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Yo soy  Venezuela Foto: AFP

"Maduro solo piensa en ganar las elecciones que teme perder en manos de los ciudadanos que viven en la frontera y que en los últimos 500 años han compartido, como yo, las arepas y los boleros de Sadel", afirma en su editorial, Lila Ochoa, directora de la Revista FUCSIA.

Yo soy Venezuela. Por qué, se preguntarán los lectores. Pues mi tía Gloria, hermana de mi mamá, se casó en Cali con un venezolano en los años cuarenta y desde entonces mi familia materna comparte tradiciones venezolanas con las colombianas.

En esa época, durante la dictadura de Pérez Jiménez, varias familias se radicaron en el Valle del Cauca. Eran los venezolanos los que huían de su patria buscando un mejor futuro en estas tierras. Crecí comiendo hayacas en diciembre y pastel de plátano con los fríjoles (o caraotas, como les dicen nuestros vecinos).

Cuando en Colombia no existían chocolates suizos o enlatados, compartí con mis primos y mis hermanos esas delicias que llegaban a la casa de mis tíos. Los boleros cantados por Alfredo Sadel nos acompañaron en nuestros primeros romances adolescentes y endulzábamos las penas de amor al ritmo de sus canciones.


Foto: Paloma Villamil

Así como se mezclaban los platos de un lado y del otro para convertirse en una única herencia, compartimos las dos nacionalidades. Como la casa de mi tía era frente a la de mis abuelos, todas las vacaciones las pasábamos juntos.

Allí aprendí a montar bicicleta, a subirme a los árboles y a recorrer los sembrados de caña a caballo. Las dos familias crecimos como una y por eso hoy no puedo pasar por alto el sufrimiento y el dolor que están padeciendo colombianos y venezolanos en las regiones que dividen los dos países, pero que en realidad, como en mi caso, compartimos Colombia y Venezuela.

Viendo los noticieros no puedo dejar de comparar esas imágenes con las de los nazis en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. No le bastó a Maduro expulsar a los colombianos, tenía que marcar sus casas con una D, de destrucción, y aplastarlas.

Obligarlos a huir cruzando un río llevando unos pocos enseres al hombro. Y, peor aún, le pareció correcto dividir familias, arrancar de los brazos de sus madres a los niños venezolanos de nacimiento. Todo sin que le tiemble el pulso. Y todavía piensa que bailando La pollera colorada va a conseguir réditos.

No nos podemos hacer los ciegos y sordos. No sé qué me duele más, si verlo celebrando sus audacias al ritmo de una cumbia delante de una muchedumbre que no entiende lo que está pasando, o pensar en los familiares de mis primos que están presenciando esta locura sin poder mover un dedo por miedo a las represalias.

No crean, nuestros vecinos, que su gobierno se está conformando con sacar a empellones a 2 mil o 5 mil colombianos. Ustedes se están quedando sin país. Maduro solo piensa en ganar las elecciones que teme perder en manos de los ciudadanos que viven en la frontera y que en los últimos 500 años han compartido, como yo, las arepas y los boleros de Sadel.

No puedo creer que el mundo siga impávido sin reaccionar a estas imágenes. ¿Tendremos que esperar a que Maduro organice campos de concentración y cámaras de gas?

Así como el mundo se levantó en una sola voz de protesta cuando mataron a los caricaturistas en Francia, así deberíamos salir todos a la calle con un letrero que diga Yo soy Venezuela. Yo soy Colombia. ¡Somos hermanos y un loco no nos puede enemistar!

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