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Kevin Spacey, el político que Obama admira

Fucsia.co

Kevin Spacey, el político que Obama admira Zoe Barnes (Kate Mara); Francis Underwood (Kevin Spacey); Claire Underwood (Robin Wright); Doug Stamper (Michael Kelly); Christina Gallagher (Kristen Connolly)

Que el fin justifica los medios y que hay que ser maquiavélico para manejar los hilos del poder, son las lecciones de House of Cards, la serie que ha convertido a Kevin Spacey en el villano más atractivo de la televisión.

Los detractores republicanos de Barack Obama podrían utilizar un arma en su contra: recientemente él reconoció su fascinación por un político que, aunque brillante, es tan ambicioso que no teme sobornar, engañar e, incluso, matar, con tal de conseguir sus propósitos. El objeto de admiración del presidente de Estados Unidos es Francis Underwood, un demócrata consagrado como él, proveniente de Carolina del Sur, que empezó como cabeza de las mayorías en la Cámara de Representantes, pero que a punta de estratagemas ha escalado las más altas posiciones del Gobierno. Pese a tratarse de un personaje de ficción interpretado por Kevin Spacey en la exitosa serie de Netflix House of Cards, el jefe de Estado manifestó que lo envidia porque le encantaría que en Washington “las cosas fueran tan eficaces” y las iniciativas se aprobaran tan rápido como lo logra su colega de la televisión.

Obama es solo uno de los fanáticos que se han dejado seducir por este villano. El año pasado, en una reunión con ejecutivos del sector de la tecnología, preguntó en broma si alguien tenía copias de capítulos nuevos. Luego, con motivo del lanzamiento de la segunda temporada escribió en su cuenta de Twitter: “mañana House of Cards. No me anticipen detalles, por favor”. Como si fuera poco con semejante publicidad, los creativos del programa les pidieron a políticos reales que participaran en un video en el que imitaban diálogos de Underwood: “nunca tomo una decisión tan grande después del atardecer y tan lejos del amanecer”, fue la línea que le correspondió al verdadero líder de las mayorías en la Cámara, el representante Kevin McCarthy. A este se le fue la lengua cuando en son de chiste expresó: “si pudiera matar a algún congresista no tendría que volver a preocuparme por otro voto”. La organización Generation Progress, que promueve el ObamaCare, o plan de salud, aprovechó el furor del show para copiar una de sus célebres frases: “hay dos clases de dolor, el que te hace más fuerte y el innecesario. Protégete”. Incluso los realizadores de la producción revisan permanentemente las redes sociales de los miembros del Congreso para responder a sus comentarios. Cuando a Adam Kinzinger se le ocurrió escribir “feliz cumpleaños 205 para Abraham Lincoln”, los de House of Cards anotaron: “nosotros no andamos pensando en celebraciones”.

Paradójicamente, Kevin Spacey reconoce que odiaría ser político. “Sería muy frustrante no poder hacer las cosas, pues es una carrera con muchos obstáculos”, expresó recientemente a The Wall Street Journal. Para meterse en la piel de uno de ellos se dedicó a seguirle los pasos al republicano McCarthy en el Capitolio, entre otros parlamentarios. Lo cierto es que puso a la audiencia, incluso a los más desinteresados en los temas de gobierno, a hablar de cómo se manejan las altas esferas. “Esta serie recrea ‘el mundo del poder político’, al que la mayoría de personas alguna vez ha querido tener acceso. Además, es una práctica que se puede trasladar a cualquier sector, como una empresa”, comentó a FUCSIA María Carolina Hoyos Turbay, viceministra de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. “Se trata de quién es más estratégico. Aunque sea ficción, vincula elementos reales que forman parte de la historia de nuestra civilización, como las guerras de imperios, en las que países y ejércitos se movían como fichas de ajedrez. Esto siempre ha fascinado a los televidentes porque es como ver ‘tras bambalinas’ estando en primera fila”.



Cinismo y maquiavelismo son sustantivos inherentes a House of Cards. Spacey se niega a catalogar a Frank de villano: “es brutal pero eficiente. Le corresponde al público decidirlo, no soy quien debe juzgarlo, solo puedo transformarme en él de la manera más honesta”. Para el crítico cultural Samuel Castro, está lejos de ser el típico antihéroe “que por definición es un bueno con defectos, como un protagonista, que es alcohólico. En este caso estamos ante un ser básicamente malo con algunos rasgos buenos. Es un malvado con estilo: nos parece simpático y nos vuelve cómplices de su corrupción con el recurso de hablarle directamente a la cámara, con un toque de Ricardo III que comparte sus siniestros planes con el público”.

En términos de Shakespeare, Claire Underwood, la calculadora y refinada esposa de este político, protagonizada por Robin Wright, podría ser entendida como la perfecta lady Macbeth. La misma actriz la describe como “una mujer de negocios diligente”. La interpretación le valió un Globo de Oro y ha significado el renacer de su carrera, pues la exesposa de Sean Penn se alejó temporalmente de los sets para dedicarse a sus hijos.

Quizá la pregunta más recurrente desde el lanzamiento de la producción es qué tan cierta es la realidad que presenta: Frank Underwood es una especie de “lobo herido” que se siente traicionado cuando el presidente no cumple su promesa de nombrarlo secretario de Estado. Su motivación para llegar a la cima es la venganza y en ese camino incluso consigue disfrazar de suicidio un asesinato, pero al mismo tiempo trabaja en una ley de educación. Hank Sheinkopf, asesor demócrata de Nueva York, opina que está llena de exageraciones: “es exitosa porque le muestra a la gente lo que esta cree que es la arena política y alimenta sus miedos acerca de cómo funciona supuestamente”. Algunos críticos consideran que la serie responde al sentimiento colectivo que se vive en la actualidad. Plantean que The West Wing, su antecesora, fue también hija de su momento histórico: apareció en 1999, a finales de la era Clinton, y representaba a un presidente paternal y liberal y a su séquito de burócratas optimistas. “Los políticos de House of Cards, por el contrario, están moralmente en bancarrota y son oportunistas”, lo que refleja la percepción de la era “de la posesperanza Obama”, en la que ninguna ley pasa porque se dé un discurso vehemente, analiza Adam Sternbergh en el diario The New York Times.

 “Al ver las noticias después de una grabación me doy cuenta de que no estamos tan locos”, opina Kevin Spacey. Su personaje transmite el espíritu incrédulo que tiene su creador frente al servicio público: se trata del británico Michael Dobbs, quien fue jefe del staff del Partido Conservador y asesor de Margaret Thatcher hasta que ella lo despidió porque no estaba satisfecha con sus servicios, durante la campaña electoral de 1987. Debido a esa desilusión, él inventó a un político cuyo objetivo era deshacerse del primer ministro y desarrolló una aclamada trilogía de novelas. Cuando le preguntan por la veracidad de sus historias asegura que “el 95 por ciento” de lo que escribió es basado en hechos presenciales. Sus relatos fueron adaptados exitosamente para la televisión por la BBC en 1990 y trece años después él se convirtió en uno de los productores ejecutivos de la versión norteamericana de Netflix. Además se encargó de darle al creador de esta nueva apuesta, Beau Willimon, de 36 años, un tour por el parlamento inglés para que conociera los tejemanejes de los distintos sistemas de gobierno.

Sin embargo, el joven escritor ya había respirado de cerca el universo del poder: participó en varias campañas políticas manejando la logística de los eventos y esa experiencia lo motivó a escribir una obra de teatro sobre el tema que, a pesar de haber sido rechazada por cuarenta compañías artísticas, fue bien recibida por los estudios Warner Bros., que la convirtieron en la película The Ides of March, protagonizada y dirigida por George Clooney. Su anarquismo es evidente: “todos los políticos son asesinos o deben estar dispuestos a serlo. Lo que estamos mostrando es una dramatización de eso que les permite a ellos hacer lo indecible, ya sea facilitar la muerte de un congresista o enviar cien mil tropas a la guerra. ¿Eso es más o menos atroz que lo que hace Frank Underwood?”, cuestionó en el periódico The Telegraph. Willimon decidió que su protagonista sería demócrata para no caer en el estereotipo de Hollywood de los conservadores perversos versus liberales idealistas. Desde su perspectiva, nadie en estas posiciones juega limpio sin importar en qué lado esté. Spacey lo respalda al afirmar que Frank “admira a Lyndon B. Johnson, quien durante su presidencia fue criticado por Vietnam, y al mismo tiempo pasó tres proyectos de ley en un periodo muy breve”.


La actriz Robin Wrigth, mujer de Kevin Spacey en la serie House of Cards

Una eficacia similar probó tener el modelo televisivo inaugurado con House of Cards. El actor señala que gracias a las nuevas tecnologías “los espectadores desean tener el control” y la libertad de ver sus programas como quieran. Cuenta que cuando nació la idea de la serie, todas las cadenas exigían un piloto que en menos de 45 minutos contara la historia y enganchara: “nosotros estábamos creando personajes complejos que solo revelarían su ser con el tiempo”.

Por eso, junto con el productor David Fincher, terminaron en manos de Netflix, una plataforma digital que hasta el momento solo reproducía series y películas, pero no tenía contenido propio. El propósito de este proyecto era ofrecer la totalidad de los trece capítulos iniciales sin que sus seguidores tuvieran que esperarlos semana tras semana. La compañía tenía cifras que demostraban que a los dramatizados con tramas complejas les iba mejor cuando salían en DVD, y que los más populares eran los episódicos tipo CSI y The Big Bang Theory, que en cada entrega cuentan con un inicio y un desenlace. Netflix se arriesgó a invertir cien millones de dólares para que se llevara a cabo la primera temporada completa de la producción, y garantizó la realización de trece episodios más, con lo que renunciaba a la oportunidad de ir revisando la respuesta del público. La táctica funcionó: desde su lanzamiento consiguió diez millones de nuevos suscriptores, completando cerca de cuarenta millones. 

Por su parte, Kevin Spacey, dos veces ganador del Óscar, espera que la recompensa por House of Cards sea cumplir su sueño de trabajar con Woody Allen, a quien le otorgó una suscripción a Netflix buscando que su interpretación hable por sí misma. Porque si algo caracteriza al actor es su silencio frente a su vida privada. Su inclinación sexual sigue siendo tan dudosa como la de Frank Underwood, quien en algunos capítulos hace notar cierto gusto hacia personas de su mismo género. Quizá precisamente en ese secretismo radica su poder a la hora de cautivar audiencias: “cuanto menos sepan acerca de mí, más fácil los convenceré de que soy ese ser que ven en la pantalla”.

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