa. También es época de comer delicioso, sin remordimientos, porque la dieta empieza en enero.

El tiempo navideño puede ser algo triste para muchos, porque recuerdan a personas que pasaron a mejor vida y a aquellas que por algún inconveniente no pueden hacerse presentes; por eso, la Navidad, más que saber a pavo, sabe a melancolía, como decía Augusta E. Rundel: “Navidad es esa sábana mágica que nos cubre, es algo intangible como una fragancia. Pueda que teja un hechizo de nostalgia. Navidad puede ser un día de celebración, o de oración, pero siempre será un día para recordar, un día en el que pensamos en todo lo que alguna vez hemos amado.”

Tal vez pensando en estas palabras, esa magia que había perdido cuando me enteré de que no existía Santa, la he ido recuperando poco a poco cuando veo fundaciones y personas de buen corazón, como mi abuela, que recolectan dinero, mercaditos y juguetes para celebrarle la Navidad a familias y a niños de escasos recursos. Ahí es cuando uno realmente entiende el significado de que “dar es mejor que recibir”. Los invito a que hagamos de esta Navidad una época mágica, a que hagan las veces de esas personas que le dieron posada a María y José, a que se conviertan en Reyes magos o a que se transformen en Santas. El mejor regalo es el que nadie espera. Regale un almuerzo a alguien de la calle, un juguete a un niño desamparado, una sonrisa a un desconocido, y contagie a los demás del verdadero espíritu de la Navidad.

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