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Julia Fernández y Marina Laurence

Julia Fernández y Marina Laurence Julia Fernández y Marina Laurence

Madre e hija se reparten en los gajes que implica decorar cerca de 36 apartamentos al año. El secreto de su éxito está en involucrar en el proceso a toda la familia para la que trabajan.

Hace un par de semanas, Julia y Marina iban juntas en el carro, cuando de pronto vieron al frente de un edificio, sobre el pasto y listo para ser botado, un gran marco de madera. “El portero va a pensar que estamos locas”, le dijo Julia a su hija mayor, y paró el carro. Se bajaron sin pena y entre las dos lo montaron en la parte trasera del vehículo. Hoy, ese objeto restaurado es la pieza central de una sala. En lugar de usarlo como marco tradicional, lo usaron de forma adicional y lo rellenaron con pequeños lienzos.

Julia ya tiene el ojo entrenado, lleva más de veinte años en el negocio de la decoración. Ella estudió Diseño Interior en el exterior, y recuerda que desde niña tenía un impresionante sentido de la estética. Es más, sus dos hermanas mayores siempre la ponían a organizar el cuarto que compartían en su casa de Barranquilla. Viene de una familia de ascendencia alemana de seis hermanos, tres hombres y tres mujeres.

Su hija, Marina, que más bien parece su mejor amiga, le complementa las ideas y le termina las frases. Ella cuenta que es de ese gen alemán del que su mamá heredó la organización que la hace ser supremamente exitosa en este oficio. “Jamás entrego una obra tarde”, dice Julia, y anota que en promedio se demoran tres meses en un trabajo.
Tal vez de sus antepasados germanos viene la carga genética que la hace convertirse, dice Marina, en “un sargento” a la hora de lidiar con los obreros y los proveedores. No deja pasar una. Si alguno no cumple con las fechas de entrega, con mucha lástima, se va, pues no le sirve. “Mi fuerte es el servicio ante los demás”, afirma. Nada de esto sería posible sin la agenda en la que todo lo anota y luego va tachando. También dice que uno de sus secretos es tener una orden de trabajo separada para todas las personas con las que se está trabajando.

En la dupla Julia-Marina no hay tareas específicas preestablecidas. A medida que van surgiendo temas, se dividen el trabajo. Sin embargo, las dos cuentan que en temas de entregas Julia se entiende con los empleados, y Marina aporta la estructura mental que le dio estudiar Bellas Artes y trabajar durante muchos años en mercadeo.

El éxito de su empresa seguramente se debe a que ellas se involucran hasta la médula con la familia o cliente con el que trabajan. Saben que al ingresar a una casa están entrando en la vida de alguien y, por respeto, no son el tipo de decoradoras que llegan a botar todo lo que no les gusta. Preguntan qué muebles definitivamente se pueden ir, y cuáles son los que se deben quedar. A partir del estilo comienzan a restaurar los otros muebles y a recrear nuevos espacios, siempre con la aprobación previa del cliente. “La idea es que el dueño de la casa sienta que también es su casa, no un espacio que otro creó para él”, dice Julia. Además de mantenerse ocupadas con el cuento de la decoración –en promedio tres apartamentos al mes–, Julia y Marina también tienen un negocio de lencería que ofrecen como opción en las casas que decoran. Las cortinas, los cobertores, las sábanas, se las pueden encargar, y ellas se encargarán de escoger los mejores materiales y diseños. Una de sus especialidades en esta materia es los cuartos de bebés. Les gusta que no tengan los temas obvios, sino más bien algo cálido y sugerente.

Se ven seis días a la semana –los sábados se reúnen con los clientes–, por eso, el domingo es sagrado y casi ni si se llaman por teléfono. Marina pasa tiempo con su esposo y su hijo Samuel, y Julia ayuda en la iglesia de Cajicá, en donde vive tranquila cerca de la naturaleza.

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