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Aunque las nuevas tecnologías y redes sociales fueron creadas para comunicarnos, los narcisistas las usan para buscar fans.

Por Odette Chahín
 
Hace poco, me llamó una amiga llorando a cántaros, le habían robado su amado computador. Me angustié, pensando en los documentos y archivos valiosos e irrecuperables, referentes a su trabajo, que le habían quitado. “Eso es lo de menos, ¡mis fotos!”, dijo ella con dolor, como si le hubieran extraído un riñón mientras dormía. Lo que más miedo le daba es que muchas fotos, producto de su excesiva vanidad y narcisismo, rayaban en lo pornográfico, y fácilmente podría ser extorsionada o, peor aun, podrían publicarlas y acabarle su reputación de persona ‘divinamente’.

Hoy, debería de haber menos mujeres con nombres como Paola, Diana y María, y más con el nombre Narcisa, que son las que cargan espejos a todas partes, dicen que si no fueran ellas saldrían consigo mismas y no resisten tropezarse con una superficie reflectiva sin verse, bien sea una vitrina de almacén o la cuchara de plata de un restaurante. Para estas personas, las nuevas tecnologías, como celulares y computadores con cámara incluida, han sido el mejor invento de la humanidad, ya que les permite convertirse en sus propios paparazzi, sus ídolos y fans al mismo tiempo.

Sin duda, es un buen momento para ser narcisista, ya que existen para las personas hambrientas de atención muchas plataformas y ventanas virtuales dónde exhibirse. El narcisismo ha existido desde que el hombre descubrió el espejo y se descubrió a sí mismo. ¿Qué harían los narcisistas antes de que inventaran la Internet, Facebook, Flickr y Twitter? Seguramente, se la pasaban todo el día viéndose en el espejo, estudiando sus mejores ángulos y gestos y entrenando a sus loritos para que les dijeran “¡mamacita, rica y sabrosita!”.

Y está bien ser vanidoso, por lo menos para que no lo confundan a uno con Chubaka por la calle. Pero el narcisismo extremo es peligroso, tanto para el narcisista, como para los que están a su alrededor. Tal vez los Narcisos de hoy no se hundan en el lago viendo su propio reflejo, pero sí se pueden chocar viendo su hermoso reflejo en el retrovisor del carro. Hay una frase que dice: “El ego tiene un apetito voraz, cuanto más lo alimentes, más hambriento se pone”.

Dicen que las fotos que ponemos en nuestro perfil de Facebook resumen muy bien cómo somos. Los que ‘suben’ fotos de sus hijos, los aman y se sienten orgullosos de exhibir lo bien hechos que les quedaron. Los que incorporan fotos de celebridades u otra gente, quisieran ser mejor parecidos. Los que ponen una foto editada donde sólo se ve un ojo o parte del cuerpo se sienten inseguros y por eso prefieren la abstracción. Los que se exhiben sin camisa o en vestido de baño quieren que los noten y que los feliciten por pagar el gimnasio y, además, usarlo. Los que muestran primeros planos con poses tipo America’s Next Top Model están esperando que alguien los descubra, ven al mundo como su pasarela. Finalmente, los que colocan imágenes tiernas de muñequitos o personajes de ficción, no le prestan mucha atención a la parte física, ni les gusta llamar la atención. Lo cierto es que por cada foto bonita y perfecta que ‘postea’ un narcisista hay cincuenta fotos que desechó antes.

Un estudio de la Universidad de Oxford concluyó que 50 por ciento de los hombres son más dados a retocar sus fotos que las mujeres. Contrario a lo que se piensa, ellos son más vanidosos que nosotras, suelen venir acompañados de egos XXL. Hace poco, pude comprobar esto. Un grupo de amigos solteros emprendió un viaje a Europa. Uno de ellos publicó sus fotos del viaje en Facebook, en las que aparece abrazando y entrepiernando a una de sus amigas con si estuvieran de luna de miel. Ella le pidió que quitara las fotos porque eso podía confundir a su mercado de prospectos. Pero él se negó rotundamente diciendo: “Pero esas son las fotos en las que mejor me veo, además, piensa en el caché que te estás dando saliendo con semejante papacito como yo.” Es claro, en las fotos aparecían tres personas: mi amiga, él y su enorme ego.

En la entrada de mi casa tengo un aviso que dice: “Deje su ego en la puerta”, y siempre trato de dejarlo en casa para que no se anteponga o me estorbe con los demás. El tamaño no importa para algunas cosas, pero en el caso del ego, sí. Es saludable tenerlo de buen tamaño por salud, ni muy grande ni muy chiquito para no sentirse por encima ni por debajo de la gente. Sería bueno que existieran estaciones donde le calibraran a uno el ego, así, cuando uno necesita que se lo inflen le echan flores y piropos, y si necesita que se lo desinflen un poco, lo puyan hasta que vuelta a poner los pies sobre la tierra.


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