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Mujeres de la paz: Herika*

Revista FUCSIA

Mujeres de la paz: Herika* Imagen: Maria Berrío.

"Cuando alguien ingresa a un grupo armado, no se puede desconocer que vivió muchas experiencias de vulnerabilidad que le llevaron a tomar esa decisión".

Lleva la guerra en el cuerpo, no solo en su astillada tibia que la detonación intempestiva de un fusil casi destruye para siempre y la hizo militar durante tres años en muletas por la selva; también en su vientre, en donde sentía el miedo cada vez que oía el sonido de un avión, o cuando a media noche bajo la lluvia, la levantaban para emprender el camino.

Cuando tenía 9 años mataron a su padre y junto a sus 6 hermanos debieron ir a vivir donde su abuela porque les arrebataron la finca. Allá, en esa tierra ajena, todo el mundo sentía que tenía derecho a pegarle, ponerla a trabajar, abusar de su inocencia. Hombres mayores, familiares y desconocidos desgarraron su interior. Harta de que nadie la protegiera y ya en plena adolescencia, cuando los consuelos se empiezan a buscar afuera, una noche en un bar, Herika se topó con un hombre que llevaba un fusil bajo la ruana.

“Cuando alguien ingresa a un grupo armado, no se puede desconocer que vivió muchas experiencias de vulnerabilidad que le llevaron a tomar esa decisión”, sentencia. Ella solo deseaba soltar su frondoso pelo crespo sin que le faltaran el respeto, y por eso salió de la mano de ese hombre al monte a huir de sí misma.

En su piel canela fueron quedando consignados, entre cicatrices, los avatares del conflic-to. Aprendió a pedir permiso para ir al baño, ducharse y dormir. Se olvidó de los vestidos y se ajustó a un uniforme que la acompañó en las travesías infinitas. Pero después del accidente en su pierna derecha, ahí justo cuando estaba entre la vida y la muerte, pensó que quería darse otro chance.

Sobrevivió y logró que, después de años de que nadie se ocupara de sanar su pierna que parecía “una cuchara”, un comandante se apiadara de ella y la regresaran a la casa. Por suerte, aún recordaba el celular de su mamá, que aceptó recibirla de nuevo. “Desde el momento en que cualquiera que está en el monte toma la decisión de abandonar el grupo armado, ya está ayudando a la construcción de un mejor país, a soñar con estar en familia, tener empleo, vivir en paz sin miedo”.

En la libertad, se acogió a la Agencia Colombiana para la Reintegración, y primero tuvo que sanar el cuerpo para luego pasar a limpiar el alma de su pasado. “Yo aprendí a reconciliarme conmigo misma, a valorar la vida, el trabajo. Todos tenemos derecho a pedir perdón, a perdonarnos a nosotros mismos y volver a nacer, a ser valorados por lo que somos y no solo por lo que fuimos”, dice ahora Herika, que trabaja en programas preven-tivos para que no exista el reclutamiento.

“Compartir mi testimonio es la oportunidad de decirles a cientos de jóvenes la realidad de una guerra que nadie sospecha”.
Entre sus talleres y horas de servicio social con los niños de la fundación Enfantes, esta mujer ha comprado una serie de máquinas para emprender una microempresa de confección de cacheteros y vestidos de baño con su madre y sus hermanas. “Yo estoy convencida de una cosa que siempre les digo a los jóvenes en los colegios: no hay que empuñar un fusil, ni ser un político importante para hacer que este país sea mejor. Yo con mis máquinas ya estoy cambiando mi realidad y la de mi familia”.

*Seudónimo.


Imagen: Maria Berrio.

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