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La buena vida y la ‘Generación Y’

Por: Lila Ochoa

La buena vida y la ‘Generación Y’ La buena vida y la ‘Generación Y’

Una gran responsabilidad nos compete a los padres de los muchachos que forman parte de esta generación.

Criticar a las nuevas generaciones no es nada nuevo. Detestar a los papás por hacerlo, tampoco, pues ésta es una fase de la vida por la que todos hemos pasado. Cuando uno tiene 20 años piensa que lo sabe todo y que los papás son unos viejos que no entienden nada. Hoy me río de pensar que le tocó el turno a mi generación. Ahora yo hago parte de “los viejos”. La diferencia está en que, en otras épocas, jóvenes y viejos tenían muchas cosas en común y la distancia generacional no era tan grande, pues los cambios no se sucedían tan rápido.

Pero, ¿qué está sucediendo ahora? Para empezar, nuestros padres crecieron en medio de la dureza de la Segunda Guerra Mundial y sólo pensaban en ahorrar para los tiempos difíciles, y nosotros crecimos sin mayores dificultades y creímos que nos podíamos dar el lujo de prometerles felicidad eterna a nuestros hijos, pensando que teníamos el poder de hacerlo, y ellos se lo creyeron. Los criamos dándoles todo: educación, bienes materiales y, de paso, haciéndolos creer que tenían derecho a la buena vida per se.

Además, ellos crecieron en medio de una relativa bonanza, pues el mundo se volvió rico de un momento a otro y, por cuenta de eso, nuestros hijos se acostumbraron a gastar sin pensarlo. No hablo de los jóvenes que nacieron en hogares de escasos recursos, hablo de los privilegiados por la vida, de los que lo tuvieron todo. Pero, como la realidad termina por imponerse tarde o temprano, esta generación se encontró con un mundo en crisis. Crisis que ha arrasado con los bancos, con las inversiones, con los ahorros de miles de trabajadores y con las esperanzas de toda una generación de tener algún día una casa, una pensión, una estabilidad.

Las posibilidades de trabajo son pocas hoy, los recursos naturales se están agotando y el cambio climático dejó de ser ciencia ficción. Y nosotros, con las mejores intenciones, terminamos engañando a nuestra prole. Tanto esfuerzo para darles todas las oportunidades y se nos olvidó un pequeño detalle: enseñarles que en la vida nada es gratis, que todo se consigue, como dice la Biblia, con el sudor de la frente. No les enseñamos a pensar en el mañana y se acostumbraron a vivir el hoy. Es una generación que no sabe conjugar verbos en futuro y que toma decisiones sin pensar en las consecuencias. Puede que la fábula de Esopo de la cigarra y la hormiga les parezca cosa de dinosaurios, pero la verdad es que sigue permaneciendo vigente después de cientos de años. La hormiga que trabaja todo el verano para tener casa y comida en el invierno tendrá todo aquello por lo que ha trabajado, mientras que la cigarra, que sólo piensa en gozar la vida sin hacer ningún plan para el futuro, está condenada a morir de hambre y de frío.

Como dicen, los pecados de los padres los pagan los hijos. Aunque no se avista una reflexión de mi generación alrededor de este tema, todavía hay tiempo para cambiar el curso de las cosas. No nos hemos dado cuenta de que darlo todo no es amor, sino una irresponsabilidad. Hacerles pensar a estos jóvenes que están en este mundo como una ostra protegida por su concha es un error fatal. Aun más, creemos que si están en dificultades tenemos el deber de recibirlos de nuevo en la casa, en lugar de hacerles ver que tienen que enfrentar sus responsabilidades.

No es que yo tenga la solución, pero sí tengo la certeza de que algo falló en este modelo para que ellos piensen que el amor es cuestión de un rato, mientras aparece la próxima pareja; que ya verán cómo se pagan las deudas y que el futuro como es hipotético, es algo de lo que no hay que ocuparse, pues se resuelve solo.

La verdad es que sin saber cómo ni cuándo el mundo entró en bancarrota y la buena vida ya no es un derecho inalienable. Los viejos tenían razón: el esfuerzo y el trabajo forman el carácter. No sé si podamos cambiar el curso del mundo, pero, por lo menos, tenemos la obligación de reflexionar para que ellos lo intenten.

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