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La dignidad antes que todo

Lila Ochoa

La dignidad antes que todo La dignidad antes que todo
Las revelaciones sobre la zona de turbulencia por la que están pasando el presidente de Francia, François Hollande, y su compañera, Valérie Trierweiler, han transcendido a la prensa internacional y lo que era un asunto privado se volvió público. Ya los detalles de la historia se conocen hasta la saciedad: que solo usa un tipo de zapatos –así lo descubrió la revista Closer–, que la indignidad de la moto, que si el casco…, en fin, lo único que no se dijo fue que la infidelidad, el engaño y la mentira de un presidente en su vida privada dejan mucho que desear desde el punto de vista de la ética que corresponde a un gobernante. Sin embargo, ese no es mi tema pues, como alguna vez me dijo un psiquiatra, los hombres creen que lo de la infidelidad no se les aplica a ellos, pero está prohibida en el caso de las mujeres. Sin embargo, según el médico, la ética no tiene sexo.

Es Valérie la que me interesa. Una mujer que se jugó el todo por el todo, creyendo en François Hollande y apoyándolo durante su carrera política. Que decidió dejar su trabajo como periodista en Paris Match para pasar a un puesto irrelevante en la sección de cultura. En cuanto a su relación con Hollande, aceptó desempeñar el papel de compañera sin matrimonio. Le tocó una que otra humillación, pues el resto del mundo no sabía qué hacer con una mujer que no era la esposa del mandatario y que, por lo tanto, no podía ser la primera dama. Todo esto para que un día cualquiera su compañero de vida le dijera que hacía dos años se había enamorado de otra y que por cuenta de unas fotos el escándalo iba a estallar al día siguiente. ¿Cómo reaccionó Valérie? Se le acabó el mundo, trató de suicidarse, no tuvo la dignidad de irse, simplemente.

Pero esta historia pasa más veces de las que uno se imagina. Le pasó a una amiga mía con un marido común y corriente, es decir, no famoso. También se le entregó, como dicen, con alma, vida y sombrero, y él la dejó por una mujer más joven. La dejó sin vida y sin alma, como a Valérie.

Error craso el de muchas mujeres. Para bien o para mal, la liberación femenina es una realidad, pero los derechos traen responsabilidades. “Hay que tener lista la cartera para irse”, me digo a mí misma todos los días y no porque no crea en el amor, al contrario. Pero si una mujer es independiente económicamente, si tiene un mundo propio, unos intereses que la apasionen, va a ser siempre mucho más atractiva como ser humano. Las mujeres detentamos el poder de la belleza entre los 20 y 40 años, pero después de esas edades lo que cuenta es otra cosa: las cualidades que se han cultivado, la independencia para decidir, para gastar, para pensar. Solo así se puede dar una relación entre iguales, no de amo y esclava. Uno no tiene escritura pública sobre el ser que ama, es una realidad y hay que aceptarla así. No se trata de hacer juicios morales, se trata de sobrevivir.

La dignidad era la única arma que la Trierweiler podía haber esgrimido, sin embargo no la usó, prefirió irse para la India a un viaje programado para la primera dama de Francia. Es mejor vivir sola que mal acompañada. Ya le llegará su hora a los hombres que piensan que todo lo pueden y que la fidelidad es solamente para las mujeres. La soledad que llega con la vejez es dura y ese es muy seguramente el destino de los infieles.=

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